Un beso al aire 43
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Como hace frío en la calle, Adrián se ofrece a acercarla a su casa en el coche. Ella acepta. Antes le venía bien caminar, pero ahora ya ha bajado mucho la temperatura. Y, aunque no se atreve a admitirlo, le apetece pasar unos minutos más con él.

De camino al coche, charlan de manera distendida. Adrián enciende un cigarro mientras ella se asegura de que lleva el móvil en el bolso. Al cerrarlo las manos de ambos se rozan y él, con un rápido movimiento, guarda la suya en el bolsillo del abrigo. No quiere ni por asomo que se sienta presionada.

Como el viento sopla en su dirección, Gabriela cambia al lado izquierdo de Adrián para esquivar el humo. Él, al darse cuenta, se disculpa.

Tras unos minutos llegan al coche, se montan y, mientras ella se pone el cinturón, Adrián le tiende su móvil desbloqueado y enchufado al coche.

—Toma, pon las canciones que quieras.

Ella duda si cogerlo. Recuerda a la perfección la noche que la llevaron a casa y Keira se quejó porque Adrián siempre imponía la música que había que escuchar. Finalmente, lo acepta y, buscando en Spotify, elige Todo cambia , de Dani Fernández. Adrián la mira sorprendido.

—Te gusta este artista, ¿no? —dice ella.

—Sí —afirma contento—. Es mi cantante favorito. En octubre Miguel y yo iremos a su concierto en Madrid.

—¡Qué guay!

Gabriela disfruta viéndole cantar mientras conduce por las calles, ahora desiertas.

—Oye, Gabi, ¿qué te ha parecido la cena? —murmura al parar el coche en un semáforo en rojo.

—¿Quieres que te sea sincera? —Ella lo mira y él asiente—. La comida no era lo mejor del mundo.

—Tienes razón, lo siento —se lamenta, llevándose una mano a la cabeza—. Esto me pasa por fiarme de las recomendaciones de mis colegas.

—¿No habías estado nunca?

Ella le echa una rápida mirada al pelo y él no tarda en mirarse en el retrovisor para recolocárselo.

—No. Como no sabía dónde llevarte, les pregunté; está claro que ha sido una mala decisión. —El semáforo se pone en verde, Adrián aprieta de nuevo el acelerador y sonríe antes de preguntar—: ¿Eso quiere decir que lo mejor de la noche ha sido la compañía?

—Sí, pero que no se te suba a la cabeza.

Adrián mueve el brazo de manera exagerada en señal de victoria.

—Genial, entonces la próxima vez tú eliges el sitio y yo pago —sugiere.

Aunque Gabriela no se atreve a responder, disfruta del tiempo que está pasando junto a él. Adrián, sin saberlo, ha conseguido que su día mejore al mil por mil.

Unas calles después están frente al edificio de Gabriela. Adrián para el coche y se gira para mirarla. Ella le devuelve el móvil.

—Me alegro de que hayas venido —murmura él.

—Yo también —afirma—. Lo he pasado muy bien.

Adrián siente la tentación de preguntarle si se lo ha pasado lo bastante bien como para repetir, pero cree que es mejor quedarse callado, ya que antes no le ha respondido. No quiere presionarla.

Al comenzar la noche tenía claro cómo saludarla, pero ahora no sabe cómo despedirse. Es ella la que se acerca en la intimidad del coche, le pone la mano en la nuca y le da dos sutiles besos cerca de la comisura de los labios. Su intención es dejarlo con la miel en los labios.

Al separarse, Adrián la mira embobado y ella, antes de salir del coche, lo señala.

—Te queda mejor el pelo... como lo llevas siempre.

—¿Despeinado? —pregunta, confuso.

—Te pega más —dice ella bromeando.

La observa bajar del coche, caminar hacia el portal e introducir la llave en la cerradura. Al hacerlo, Gabriela se gira hacia él y le hace un gesto que conoce bien. Algo muy suyo. Le lanza un beso. Él no duda en hacer el gesto de atraparlo y guardárselo. No piensa dejar que se le escape.