30
Azahara entra junto a Keira en el local y cuál no será su sorpresa al ver a Adrián y a Gabriela sentados juntos y riéndose. Se ha perdido algún capítulo entre ellos del que su amiga tendrá que ponerla al día el otro momento.
—¡Hola, chicas!
Gabriela, seguida de Adrián, se pone de pie para saludarlas.
—Disculpad el retraso, el metro estaba hasta arriba —habla Keira por las dos.
Las recién llegadas piden unas copas para unirse a los otros dos en la mesa, y, a continuación, ponerse al día de todo.
Adrián las mira curioso mientras hablan de una tal Ariadna, quien resulta ser la hermana de Gabriela.
Es la primera vez que oye hablar de ella.
A medida que las va escuchando, entiende que el puesto de camarera por el que preguntaba su prima el otro día es para esa chica.
Llegó de trabajar y vio que su madre y Keira hablaban.
Las escuchó hablar por encima, pero no se metió, solo fue a saludarlas y se fue directo a la ducha.
Para cuando salió, su prima ya se había ido.
La noche transcurre tranquila. Hay momentos en que las chicas se animan a ir a bailar, pero no duran mucho. No consiguen convencer a Adrián para que vaya a bailar con ellas y les da pena dejarle solo.
A lo largo de las horas van saliendo a la calle a fumar, ya que menos Gabriela el resto fuma.
Llega un punto en que la no fumadora se cansa de salir a acompañarlos.
Fuera hace frío y no tiene necesidad de estar ahí.
Por eso, cuando las chicas se levantan para salir a fumar, Adrián decide quedarse. No quiere dejarla sola.
—¿No sales?
—Qué va, hace frío.
Asiente sorprendida. Lo normal es que se hubiera ido con ellas, como las otras veces. Un teléfono pita, es el del chico. Adrián lo mira.
—¿Hoy no tenías plan con tus amigos?
—Qué va, hoy no tenía en mente salir —miente—. Pero mi prima me dijo que estabas agobiada y que necesitabas despejarte, así que me uní.
—¿En serio?
—¿Qué pasa? ¿Te sorprende? —Sonríe—. Puede que sea un chulo como tú dices, pero uno con corazón.
Gabriela se echa a reír. Parece que le ha marcado lo que le dijo antes. Lo raro es que haya sido la primera en hacérselo saber.
—Vaya marrón lo de tu hermana, ¿no?
—La verdad es que sí. Pero es lo que hay. No puedo hacer otra cosa, es mi hermana.
—Supongo.
—¿Tú no tienes hermanos? —Él niega con la cabeza—. Ahora tiene mucho más sentido que seas como eres.
—¿Por qué lo dices? —le pregunta, extrañado.
—Siempre se ha dicho que los hijos únicos son unos mimados y unos egoístas que están acostumbrados a salirse con la suya... ¿Te ves reflejado?
A él le hace gracia. Lo que ha dicho no son más que estereotipos de los hijos únicos. Que habrá quienes sean así, pero él tiene claro que no.
—Para nada. De todo lo que has dicho, nada me define —se defiende con guasa—. A mi modo de ver, soy maduro, independiente, responsable...
—O sea, que no tienes nada malo.
—Hombre, supongo que algo malo tendré, pero hay que buscar mucho para encontrarlo.
Vuelven las chicas secándose la cara, parece que fuera ha empezado a chispear. Los cuatro siguen charlando. En un momento dado Adrián aprovecha para ir al baño. No se aguanta más. Al volver a la mesa se percata de que Gabriela está de pie abrazando a su prima. Parece que se está despidiendo.
—¿Te vas?
Gabriela se gira y ve a Adrián con el móvil pegado a la oreja.
—Sí.
—Destino o casualidad, pero yo también —responde—. Me acaban de llamar mis colegas y me han liado para que me vaya con ellos un rato.
Gabriela alza los hombros: como él quiera. El chico se despide de las otras dos y, poniéndose el abrigo, sigue a la morena hasta salir del local. Caminan juntos por la calle.
—Yo voy a mi casa, ¿y tú?
—Yo no —bromea justo cuando oyen un trueno—. Pero me pilla de paso, así que te acompaño.