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Termina de hablar y de agendar una cita para una clienta por teléfono, y aprovecha para escaparse e ir corriendo al baño.
Azahara, desde su puesto de trabajo, ríe al verla. Si algo es su amiga, es cumplidora. No le gusta tener que ausentarse nada más que cuando los veterinarios la necesitan dentro para ayudar con cualquier cosa.
Gabriela se lava las manos y, al secárselas con un trozo de papel, nota la vibración del móvil en el bolsillo. Tira el papel a la basura, saca el teléfono y ve que es una notificación de Instagram.
Adrián.
Estos días ha pensado en él, pero se ha negado a buscarlo para intentar saber más cosas, le vale con la información que tiene. Total, no quiere nada más con él. Pero esta vez entra en su perfil y ve que lo tiene público.
Camina despacio hacia la recepción mientras echa un ojo a las fotos: de fiesta con amigos, subido en su moto, selfis con las gafas de sol puestas, imágenes en las que sale con su familia.
.. Se detiene en una en la que sale con sus primos pequeños.
En ella tiene a Naim en brazos y a Laila subida en los hombros. Parece de una cabalgata de Reyes...
—¿Qué miras tan concentrada?
Gabriela, que entretanto ya se ha sentado en su puesto, pega un bote y, al ver que es Keira quien ha hablado, rápidamente deja el móvil bocabajo sobre el mostrador. Solo le faltaba que la pillase viendo fotos de su primo.
—Nada..., recordándole a un cliente que mañana tiene cita. —Sale con la primera mentira que se le ocurre. Ellos no avisan a los clientes de sus citas, pero su amiga no lo sabe.
Keira echa un rápido vistazo a la zona de lavado y ve a Azahara trabajando. Gabriela se da cuenta de lo que mira.
—Y tú ¿qué haces por aquí?
—Pasaba cerca y he pensado: ¡voy a acercarme a ver a mi amiga!
Acto seguido, la rubia le cuenta cómo ha ido su jornada en el trabajo.
No ha parado de aquí para allá en todo el día.
Aunque admite que está agotada, prefiere ese tipo de días a los que le toca pasarse las horas con papeleo y temas burocráticos.
Gabriela se da cuenta de que su amiga se mueve por el espacio buscando de vez en cuando poder echar un vistazo hacia la zona donde trabaja Azahara.
—Keira —dice Gabriela, una vez que ha terminado—, sabes que no necesitas una excusa tonta para pasarte por aquí, ¿no?
Su amiga ve el gesto que le hace con la cabeza y lo entiende a la perfección.
—¡¡Te lo ha contado!! —exclama apoyándose en la mesa—. Me ha robado la exclusiva.
—Aún te falta mucho para conocer a Azahara: algo así no iba a poder callárselo mucho tiempo. —Ríe y se dispone a escuchar con atención el relato de Keira, que le cuenta lo que pasó aquella noche tal y como se lo contó el día anterior Azahara. Lo bueno es que ambas versiones coinciden.
—No sabes cómo fue ese beso... —recuerda Keira—. No tenía claro si a ella le gustaba o no, así que decidí arriesgar. ¡Y menos mal! Después de ese beso, hubo alguno más hasta que llegó su Uber y, como Cenicienta, Azahara desapareció en su carroza.
—¿Sentiste mariposas? —bromea la morena.
—No, hombre, no exageres, tía. —Ríe—. Pero sí un pequeño hormigueo, aunque pudo ser por las copas que llevaba encima.
Las chicas se ríen. Azahara, desde el otro lado de la cristalera, hace rato que las observa con disimulo. Le encantaría estar ahí fuera con ellas, pero tiene que terminar con ese perro. Aunque le alegra verlas sonreír, la tranquiliza.
—Me alegro mucho por vosotras. Lo único que espero es que, si algo sale mal —le señala Gabriela—, seáis lo bastante adultas como para poder seguir llevándoos bien y no ponerme a mí en medio de un problema.
—Ay, Gabriela, para —se queja—. Entre nosotras no hay nada, al menos de momento. —Keira vuelve a mirar hacia atrás; Azahara la está mirando y le dedica una bonita sonrisa—. Pero si lo llega a haber en el futuro, tranquila, que saldrá bien.
—Eso espero.
—Bueno, ¿y tú qué? —Gabriela la mira sin saber qué decir—. Que ya me contó mi primo que te acompañó a casa.
—Ah, sí...
—¿Y qué tal? —se interesa haciendo que por un momento a Gabriela se le acelere el corazón—. ¿Se comportó? Porque yo de este no me fío ni un pelo, que lo conozco.
Gabriela se toma un momento para tratar de dar con la palabra correcta. No quiere decir nada que pueda levantar sospechas y lleve a su amiga a pensar nada más allá.
—Se portó como un caballero.
—Ah, ¿sí? —Se rasca la cabeza, sorprendida—. ¿De esos que te sujetan la puerta para que pases o...?
—Podría decirse que sí —la interrumpe para evitar que le dé más vueltas.
—Me sorprende que digas eso, Gabi —admite dudosa—. Nunca hubiera esperado oír esa palabra unida al nombre de mi primo Adrián. No sé qué mosca le habría picado, porque ya te digo yo que es todo lo contrario a un caballero.
La morena decide quedarse callada. No tiene muy claro cómo salir de ahí, pero Keira se responde sola.
—Quizá tenía fiebre o se encontraba mal y por eso se fue tan pronto —sugiere—. Mira..., fuera lo que fuese, me alegro, porque con él en medio seguramente no hubiera pasado nada entre Azahara y yo.
A los pocos minutos le suena el móvil. Al ver que es su hermano, y como tanto su amiga como Azahara tienen para rato, decide marcharse. Se despide de Gabriela y le dice adiós con la mano a la peluquera, que responde igual. Sale por la puerta saludando a Miguel.
Gabriela, que ya ha olvidado lo que estaba haciendo antes de que llegase su amiga, coge el móvil y, al desbloquearlo, lo primero que ve es la imagen de Adrián con sus primos pequeños. Sonríe, vuelve al perfil del chico, y no solo lo sigue, sino que además acepta su solicitud.