Un beso al aire 44
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Adrián pasa por su casa a recoger a Trasto y llevarlo directo a Huellas Veterinarias. Ha de estar en la peluquería a las doce y media, por lo que ha tenido que hacer algún que otro cambio en el trabajo para conseguir ese rato libre.

Nada más entrar en la clínica, mira hacia la recepción. Cuál es su sorpresa al ver allí sentado a un chico. «¿Dónde está Gabriela?», se pregunta.

—¡Buenos días! —lo saluda el recepcionista con una amplia sonrisa—. ¿En qué puedo ayudarte?

—Trasto tiene cita en la peluquería —responde confuso.

Según la información que le dio su primo Miguel, esa semana Gabriela tenía turno de mañana. Azahara lo ve desde su puesto de trabajo y no duda en salir a buscarlo.

—¡Massimo, me los llevo! —avisa a su compañero.

Él asiente mientras que Adrián sonríe al verla. Le hace una seña para que la siga y, una vez en la zona de peluquería, cierra la puerta.

—Con que este es Trasto... —murmura, observando al perrillo de tonos marrones y negros.

—El mismo —dice Adrián dejando al perro en el suelo.

Trasto no tarda en moverse olisqueándolo todo. Ahí dentro huele a más animales de los que podrá llegar a conocer nunca.

—¿Tiene experiencia en la peluquería?

—Sí, mi madre suele llevarlo una vez al mes más o menos —le explica—. Me ha dicho que suele pedir que lo bañen y le recorten esos pelos locos que le salen por todos lados.

Al ser un mestizo, tiene una combinación extraña en el pelaje.

—Perfecto —dice Azahara—. ¿Y sabes si se suele portar bien, si es quisquilloso con algo...?

Adrián se toma un momento para pensarlo mientras observa la sala en la que se han metido. Hay una zona donde se lava a los perros, distintos productos para animales, secadores, tijeras...

—Que yo sepa en la peluquería no suele liarla.

—¿En casa sí?

—No lo sabes tú bien. —Suspira con gracia—. En cuanto dejas algo fuera de sitio y a su alcance, ya puedes ir olvidándote.

Azahara y él se ríen. Los animales son como las personas, cada uno tiene su propia personalidad. Ella no puede evitar fijarse en que él mira de vez en cuando hacia la recepción, como si buscara a alguien.

—¿Y a qué se debe este cambio? —le pregunta, llamando su atención—. ¿Ha pasado algo con su anterior peluquería?

—No, ¡qué va! Es solo que... —intenta que se le ocurra algo rápidamente— a veces en la vida está bien cambiar y probar nuevas opciones.

Azahara sabe perfectamente por qué cogió la cita: era la única forma de pasar unos minutos más con Gabriela el otro día. Además, por cómo le cuenta las cosas, está claro que la que suele encargarse de ese tema es otra persona. Apostaría a que es la primera vez que lo lleva él a cortarle el pelo.

—Oye, Azahara... —Ella lo mira con curiosidad—. ¿Sabes dónde está Gabriela?

No puede evitar que se le escape la risa, estaba esperando que le preguntara por ella.

—Tenía turno de mañana —le confirma—, pero cuando se ha levantado, no se encontraba muy bien, así que no ha venido a trabajar.

Eso le confunde. Hace tan solo dos días que cenaron juntos y ella parecía estar perfectamente.

—¿Qué le pasa?

—Tranquilo, que no es nada grave —dice ella con calma, sin darle importancia—. Lo que pasa es que el sistema inmunológico de mi amiga... no es el mejor del mundo. Pero, vamos, con que descanse un poco estará bien, no te preocupes.

—Vaya..., espero que se mejore pronto.

Azahara ve la preocupación en su rostro. ¿Debería decirle algo más? Según Gabriela, quedaron en no contarle a nadie lo que pasó entre ellos. Pero, tras la cena de hace dos días, ¿seguirá vigente?

—Por cierto —comenta ahora él con una sonrisilla en la cara—, Gabriela me contó lo tuyo con Keira.

Azahara se queda boquiabierta.

—¡Qué sinvergüenza! —exclama bromeando—. Cómo se le ocurre ir aireando por ahí lo que hacemos o dejamos de hacer.

—Que conste que, tengáis lo que tengáis, me alegro por vosotras.

—Pues mira, ya que sacas el tema, te diré que hemos quedado esta noche para cenar. —Y le aparece una sonrisilla en el rostro cuando añade—: Como Gabi y tú hace un par de días, ¿no?

La cara de Adrián es un poema. Para nada esperaba que Azahara lo supiese ni mucho menos que fuese a sacar el tema. Solo ha mencionado lo de su prima por cambiar de tema, como distracción.

—Sí, bueno... —Traga saliva—. El martes cenamos juntos y diría que lo pasamos bien. ¿Qué te ha contado ella?

Azahara sonríe. Después de la charla para convencerla, creyó que no había servido de nada al despedirse de ella. No era la primera vez que tenían una conversación como aquella. Cuál no sería su sorpresa al recibir un mensaje de Gabriela diciéndole que aceptaría la cena. Le alegró muchísimo.

Desde que Adrián ha llegado, lo mira en busca de algo. Ha de tener algo diferente para conseguir que su amiga le haya dejado meter la punta del pie en su vida.

—Por lo que me ha dicho, disfrutó de la cena y se lo pasó sorprendentemente bien contigo, ¡principito!

Adrián no puede evitar que se le escape una sonrisa, y se le sonrojen ligeramente las mejillas. Le alegra mucho oír eso, incluso ese ridículo apodo. Gabriela le dijo que se lo había pasado bien, pero que su amiga se lo confirme son aún mejores noticias.

—Me hace muy feliz que Gabriela se permita quedar contigo y, sobre todo, que exteriorice que lo disfrutó —sigue diciendo Azahara—.

Pero te digo una cosa, Adrián. —Él la mira sin pestañear—.

No sé qué es lo que has hecho exactamente para que te dé una oportunidad, pero más te vale aprovecharla, porque como me entere de que juegas con ella o la haces sufrir de alguna manera, estás acabado.

Él sonríe, no necesita que se lo jure para creérselo.

—Ni se me ocurriría.