Un beso al aire 40
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Gabriela está hecha un lío. Una parte de ella quiere rechazar la invitación de Adrián, no quiere cenar con él.

Hace tan solo unos días no quería tener nada que ver con él, ¿por qué iba a querer ahora?

Además de que, aunque no sabe cuál es su tipo, tiene claro que él no lo es.

Por otra parte, las palabras de Azahara han calado en ella y la animan a decirle que sí.

Solo es una cena. Todo el mundo queda para cenar: amigos, parejas, familia, hermanos, compañeros de piso.

.. ¿Qué hay de malo en que ellos lo hagan?

Nada más llegar a casa se ha preparado algo rápido para comer y, en cuanto ha terminado y recogido todo junto a su hermana, se ha ido a la habitación. No quiere hablar con ella. Ni con ella ni con nadie. Ahora mismo solo quiere la seguridad y el silencio de su habitación.

Al subir se ha ido directa a la ducha. Necesitaba tomarse un rato bajo el agua caliente para intentar relajar la mente. Pero... ha seguido pensando en Adrián. No ha dejado de pensar en él desde que lo ha visto salir de la clínica. «¿Por qué?», se pregunta.

Tras secarse el cuerpo y ligeramente el pelo, se pone el pijama. No tiene la menor intención de volver a salir hoy de casa. Se mete en la cama y se esconde bajo el edredón. Tiene la mente cansada de darle vueltas a lo mismo y sabe que dormir es algo que suele ayudarla. Necesita echarse una siesta.

Cierra los ojos y, cuando al fin se está quedando dormida, suena el móvil. Sobresaltada, lo coge y ve a su amiga Keira en la pantalla. No se ha dado cuenta de que era una videollamada.

—¡Hola, Gabrielaaa!

—Hola, Keira —murmura, apoyando el móvil en la cama.

—Uy... Tienes mala cara y estás metida en la cama. Tía, ¿te encuentras bien?

—Sí —dice frotándose los ojos—, estaba echándome la siesta.

Keira se da cuenta de que no ha llamado en un buen momento, pero quiere darle una información cuanto antes. Todo sea por ayudar.

—Vale, te cuento una cosa y te dejo que sigas durmiendo.

—Claro, dime.

Gabriela parpadea un par de veces para tratar de poner toda su atención a lo que sea que le tiene que decir su amiga.

—Me acaba de llamar mi tía Salma y me ha dicho que, finalmente, pueden meter a tu hermana como camarera en la cafetería.

—¿En serio? —murmura sorprendida.

Keira no había vuelto a sacar el tema y ella, por supuesto, no quería preguntar y que se sintiera presionada o algo por el estilo.

Entonces, recuerda que esa mañana, Adrián comentó que iba a acompañar a su madre al banco por algo relacionado con la cafetería.

¿Habrá tenido él algo que ver con la decisión? Gabriela se lamenta en silencio.

—Bueno, entonces te paso el contacto de mis tías para que habléis con ellas y que tu hermana empiece a trabajar cuanto antes, ¿vale?

—Sí, Keira. Oye, muchísimas gracias por hacer esto por Ariadna. Ahora escribo a tus tías para agradecérselo.

—Que quede claro que lo he hecho por ti, mi amiga eres tú —le aclara—. ¡Venga, dulces sueños, amiga!

Se despiden y el cuarto de Gabriela vuelve a quedarse en completo silencio. Cierra los ojos, es consciente de que tiene que hablar con Adrián. Debe agradecérselo. Y si antes no lo tenía claro, ahora lo tiene cristalino: aceptará esa cena.