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El mensaje que recibió el día anterior de Gabriela lo pilló completamente desprevenido.
Cuando se fue de la clínica, le quedó claro que iba a tener que luchar un poco más para conseguir convencerla de cenar juntos, pero esta chica no para de sorprenderlo, y cuando menos se lo esperaba, le dijo que sí.
Es el primero en llegar al restaurante. De camino a la mesa que les han asignado aprovecha para mirarse en los espejos de las paredes. Normalmente, le da igual, pero hoy no está convencido de cómo le ha quedado el pelo. No se maneja muy bien con la cera, la gomina y todo ese tipo de productos.
Toma asiento y se pasa las manos por encima del pantalón.
¿Está nervioso? No es la primera vez que queda con una chica para cenar, pero sí la primera vez que queda con Gabriela.
Ella lo desconcierta, lo pone nervioso. Algo en ella ha conseguido llamar su atención, incluso recuerda la primera vez que la vio, aunque fuera en Nochevieja cuando algo cambió, justo cuando decidió que la llevarían a su casa.
Gabriela va de camino al restaurante. Pasear y algo de aire fresco en la cara la ayudan a que se le pase el mal cuerpo que le ha dejado el intercambio de opiniones con su hermana justo antes de salir de casa.
Cruza un paso de cebra y ahí está, a pocos metros del restaurante en el que la ha citado Adrián.
Nada más entrar, lo ve saludándola desde una de las mesas que hay al fondo. Sonríe y, dispuesta a pasárselo bien como le sugirió Azahara, camina hacia allí. Él, en cambio, respira hondo al verla aparecer.
Al llegar, se pone de pie para saludarla con dos besos. Aunque ya se conocen más íntimamente, no quiere que se sienta incómoda. Gabriela no puede evitar pensar en el momento en el que Zulema intentó presentarlos y, cuando él fue a hacer este mismo gesto, le tiró la copa por encima.
—¿Qué tal estás?
—Con algo de frío, pero bien —dice dejando el abrigo en el respaldo de la silla y tomando asiento frente a él.
—Aquí dentro entrarás en calor.
Gabriela mira a su alrededor.
—Bueno, cuéntame. ¿Este es el sitio al que traes a todos tus ligues para intentar conquistarlas o qué?
—¡Qué va!
Ambos sonríen. Echan un ojo a la carta entre miraditas furtivas y, tras pedirle al camarero lo que van a tomar, Adrián la mira. Al darse cuenta, ella también lo mira.
—El otro día te mentí.
—Ah, ¿sí? Mal empezamos.
—Sí, te prometí que en cuanto saliese de tu casa, olvidaría lo que había pasado entre nosotros —le explica con una media sonrisa—. Pero no he podido cumplirlo.
No puede evitar sentirse algo abrumada. No esperaba que la cena empezase así, de manera tan directa. La verdad es que ella tampoco lo ha olvidado, pero ya verá si se lo dice. Tiene que tragar saliva para seguir con la conversación.
—¿Le has contado algo a tu prima? —Él niega con la cabeza—. Entonces, has cumplido media promesa.
—Eso es bueno, ¿no?
—Podríamos decir que sí, principito.
Sonríe, y le hace sonreír.
Mientras esperan la comida, Gabriela decide cambiar de tema y hablar de cosas sin importancia. Se cuentan cómo les ha ido el día en sus respectivos trabajos, y se escuchan con atención.
—O sea, ¿que esto de invitarme a cenar es para intentar arreglar la nefasta primera impresión que me diste en Nochevieja? —Ríe Gabriela, moviendo el tenedor aún con un trozo de lechuga pinchado.
Adrián no puede evitar reírse.
—Sí, aunque en realidad la primera vez que nos vimos no fue esa noche —le aclara—. Fue un sábado que subí a casa de mis tíos a por...
—Cocido —lo interrumpe ella—. Sí, me acuerdo. Apareciste allí al más puro estilo chico misterioso escondido tras sus gafas de sol.
Él asiente divertido, tocándose el pelo para asegurarse de que está en su sitio.
—Recuerdo que, cuando te vi allí sentada, pensé que eras la nueva novia de mi prima —admite.
—¿En serio? —balbucea ella, tras haberse llevado un trozo de carne a la boca y tapársela con la mano—. Pues ya ves que no.
—Eso lo tengo muy claro. —Él le dedica una media sonrisa.
—¿Sabes que tu prima y mi amiga Azahara se liaron el otro día cuando tú y yo... —se aclara la garganta— nos fuimos?
—¡Qué dices! —Adrián se queda boquiabierto.
Ella asiente, dejándolo totalmente sorprendido. Su prima no le ha contado nada. Gabriela y él se ríen durante un rato hablando del tema.
—Y tú ¿cómo sabías que ayer tenía turno de mañana? —pregunta curiosa—. ¿Te lo dijo Keira?
—No lo sé, imagino que fue suerte, casualidad..., o quizá el destino.
Ambos se miran a los ojos, Gabriela es la primera en apartar la mirada.
Terminan de cenar y el camarero les trae los postres. Para ella un tiramisú y para él un brownie con helado de chocolate blanco.
—¿Compartimos? —propone él.
Ella acepta y se lleva una cucharada de tiramisú a la boca. Adrián aprovecha para seguir preguntando.
—¿Y qué tal va todo con tu hermana? ¿Ya estás menos agobiada?
El suspiro de Gabriela no le da buena impresión.
—He discutido con ella justo antes de venir —admite—. Por cierto, Adrián, quería darte las gracias por conseguir que tu madre y tu tía le den trabajo a Ariadna.
—¿Por qué estás tan segura de que ha sido cosa mía?
—Me lo imagino. —Sonríe.
—No me las des, ha sido todo cosa de ellas —miente.
Terminan de cenar y a la hora de pagar, aunque él intenta por todos los medios que no sea así, es ella quien lo hace.