37
Sobre las diez y media de la mañana abre los ojos y se estira. Parece haber descansado más que suficiente. Tras asearse baja para prepararse algo que desayunar.
Cuando ya tiene un café y unas tostadas con mermelada delante de ella, desbloquea el móvil.
No puede evitar releer el mensaje de Adrián un par de veces mientras da vueltas a la cucharilla.
Tiene claro que si lo que Adrián esperaba anoche era que respondiese a su mensaje y saliese de casa corriendo, lo llevaba claro.
De pronto unas risas en la planta de arriba llaman su atención. Al principio solo escucha a su hermana, pero al momento oye a alguien más.
—Venga ya...
La puerta de la habitación de su hermana se abre y, apretando la mandíbula, deja el café a un lado y se cruza de brazos. La chica baja entre risas seguida de un chico rubio sin camiseta. Gabriela se fija en que la lleva en la mano.
—¡Buenos días, Gabi! —exclama Ariadna con alegría.
—Buenos días —murmura.
El chico la saluda con la mano. Gabriela tan solo hace una mueca al ver que ambos se acercan a ella.
—¿Esta es la compañera de piso de la que me hablabas?
Sin dar crédito a lo que acaba de escuchar, ve a Ariadna asentir con la cabeza. El chico la sigue hasta la cocina y, dándose cuenta de cómo lo mira Gabriela, decide ponerse la camiseta. Ariadna, ajena a todo esto, se mueve con soltura.
—Para tu información, soy Gabriela, su hermana mayor, y este piso es mío —afirma poniéndose de pie.
—Compañera de piso, hermana..., ¡qué más da! —bromea Ari sin mirarla.
Pero él sí que la mira. Entiende a la perfección lo que su lenguaje corporal quiere transmitirle y comprende que se tiene que ir.
—Bueno, Ari... Yo me voy ya —murmura.
—No, ¡espera! —exclama, dándose la vuelta—. ¿No has dicho que te quedabas a desayunar?
—En realidad, no tengo mucha hambre.
Entonces ella se da cuenta de cómo los mira su hermana mayor y entiende el cambio de opinión del chico: con la mirada lo está literalmente echando. Él se acerca para darle un rápido beso en los labios e irse, pero ella lo sigue hasta la puerta.
—Espérame y nos vamos a desayunar juntos —propone.
Pero él no parece estar por la labor. Abre la puerta y sale sin mirar atrás. Por la facilidad con que abre la puerta, Gabriela se da cuenta de que anoche su hermana no cerró con llave como le había pedido.
Ariadna cierra la puerta y se gira bruscamente hacia su hermana.
—Estarás contenta —farfulla mirándola.
—¿De no tener a un desconocido en mi casa? La verdad es que sí.
Gabriela vuelve a la cocina a sentarse ante su desayuno; su hermana la sigue, muy enfadada. No entiende por qué ha tenido que hacer eso. Se hace un café y, molesta, se sienta frente a ella.
—¿Te parece normal echarlo así?
Gabriela, que estaba esperando a que expresara su enfado, desayuna con tranquilidad. Mastica el bocado sin prisa y luego responde.
—¿Te parece a ti normal meter a un completo desconocido en mi casa?
A Ari le pica mucho que use ese término, por lo que no duda en replicar.
—O sea, que tú lo haces el otro día y no pasa nada, pero lo hago yo hoy y poco más y parece que he cometido un delito.
—No, perdona —se apresura Gabriela a corregirla—: el que vino aquí el otro día era amigo mío. Tú, en cambio, ni siquiera sabes cómo se llama ese chico que acaba de salir por la puerta.
—Claro que lo sé, se llama... Antonio —miente soltando el primer nombre que se le ocurre.
Ver cómo su hermana asiente y sigue desayunando como si nada la pone de los nervios. Le da mucha rabia que se sienta con esa superioridad.
—¿Sabes? —suelta de malas formas—, no creo que el tío Juanjo estuviese orgulloso de ti.
Nada más oír eso, Gabriela nota que le hierve la sangre y se le acelera el corazón, por lo que intenta mantener la calma. Se había propuesto no alterarse ni montar un numerito, pero está claro que Ariadna sabe cómo ir a donde más duele.
—¡¿Perdona?! —exclama enfadada.
—Lo que has oído, hermanita.
—No tienes derecho a hablar del tío de esa forma —farfulla Gabriela poniéndose de pie. Necesita moverse, caminar. Su hermana pequeña la observa.
—¿Y tú sí? ¿Por qué? ¿Porque te dejó esto a ti?
—Porque estuve con él hasta el final, no como tú —le echa en cara, enfadada—. ¿Te parece poco?
—Estar con alguien no solo es estar a su lado físicamente, es más que eso.
Gabriela suelta una carcajada irónica.
—¿Vas precisamente tú a darme lecciones, Ariadna?
—pregunta—. ¿Cuándo fue la última vez que viniste a ver al tío Juanjo?
¿Cuántas veces le escribiste para preguntarle qué tal estaba y no para pedirle dinero?
—La otra se queda callada, al parecer consciente de que no tenía que haber ido por ahí—.
No entiendes que me dejara a mí el piso —sigue diciendo Gabriela sin dejar de moverse—.
Pues mira, si te molesta, no lo siento, porque si alguien estuvo con él en todo momento fui yo.
Así que, si tan enfadada estás, nadie te obliga a seguir aquí.
Ariadna observa a su hermana moverse por el espacio. En sus fuertes pisadas queda claro la magnitud de su enfado. Aunque si fuese por ella le diría muchas cosas, decide tomarse un momento para pensar. Finalmente, decide terminar con la conversación.
—Vale, hermanita, lo siento.
La mayor frena en seco y da media vuelta parar mirarla. No esperaba un cambio de actitud tan repentino. Menos aun sabiendo cómo es Ariadna.
—Tienes razón, ha sido un error traer a Alfr... Antonio hoy aquí.
—Me alegra que te des cuenta.
Ariadna coge su café y, levantándose, mira a su hermana.
—Me voy a mi habitación, estoy cansada.
—De acuerdo.
Gabriela la mira hasta que la pierde de vista escaleras arriba. Aún tiene el corazón acelerado por cómo le han hecho sentir sus palabras. Aunque quizá es lo mejor, que se den espacio la una a la otra. Si hubieran seguido con la discusión, no habrían acabado en buen puerto.
Respirando hondo, vuelve a sentarse para continuar desayunando.
Coge el móvil y ve que se ha dejado el chat con Adrián abierto.
Tras lo vivido hace un momento, siente cierta tentación de escribirle y así dejar de compartir techo con Ariadna durante un rato.
Pero no. Es fin de semana y quiere descansar y estar en casa.
No piensa ir a ningún lado. Y mucho menos por Adrián.