32
Gabriela se despereza lentamente bajo las sábanas bostezando mientras abre los ojos.
El recuerdo de lo ocurrido la noche anterior irrumpe en su mente sin pedir permiso.
Con una mezcla de sentimientos que va desde la incertidumbre hasta el miedo, se da media vuelta.
Cuando se da cuenta de que está sola en la cama, se tapa la cara con las manos.
—Joder...
Intentando dejar de darle vueltas al tema, sale de la cama y va al baño a asearse. Como cada día, mientras se lava los dientes, se mira en el espejo, pero en esta ocasión preguntándose «¿En qué estaba pensando?».
Se fija en su pelo alborotado y en la pequeña rojez que tiene en el cuello. ¿Eso es un chupetón? Se acerca para verlo bien.
—No me jodas, Adrián...
Para intentar taparlo, se echa el pelo hacia delante. Termina con el cepillo de dientes, se enjuaga la boca y, antes de salir del cuarto de baño, apoya el cuerpo en el marco de la puerta. Echa un ojo a la habitación, no hay ni rastro de él.
En su mente se repiten las imágenes de anoche. Riendo con él y dándose la oportunidad de empezar de cero. Corriendo juntos bajo la lluvia. Adrián acariciándole las manos con suavidad. Ella sentándose encima de él en su habitación, sus miradas cuando hacían el amor...
Lo que ocurrió era algo que no tenía en mente, ni siquiera era algo que se hubiera planteado.
Y menos aún con él. No con Adrián. A ella ese tipo de chicos no le gustan.
Esos que van de seguros, que parece que flotan y están por encima del bien y el mal siempre le han provocado repulsión.
Nunca le han gustado los chulitos ni para pasar una sola noche con ellos.
«¿Por qué lo hice? ¿Por qué no lo paré?». Aún no sabe cómo, pero Adrián lo consiguió. Es consciente de que ella llevó la iniciativa en más de una ocasión, el deseo del momento le pudo, pero se excusó en que, ya de perdidos, al río. ¿Qué hay de malo en dejarse querer un rato?
Necesita moverse. Se acerca a la ropa que hay en el suelo para recogerla, con la intención de bajarla y dejarla junto a la lavadora. Aunque su intento de dejar de darle vueltas al tema no funciona. No puede parar.
No puede permitirse complicarse la vida ni poner en riesgo su amistad con Keira.
Anoche Adrián le prometió que, en cuanto saliese por la puerta, olvidaría lo que había pasado entre ellos.
Más le vale que así sea y no le cuente nada a su prima.
No quiere miraditas extrañas ni tener que dar explicaciones absurdas e incómodas.
Todo ese caos mental le provoca un ligero pinchazo en el pecho que por un momento le hace parar en seco.
No considera que haya hecho algo malo, cada uno tiene derecho a hacer lo que quiera con su vida.
Pero si algo tiene claro desde que su tío se fue es que cuanta menos gente entre en su vida, mejor. Más fácil será todo después.
—Se acabó.
Coge la ropa y sale de la habitación. Necesita distraerse haciendo cualquier cosa, sabe que como se quede ahí no dejará de darle vueltas, y se niega. Lo que pasó, pasó, pero como con otros tantos chicos a los que ha conocido saliendo de fiesta con Azahara.
Para colmo, en la planta baja se encuentra con Ariadna tirada en el sofá.
—¡Buenos días, Bella Durmiente!
—Buenos días —responde sin mirarla.
Gabriela deja la ropa junto a la lavadora y se va directamente a la cocina. Su cuerpo necesita un café.
—Con que anoche no dormiste sola, ¿eh?
Pero ella ni siquiera se gira para mirarla. Saca una cápsula y la mete en la cafetera. No le apetece hablar de eso, y menos aún con su hermana. Solo espera que Ariadna entienda su silencio y la deje en paz. Pero al oírla abandonar el sofá, le queda claro que no tiene esa suerte.
—Hermanita, no me dijiste que tenías novio —comenta caminando hasta llegar a la mesa de comedor—. O novia, aquí no juzgamos.
Gabriela saca un vaso del armario de la cocina. Le ha quedado claro que, aunque anoche fueron todo lo sigilosos que pudieron, no fue suficiente.
—No tengo novio —se gira para aclarárselo.
Ariadna está sentada sobre la mesa, tal y como ella hizo anoche. Adrián vuelve a su mente. Justo ahí fue su primer beso, ese que empezó ella. Ese que ambos deseaban tanto.
—Ariadna, la mesa, por favor.
Aunque no quiere, la chica se baja. Gabriela sigue con su café.
—Qué calladito te lo tenías... —La oye reír—. ¿Quién era el afortunado?
—No quiero hablar de eso.
—Gabi —camina hacia ella—, no puedes pretender hacer algo así y que no me sorprenda.
Gabriela mira cómo sale el café de la máquina y cae en el vaso. Parece que va a cámara lenta. Por el rabillo del ojo ve que su hermana se coloca a su lado y consigue lo que quería.
—¿Qué es lo que te sorprende exactamente?
Ariadna sonríe al captar la atención de Gabriela.
—Hombre, Gabi, antes no eras de acostarte con el primer tío que conocías una noche de fiesta.
—Para tu información, no lo conocí anoche —responde de manera tensa—, pero si así fuera, ¿pasaría algo?
—¡Qué va! —exclama alzando las manos—. Está claro que no soy quién para juzgar a nadie.
La cafetera termina y Gabriela aparta su vaso. Se acerca a la nevera bajo la atenta mirada de su hermana y echa algo de leche. Para terminar, saca una cucharilla y añade algo de azúcar. Café en mano se mueve hasta la mesa de comedor.
—¿No vas a desayunar nada? —pregunta siguiéndola.
—No tengo hambre.
—¿Tan mal fue anoche?
La chica se echa a reír, mientras que a Gabriela no le hace ni pizca de gracia. Le da rabia que su hermana no entienda que, cuando alguien no quiere hablar de algo, lo mejor es parar.
Mientras piensa en lo de anoche, le da un trago al café. Precisamente mal no es que haya ido. Adrián y ella se lo pasaron muy bien.
—Entonces, ¿era amigo tuyo o qué? —continúa preguntando Ariadna, al tiempo que se sienta en la silla que hay frente a Gabriela.
—Ari —farfulla—, ¿piensas parar en algún momento?
—Joder, hermanita —se queja la otra—, solo quiero saber quién era la persona que ha salido a hurtadillas del piso del tío a las cinco de la mañana.
Deseando zanjar el tema, Gabriela responde:
—Solo era mi amigo Adrián, que me acompañó a casa. Punto.