31
Gabriela y Adrián hablan, comentan, se ríen... Está claro que su relación ha mejorado, no tiene nada que ver con la de hace una semana.
La noche es fría y aún más cuando, a menos de una calle para llegar a casa de Gabriela, se pone a llover. Ella, sin dudarlo lo agarra del brazo y echa a correr para llegar cuanto antes. Él la sigue sin discutir, hace demasiado frío como para, encima, calarse.
En cuanto llegan, se refugian bajo el tejadillo del portal. Resguardados, miran la lluvia caer con fuerza. Ella busca las llaves en su bolso y abre la puerta. Antes de entrar, lo mira un instante y duda, hasta que suelta:
—¿Quieres subir hasta que deje de llover?
Él, echando un nuevo vistazo al diluvio que está cayendo, dice:
—No te voy a decir que no.
Se adentran en el portal y suben a la sexta planta en el ascensor. No es muy grande, lo justo para que solo los separen unos pocos centímetros.
Gabriela abre la puerta con cuidado y sigilo, ha de tener en cuenta que ya no vive sola. Asoma la cabeza, todo está a oscuras, se alegra de que Ariadna ya se haya ido a dormir. Entra, enciende la luz y se quita el abrigo. Él mira el piso desde la puerta. Es de los modernos, de concepto abierto.
—¿Vas a entrar o te tengo que invitar a pasar como a los vampiros?
—Sí, claro.
La chica cuelga su abrigo en el armario mientras que él lo apoya en el respaldo de una de las sillas que hay alrededor de la mesa de comedor. Como está mojado por la lluvia, cree que es mejor dejarlo ahí.
—¿Quieres beber algo? —le pregunta abriendo la nevera.
Él la mira y la ve beber leche directamente del cartón.
—Eso no se hace.
Gabriela, al escucharlo, lo mira y, dejando el cartón en su sitio, pregunta:
—¿Qué no se hace?
—Beber directamente del brik de leche —afirma—. Para eso están los vasos.
No puede evitar sonreír, su gran manía. Empezó a hacerlo de pequeña y, aunque a su padre le repateaba, ahora lo hace prácticamente sin darse cuenta.
—Si mi madre te viera hacer eso, te echaría una bronca...
Pero ella, obviando el comentario, le pregunta:
—Venga, ¿qué quieres beber?
—Con un vaso de agua fresca me vale.
—Sssh... Baja la voz. —Señala con la mano hacia arriba.
Él asiente poniendo cara de circunstancias, había olvidado que no están solos. Mientras ella saca los vasos, él pasea despacio. Se fija en una estantería llena de vinilos y de películas en DVD. Al fondo de la estancia ve un piano digital y un tocadiscos. Se pregunta si Gabriela sabrá tocar.
Ella no puede evitar fijarse en él. Lo ve caminar sin prisa por su salón observándolo todo con los brazos detrás, como un niño al que le dicen que no puede tocar nada.
No es el primer chico que entra en su casa desde que no está su tío, pero sí el primero que se toma el tiempo de mirar a su alrededor y parece fijarse en los detalles.
—Toma, Adri.
Él se gira para mirarla.
—¿Ya soy Adri? —murmura sorprendido y bajando la voz.
Ella sonríe y menea la cabeza. Da un trago a su vaso de agua y, poniéndose medio de puntillas, se sienta sobre la mesa de madera del comedor. Él se acerca para coger su vaso de agua.
—¿Todo eso es tuyo? —se interesa, señalando la estantería.
—No, era de mi tío, como casi todo lo que hay en este piso —le explica con tranquilidad—. Si algo le gustaba eran la música y las películas. Le encantaban.
—¿Y el piano?
Ella mira el instrumento con nostalgia, su tío se pasaba horas tocándolo.
—También era suyo, tocaba de maravilla.
Adrián la escucha con atención. El brillo de los ojos de esa chica le indica que quería mucho a ese tío suyo.
—¿Tú no?
—No, yo no sé tocar el piano —dice dejando el vaso sobre la mesa—. No tengo manos de pianista.
Adrián, que solo está a unos pocos pasos de ella, se acerca y, dejando el vaso junto al suyo, le muestra las palmas de las manos para que apoye las suyas encima. Ella lo hace.
—¿Cómo se supone que son las manos de una pianista? —murmura él, alzando la vista para mirarla a los ojos.
—Lo normal es que tengan dedos finos y largos. —También lo mira a los ojos—. Además de tener buena coordinación, pero yo de eso...
