39
—¿Qué ha sido eso exactamente?
Gabriela se sobresalta al ver a Azahara entrar en la sala de personal. No ha escuchado la conversación entre ellos, pero con verla de lejos y fijarse en lo que el cuerpo de él transmitía ha tenido más que suficiente.
Sin querer darle más vueltas de las que ya le ha dado, Gabi responde:
—Me ha invitado a cenar y le he dicho que no.
La cara de Azahara es un poema. Tiene claro que no va a dejar el tema ahí como pretende su amiga.
—¿Y se puede saber por qué? —pregunta, sentándose junto a ella.
—Porque no quiero —sentencia—. Por cierto, el viernes le cortas el pelo a su perro.
Haciendo caso omiso a esta información, Aza contesta:
—Esa no es una razón que me valga.
Gabriela se pone de pie intentando no seguir con la conversación. Recoge sus cosas mientras Azahara le dice algo que ni oye. Tiene la mente en otra cosa, o más bien en otra persona. Sale de la clínica seguida de cerca por Azahara, que no tiene más servicios de peluquería.
—Aza, ahora mismo no necesito algo así —se queja una vez en la calle.
—No, reina, si es por ti, ni ahora ni nunca —le replica, mirándola de reojo.
—No quiero decir que sí, entrar en su jueguecito, que se nos vaya de las manos y empezar algo que...
Gabriela se calla. Un compañero veterinario pasa junto a ellas y les dice adiós. Ellas se despiden de él con un «hasta mañana». Cuando está lo bastante lejos, Azahara la mira y alza las cejas.
—No quiero empezar algo que se vuelva... serio.
—Gabriela, ¿puedes dejar de ir siempre un pasito por delante? —sugiere—. Adrián solo te ha invitado a cenar, no te ha pedido que te cases con él.
—Es que ese es justo el problema, tía. —La morena camina tan acelerada que a Azahara le cuesta seguirle el ritmo—. Que no es solo una cena. Estas cosas son más que eso, es dedicarle tiempo a otra persona, es algo más íntimo, es...
—¿Te refieres a que decir que sí e ir a cenar con él es abrir la puerta a que lo que sea que hay entre vosotros pueda llegar a avanzar?
—Harta de correr detrás de ella, la engancha del brazo para que se detenga en la acera un momento—.
Vamos a ver, Gabriela, basta ya de adelantar acontecimientos —le dice—.
Y deja de caminar tan rápido, que no estamos en las olimpiadas del desamor.
Ella sonríe ligeramente, tiene razón. Hasta ella misma siente que le falta el aire de lo rápido que iba. Ni se había dado cuenta.
—¿A ti te gusta Adrián?
—No —responde con toda la convicción que puede.
—¿Y entonces por qué te acostaste con él?
—Porque me apeteció. —Al ver la mirada de su amiga, puntualiza—: No lo sé, Aza, ¡ni siquiera es mi tipo!
La otra suelta una ligera risa y, abriendo el bolso, responde:
—Explícame cuál es tu tipo, porque desde que te conozco, tu tipo no es ninguno.
La frase es tan sutil y certera que provoca que Gabriela baje la mirada.
—No quiero complicaciones.
—Gabriela...
—No me hacen falta complicaciones, y mucho menos ahora.
Azahara saca un cigarrillo y lo enciende.
—Es una cena —recalca—. No es una promesa de nada. Es sentarte con él a una mesa un par de horas para comer y hablar. Nada más.
—Ojalá fuese tan simple... —Niega con la cabeza.
—¿Y por qué no va a ser tan simple?
—Porque no, Aza... Algo me dice que no.
—Gabi, no creo que tener miedo a intentarlo sea una buena excusa. —Siguen caminando mientras Azahara expulsa el humo al lado contrario en el que está su amiga—. ¿Qué es lo peor que puede pasar?
La pregunta se queda en el aire. En la mente de Gabriela aparecen futuros que no quiere imaginar: despedidas inevitables, corazones rotos... Un dolor que puede evitar simplemente manteniendo las distancias. Azahara la mira y cree poder leerle la mente.
—Que alguien salga perdiendo, Aza —dice, casi susurrando—. Quiero prevenir eso.
La amiga la observa unos segundos, entiende lo que ninguna de las dos quiere siquiera pronunciar.
—Gabi, no puedes pasarte la vida evitando el daño —responde con calma—. Prevenir ¿qué? ¿Que te guste Adrián? ¿Que él te quiera o que tú le quieras? Y sé que decir esto es hablar en términos muy grandes, pero contigo tengo claro que hay que hablar las cosas así.
—Es más fácil así —responde tragando saliva.
—¿Para quién?
—Para todos.
—¿Para todos o para ti?
Se hace el silencio entre ellas.
—Azahara, me conoces lo suficiente como para saber que no quiero este tipo de situaciones incontrolables en mi vida —comenta Gabriela con sinceridad—. Porque sí, puede empezar por una cena, pero luego vienen los planes, las expectativas... Y cuando entras ahí, ya es mucho más complicado salir.
—Gabi, no puedes decidir por los demás.
—Aza...
—Si él quiere sentarse contigo a cenar o quiere conocerte, déjalo que decida si le merece la pena o no.
A Gabriela le duele oír eso porque sabe que Azahara tiene razón.
—Reina, permíteme decir que estás reaccionando como si Adrián te hubiera pedido que le prometas el resto de tu vida —bromea—. Si la cena va mal, te vas a casa y ya está. Y si va bien, ¡eso que os lleváis los dos!
Aunque Gabriela niega con la cabeza, Azahara se da cuenta de que su gesto ya no le transmite la testarudez de hace unos minutos.
—No me entiendes.
—Tienes razón, Gabriela. Puede que no sea capaz de entenderte al cien por cien —dice con firmeza—.
Pero lo que sí entiendo es que, desde que tu tío falleció, no has dejado que nadie se acerque demasiado a ti.
Excepto a mí, que soy toda una privilegiada y te lo agradezco, amiga.
—Consigue hacerla sonreír—. Y no te juzgo, solo te animo a que por una vez hagas las cosas de manera diferente.
Que te permitas reír, sentir, dejarte llevar.
.. sin estar preocupada por el futuro. ¡Eso ya llegará!
—Aza, sabes que, independientemente de que acepte y la cena vaya bien o mal, saldrá mal.
La amiga sonríe con suavidad: conoce a Gabriela y empatiza con ella.
—Te estás adelantando al final de algo que no ha empezado —murmura—. ¿Y si te animas a ver la película por el mero hecho de disfrutarla?
Azahara da una calada al cigarro mirando a Gabriela. Está seria, pensativa. Tan solo espera que lo que le está diciendo le sirva de algo y se atreva a bajar un poco la guardia—. ¿No crees que es mejor amar demasiado que vivir a medias?
La frase la deja sin defensa y consigue que se le humedezcan los ojos. Azahara se da cuenta y se acerca a ella para abrazarla. Las dos amigas se miran.
—Piénsatelo —añade Azahara—, no estás obligada a nada. Como tampoco lo estás a huir siempre.