Un beso al aire 38
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Por suerte para Adrián, no tarda demasiado en encontrar aparcamiento. Aunque es lunes, ha conseguido dejarse un hueco libre durante la mañana para acompañar a su madre al banco.

Tras mucho correr, ha conseguido escaparse del trabajo antes de lo previsto.

Antes de bajarse del coche, se sacude el pelo.

Viene de una obra y no quiere ir sucio. Cierra el coche y camina un par de calles a buen ritmo, para tener tiempo y pasarse por un sitio que tiene en mente antes de ir al encuentro con su madre.

Pocos minutos después, abre la puerta de la clínica.

Gabriela tiene gente a la que atender, por lo que está rodeada y no lo ve.

Adrián entra y se queda esperando a un lado.

Observa con curiosidad lo que hay a su alrededor.

Gracias a su perro Trasto, conoce varias clínicas veterinarias: está claro que hace honor a su nombre.

Se fija en que Azahara está trabajando. Ella también lo ve y no duda en saludarlo con la mano.

Él hace lo mismo. Al momento, Gabriela se levanta y desaparece por una puerta blanca.

Las personas a las que estaba atendiendo se van, y él aprovecha para acercarse y apoyarse en el mostrador de recepción.

No tiene mucho tiempo, ha quedado con su madre en poco rato.

Tras resolver una duda en cuanto a los horarios de las citas del día siguiente, Gabriela vuelve a su puesto de trabajo. Cruza la puerta que separa la zona de consultas de lo demás y, al alzar la vista...

—¿Adrián?

Él sonríe nada más verla.

—Ese soy yo.

Confusa, y bajo la atenta mirada del chico, camina hacia su puesto de trabajo.

—¿Qué haces aquí? —pregunta, centrando la mirada en la pantalla del ordenador.

—Nada, que me he escapado del trabajo un rato para acompañar a mi madre al banco por temas de la cafetería y tal —explica de manera distendida—, y justo me pillabas de paso, así que he pensado en pasarme a saludar.

—Ya, te pillaba de paso... —murmura ella.

Adrián sonríe al darse cuenta de que es la misma excusa que utilizó la noche que se acostaron. Podría haber pensado algo mejor, pero no ha tenido tiempo. Echa un ojo a su reloj de muñeca.

—¿Tú qué tal estás, Gabriela?

—Liada —consigue decir, dedicándole una veloz mirada—. ¿No lo ves?

No entiende qué hace allí y tampoco quiere saberlo, ¿o sí? No quiere mirarlo, no quiere ni ver esa media sonrisa tan suya. Adrián, para captar su atención, se apoya aún más en el mostrador para estar a su altura.

—¿Recibiste el mensaje que te envié?

Adrián no va a parar, está claro, así que decide hacerle caso.

Hace rato que Azahara ha terminado con un perrito pequeño al que irán a recoger de un momento a otro.

Desde que ha visto a Adrián entrar en la clínica, no le ha quitado el ojo de encima.

De hecho, se ha sentado en el suelo junto al perrito, al que no deja de acariciar, para poder presenciar la escena.

—Era un mensaje bastante simple —sigue diciendo él—. Decía: «Hola, Gabriela, soy Adrián», y llevaba un emoji de carita sonriente al final.

—No sé de qué me hablas —miente, y para intentar ahuyentarlo, añade—: Adrián tengo mucho trabajo, así que, si no me vas a hablar de algo relacionado con animales, no tengo tiempo para ti.

El chico se incorpora y se muerde el labio, intentando pensar en algo que decir. Mira a su alrededor y da con la solución.

—Quiero una cita de peluquería para mi perro.

—¿Tú tienes perro?

Adrián sonríe, por fin ha conseguido que ella lo mire.

—Sí, mis padres lo adoptaron hace dos años cuando aún era un cachorro —le cuenta, animado por haber conseguido su atención—. Es un mestizo de dos colores llamado Trasto.

Entonces cae en la cuenta: es el perro que había en Nochevieja en casa de los padres de Keira. Adrián se fija en que Gabriela hace una mueca al oír el nombre. Parece que le ha gustado. Ella, volviendo en sí, pregunta:

—De acuerdo, para esta semana tengo hueco el jueves a las seis de la tarde o el viernes a eso de las doce y media de la mañana. ¿Te viene bien o prefieres la semana que viene?

Él intenta recordar de memoria su agenda de esos dos días. Sabe que tiene varias cosas, pero intuye que el viernes podría estar ligeramente más liberado. Y más sabiendo que ella tiene turno de mañana.

—El viernes estaría bien —afirma—, aunque confiaba en poder invitarte a cenar antes, no sé si mañana o pasado... Por eso te escribí.

El gesto que aparece en el rostro de Gabriela lo dice todo. La ha pillado totalmente desprevenida.

—Si quieres que lleve a Trasto para que siga habiendo animales de por medio —sugiere él con guasa—, no tengo problema.

—Adrián, para —responde ella bajando la voz—. Dijimos que íbamos a olvidar lo que pasó entre nosotros. ¿O es que no te acuerdas?

—Claro que me acuerdo, pero ¿qué tiene de malo que quiera invitarte a cenar?

Gabriela no quiere seguir con la conversación, no cree que sea el lugar ni el momento. Lo único que quiere es que se vaya y seguir concentrada en su trabajo.

—Vale. Mira, si quieres te paso el ticket de lo que me costó el Glovo que pedí la otra noche y me lo pagas...

—Gabi, en serio...

—Entonces, quieres la cita del viernes, ¿no?

—La de Trasto sí, claro.

Al ver la hora que es, y aunque se ha dado cuenta de que a ella casi se le ha escapado una sonrisa en más de una ocasión, se da por vencido. Ya lo volverá a intentar el viernes.

—Bueno, me voy ya —dice abrochándose el abrigo.

Ella lo mira y él le guiña un ojo, consiguiendo que ponga los ojos en blanco, cosa que a Adrián le hace gracia.

—Que tengas un buen día.

—Tú también, Gabriela.

Adrián sale de la clínica dándole vueltas a dos cosas: cómo convencerla para que vaya a cenar con él, y cómo le dirá a su madre que Trasto va a cambiar de peluquería.

Al mirar atrás, pilla a Gabriela observándolo y no pierde la oportunidad: alza el brazo y, desde el otro lado del cristal, lanza un beso al aire.