Con sonrisa pícara, Adrián baja de nuevo los ojos a las manos de ella. Las acaricia con la yema de las pulgares. Son muy suaves. El silencio del apartamento los envuelve, solo lo rompe el sonido de la lluvia en el exterior.
—¿De verdad te han llamado tus colegas? —le pregunta tras unos segundos.
Él, acordándose de una pregunta que le hizo ella hace ya varias horas, murmura:
—¿Quieres que sea sincero? —Ambos se miran y ella asiente—. No.
Gabriela baja la cabeza y cierra los ojos.
Lleva rato pensándolo, pero no terminaba de leer del todo a Adrián.
El chico, que aún acaricia sus manos, está demasiado cerca.
Tanto que puede oler su perfume. Le gusta ese olor.
Alza la cabeza y, por cómo la mira él, intuye lo que está pensando.
Desea besarla como ella desea besarlo a él. Gabriela decide hablar.
—Si esto que estamos ambos pensando pasa, ha de ser teniéndolo tanto tú como yo muy claro.
—Yo lo tengo clarísimo.
—Adrián, lo digo muy en serio —afirma—. Lo podemos pasar bien, pero hasta ahí. Ya sabes que no quiero una relación.
Él está deseando acercarse más a ella por lo que, abandonando sus suaves manos, apoya los brazos en la mesa, a ambos lados de Gabriela. Eso le permite restar unos centímetros más a la distancia que los separa.
—Ajá...
—Y, por supuesto, no le digas nada a tu prima —murmura al ver que él se acerca—. Solo me faltaba que se pusiera pesada con que somos novios y tonterías de esas. Ni de broma.
—A Keira ni una palabra...
Gabriela le mira los labios, él se los muerde. Está claro que está deseando besarla.
—Nos acostamos y lo disfrutamos sin comprometernos a nada.
—Gabi, no va a significar nada —murmura él—. Te prometo que, en cuanto salga por esa puerta, olvidaré todo lo que pase aquí dentro.
Ella lo mira cautelosa. Tiene ganas de ir a más, lo está deseando. Pero por su mente pasan todo tipo de pensamientos. ¿Será buena idea acostarse con el primo de su amiga?
Él la observa impaciente, hasta que ya no puede más.
—¿Quieres que te firme algo para que me creas o puedo besarte ya?
Gabriela decide dar el paso y se inclina para besarlo. Sus labios se encuentran. Sus lenguas juegan sin prisa, aprendiendo el ritmo del otro. Adrián apoya una de sus manos en la cintura de ella, Gabriela coloca sus brazos sobre los hombros de él.
Cuando nota que Gabriela se va a separar, pasa sus manos por debajo de los muslos de ella, aún sentada sobre la mesa, y la atrae hacia él de un tirón, pegando sus cuerpos.
—No seas brusco... —murmura ella dejando de besarlo.
—Perdón...
Ella vuelve a besarlo, esta vez con más seguridad.
Sus manos rodean la cabeza de él y sus dedos se pierden en su pelo.
Adrián percibe las ganas y la intención de ella, pero cuando él también va a perderse en su pelo, ella lo aparta sutilmente apoyando las manos en su pecho.
Se baja de la mesa y, ofreciéndole su mano, susurra:
—Vamos.
Sin dudarlo, Adrián coge su mano y la sigue por las escaleras. En el piso de arriba ve dos puertas, una de ellas cerrada. Entiende que ahí estará durmiendo la hermana. Gabriela le hace entrar en su habitación y cierra la puerta sin hacer ruido.
Tanto para él como para ella, en este momento el mundo entero se reduce a ese cuarto. Ella lo conduce hasta la cama y lo empuja suavemente para que se siente en el borde. Gabriela se sienta a horcajadas sobre él. No hacen falta palabras.
Ahora es él quien le besa el cuello rodeando su espalda con los brazos, pasando las manos por debajo de su jersey. Ella sonríe, le gusta lo que siente. Poco a poco, la ropa va quedando a un lado. Cuando por fin se dejan caer juntos sobre la cama, se buscan y se encuentran. Él le pregunta:
—¿Estás segura?
Gabriela asiente dedicándole una sonrisa que consigue acelerarle el corazón.
—Sí.
Al escucharla, Adrián sonríe y, con un rápido movimiento, posa delicadamente su cuerpo sobre el de ella y la besa.
Los besos suben de intensidad. Las manos recorren sus cuerpos mientras con urgencia se deshacen de la ropa y, una vez desnudos y antes de dar el siguiente paso, Gabriela lo mira y susurra:
—Esto solo lo sabremos tú y yo.