36
Llega el viernes y con él lo que está deseando hacer Gabriela: descansar.
Esta semana la ha dejado agotada. Abre la puerta de casa cerca de las nueve de la noche.
Al entrar oye música, parece que viene de la planta de arriba.
Intuye que de la habitación de su hermana.
Sube las escaleras y, al llegar al último escalón, una de las puertas se abre.
—¿Ya estás aquí?
Ariadna parece sorprendida al verla.
—Claro. He salido de trabajar y, como cada día, he venido directa a casa.
Camina fijándose en que su hermana lleva puesto un vestido suyo, uno de color negro. Los zapatos también son suyos y lleva el pelo recogido en una coleta alta. Ariadna, al percibir su analítica mirada, bromea:
—¿Qué, hermanita, voy guapa o no?
—Muy guapa —afirma sin dejar de mirarla—. ¿Adónde vas?
—He quedado para cenar con unos amigos —responde cerrando la puerta de su habitación.
Aunque le cuesta, tiene que aceptarlo. Su hermana tiene que rehacer su vida y volver poco a poco a la normalidad. Sabe que no debe juzgarla, cada persona tiene sus tiempos.
—Justo ahora te iba a llamar, Gabi. —Se acerca a ella—. Lo primero, para preguntarte si me dejabas este vestido.
—Y los zapatos —señala la mayor—. Y, por lo que veo, me lo ibas a preguntar ya con todo puesto.
—Es que sabía que, si veías lo bien que me quedaba, no me dirías que no. —Gabriela hace una mueca—. También te iba a llamar por si me podías hacer un Bizum con algo de dinero para esta noche... Con lo que tengo no me da ni para llegar al sitio.
Se recuerda a sí misma que no debe juzgarla, pero no puede evitar preguntarse si lo que le está contando es verdad o no. Se toma un momento para pensárselo, algo que a Ariadna se le hace eterno. Necesita una respuesta cuanto antes.
—Tranquila, que en cuanto me ponga a trabajar, te lo devuelvo —sigue hablando al percibir su silencio.
—Vale, ahora te paso algo de dinero —termina por responder Gabriela—. Y la próxima vez que quieras ponerte algo mío, pregúntamelo primero.
—¡Gracias, hermanita! —exclama justo antes de abrazarla.
Gabriela la rodea unos segundos con sus brazos, hasta que Ariadna se despide de ella y sale corriendo escaleras abajo.
—¡Me voy, que llego tardeee!
—¡Pásatelo bien! Cualquier cosa, no dudes en llamarme —exclama asomándose por la escalera—. Cuando vuelvas, recuerda cerrar la puerta con llave.
Pero lo siguiente que escucha es un portazo.
Suspira y entra en su habitación sacándose el móvil del bolsillo para pasarle algo de dinero a su hermana.
Al terminar le envía un mensaje para avisarla de que ya está hecho, tira el móvil sobre la cama y, autoconvenciéndose de que tiene que confiar en ella, se mete en la ducha.
Al salir del baño, se cambia de ropa para ponerse algo cómodo y resguardarse bajo la capucha de una de sus sudaderas. Antes de salir, coge el móvil de nuevo para ver si Ariadna le ha contestado. Pero en la pantalla no se encuentra el mensaje que estaba esperando.
Adrián Hola, Gabriela, soy Adrián.
Nada más ver el mensaje, bloquea el móvil.
—No, ahora tú no.
Va a la cocina, se prepara unos fideos de esos a los que solo tiene que añadir agua caliente para que terminen de hacerse. Está tan cansada que no le apetece ni cocinar. Los echa en un plato y se lo lleva el sofá. Ahí, tras un rato dudando, pone una serie nueva de Netflix titulada Él y ella .
Tras ver un par de capítulos, se va a la cama. No puede con su alma. De madrugada oye ruido y, al ver que son las cuatro y veinte de la mañana, da por hecho que es Ariadna.