33
El lunes llega junto a la rutina diaria.
Gabriela pasa por un local para comprar algo de comer y va directa a la clínica.
Ha quedado con Azahara para comer. Las chicas se saludan en la sala de empleados con la que cuentan en el trabajo.
La morena deja la comida sobre la mesa mientras se quita el abrigo y lo cuelga en una percha.
—¿Pokes?
Gabriela se gira y mira confusa los dos boles de arroz, verduras y proteína que ha traído.
—¿Qué tienen de malo? El tuyo es el vegano, con todo lo que pides siempre.
—Nada, nada, tranquila.
Ve a Azahara sonreír. No entiende a qué ha venido la duda. Se sienta frente a ella en la mesa, abren los envases y, cuando Azahara va a llevarse el primer bocado a la boca, Gabriela le dice:
—Aza, tengo que contarte algo.
—Lo sabía.
—¿Cómo que lo sabías? ¿Qué sabes?
«Mierda». Gabriela cree que Adrián se ha ido de la lengua. Pero ¿tanto como para que le haya llegado a su compañera de trabajo? No da crédito.
—Cuando ayer me dijiste que hoy me invitabas a comer, me olió un poco raro, pero en cuanto te he visto aparecer con pokes, he tenido claro que querías contarme algo —dice moviendo el tenedor de plástico en el aire—.
No sé si lo haces a posta o no, pero siempre que algo te preocupa me invitas a un poke.
Gabriela respira tranquila. Menos mal, parece que Adrián no se ha ido de la lengua. Al menos no como para que lo sepa Azahara. Más le vale mantener la boca cerrada y cumplir lo que prometieron.
—Bueno... ¿Y ese chupetón que tienes en el cuello?
Instintivamente, Gabriela se echa el pelo hacia delante. Con los días, ha ido vigilando que la marca se difuminara poco a poco, tanto que esperaba que ya nadie se diese cuenta. Pero parece ser que Azahara tiene rayos equis en los ojos.
—Es eso de lo que quieres hablar, ¿no?
Azahara empieza a comer esperando a que su amiga la ponga al día. Pero Gabriela se queda cortada, le acaban de entrar dudas. Quedó con Adrián en que no dijera nada a nadie. Pero ¿ella?
—Claro, bueno, a ver..., también de mi hermana, que ya sabes que es el desorden personificado.
—Sí, sí..., pero eso después —afirma Azahara—. Primero háblame de eso que tienes ahí con pelos y señales.
Gabriela se lleva comida a la boca para ganar tiempo.
En el momento en el que se lo cuente a Azahara dejará de ser un secreto entre Adrián y ella.
Entonces se da cuenta de que no puede pensar en ellos dos como un conjunto, son dos individuos que se acostaron y ya está.
Se acostó con él como se ha acostado con otros chicos y también se lo ha contado a su amiga. ¿Qué hay de diferente?
—Azahara, lo que te voy a contar no se lo puedes decir a nadie.
—¿A quién quieres que se lo diga? —bromea la mencionada—. ¿Al chow al que voy a bañar en un rato?
Gabriela confía en ella, es la persona en la que más ha confiado desde que su tío Juanjo falleció. Lo sabe absolutamente todo de ella.
—Vale... —Y señalándose la marca que tiene en el cuello, afirma—: Esto me lo hizo Adrián.
—¡¿ADRIÁN?! —exclama sorprendida.
—Sí.
—¿Pero hablamos de Adrián el primo de Keira?
—¿A qué otro Adrián me voy a estar refiriendo, Azahara? —pregunta retóricamente—. ¡Claro que me refiero a su primo!
La chica se lleva la mano a la boca. Podía esperar que su amiga le contase que pasó la noche con algún chico, pero no con ese en concreto.
—Esto sí que no me lo esperaba —murmura para, acto seguido, recobrar la compostura—. Aunque no sé de qué me sorprendo, si cuando Keira y yo llegamos, estabais de risitas los dos solos. Me sorprendió veros tan a gusto, lo que no me imaginaba es que de repente estuvieras taaaan a gusto con él.
—¡Y no lo estaba! —se queja Gabriela.
Las dos amigas aprovechan para seguir comiendo, no hay tiempo que perder. Ambas tienen que volver al trabajo a las tres en punto.
—Claro... —dice Azahara—. Si es que en cuanto vi que Adrián dijo que también tenía que irse justo cuando tú te despedías de nosotras, tenía que haberme olido algo.
Estoy perdiendo facultades, aunque ya te dije el otro día que tú a ese chico le gustabas —bromea—.
¿Cómo no me dijiste algo antes de irte? Reina, una seña, una palabra en clave, un wasap. ..
—Aza, yo me despedí para irme a mi casa sola, en serio —se excusa Gabriela—.
Pero, ya en la calle, Adrián dijo que me acompañaba a casa, que le pillaba de camino.
—Azahara la escucha en silencio. Ella también tiene algo que contarle—.
Hacía frío y empezó a llover. Me dio pena y le sugerí que subiese hasta que parase un poco. ..
—Claro, y una cosa llevó a la otra, ¿no?
—Sí, o sea..., no. —Gabriela está hecha un lío—. ¡Fue culpa de la lluvia!
Esa última frase consigue que Azahara se eche a reír. Hay muchas excusas que inventarse, pero justo esa...
—Por todos es sabido que la lluvia la sangre altera —bromea, aún entre risas.
—¿La frase no es la primavera la sangre altera?
—Gabi, solo intentaba apoyar tu excusa de mierda.
—Lo sé.
—Bueno, ¿y qué? ¿Todo bien?
—Muy... muy bien, Aza.
Ambas se ríen. La morena mira a su amiga y confía en haber hecho bien contándoselo. Espera que, si vuelven a quedar, aunque sea solo con Keira, no se le escape nada. Sería un desastre.
Azahara decide contarle lo suyo.
—Venga, alegra esa cara, que yo también tengo algo que contarte. —Golpea ligeramente la mesa con los dedos tratando de hacer un redoble de tambor—. ¡Nos hemos comido a los primos!
Su amiga la mira sin entender lo que ha dicho.
—¿Perdona?
—Que cuando Adrián y tú os fuisteis..., yo me di unos besos con Keira.
—Pero... ¿qué dices?
—Lo que oyes, reina.
A Gabriela prácticamente se le cae la mandíbula. Lo que pasó entre Adrián y ella la pilló por sorpresa, pero eso no se queda para nada atrás.
—Esto sí que no me lo esperaba... —murmura alucinando.
—Yo tampoco —afirma Azahara—. Sí es cierto que las veces que he coincidido con ella, me he sentido muy cómoda.
Pero esa noche no sé qué pasó —le cuenta recordándolo—.
Salió para acompañarme al Uber y, como estaba lloviendo a mares, nos refugiamos bajo un tejadillo.
Una cosa llevó a la otra y... nos besamos.
—También fue culpa de la lluvia. —Ríen las dos—. Pero, Aza, tú eres heterosexual, ¿no?
Ella alza los hombros.
—Lo era hasta el viernes por la noche. —Sonríe—. De todas formas, mi padre siempre me ha dicho que no sabes si te gusta algo hasta que lo pruebas, ¿no? Pues eso hice.
—¿Y te ha gustado?
—Mucho... —Y con gesto pícaro añade—: Tanto como a ti Adrián.
Entre risas y cuchicheos siguen un largo rato confesándose.