29
Llega el viernes y con él el plan que hicieron el día anterior las chicas.
Gabriela está encantada de salir un rato a despejar la mente.
Cuando le ha dicho a Ariadna que salía, le ha sorprendido su respuesta.
No tenía claro si iba a intentar unirse a ellas o si ya tenía algo por su lado, pero no.
Le ha dicho que espera que se lo pase bien y se ha quedado en casa viendo una película.
Tiene claro que con la Ariadna de hace unos años eso hubiera sido totalmente imposible.
Llega caminando al local en el que les ha citado Keira y justo cuando va a abrir la puerta para entrar, alguien se le adelanta. Al mirarlo, él también la mira. Ambos se sorprenden.
—¡Anda, hola! —la saluda Adrián—. Yo que pensaba que llegaba el último.
—Hola, Adrián —responde tratando de disimular su decepción.
No esperaba verlo allí. De hecho, decidió proponer el plan en el grupo en el que él no está por eso mismo. Esperaba que fuese una noche solo de chicas.
Él sonríe, aunque el gesto que le ha visto hacer a ella no era precisamente de que se alegrara de verlo. La última vez que coincidieron fue cuando, un poco más, y ella lo manda a la mierda.
Abre la puerta del local y se echa a un lado diciendo:
—Las damas primero.
—Vaya, veo que he pasado de princesita a dama.
Su gesto a él le hace sonreír, y finalmente pregunta:
—¿Pasas o no?
Ella entra y le da las gracias. Ante todo, es educada. Una vez dentro, buscan a su prima y a Azahara, pero no dan con ellas. Lo que sí ven es a gente bailando a un lado de la sala y al otro lado, mesas y otras personas tomando algo.
—Creo que so...
Él le hace un gesto para avisarla de que no la oye bien, por lo que Gabriela levanta la voz.
—¡Creo que somos los primeros en llegar!
Él se acerca para poder decirle:
—¿Buscamos una mesa libre?
Gabriela asiente echándose hacia atrás. En pocos segundos dan con la mesa libre más alejada de los altavoces, ya que el volumen alto de la música es un poco agobiante. Un camarero se acerca y piden algo de beber.
Hay cierta tensión entre ellos. Mientras que Gabriela mira a su alrededor intentando hacer tiempo, Adrián piensa en cómo entablar una conversación.
—Oye, Gabriela...
Ella no duda en girarse hacia él para clavarle la mirada desde el otro lado de la mesa y no dejarlo continuar hablando.
—Vamos a ver, Adrián, te voy a dejar las cosas claras antes de que llegue tu prima, porque no sé tú, pero con ella yo no pierdo el tiempo hablando de ti y de nuestro encontronazo del otro día.
—Él asiente sin decir una sola palabra—.
Hoy no tengo el cuerpo para movidas —sigue la chica—.
No me apetece tener que estar aguantando tus vaciles ni tus tonterías.
Te lo digo totalmente en serio, paso. Por lo que creo que hoy, cuanto menos te dirijas a mí, mejor.
Parece que ella ha terminado, así que Adrián pregunta:
—¿Puedo hablar?
Ella lo mira con el ceño fruncido. Lo conoce poco, pero lo justo como para advertirlo de algo.
—Si es para hacer una de tus bromas absurdas, mejor no.
—Puede que te sorprenda, pero lo único que quería era pedirte disculpas —dice, y el gesto de Gabriela se relaja—.
Tienes razón, el otro día, cuando el chico te invitó a una copa y me metí, fue un error.
No hay duda de que tienes el suficiente carácter como para quitarte a un baboso de encima tú solita.
Eso sí que ha pillado a Gabriela fuera de juego. Podía esperarse cualquier cosa de él menos aquello.
—En realidad, me vino bien —murmura, descolocándolo ahora a él.
—Entonces, ¿en qué quedamos?
—Quedamos en que yo también tengo que pedirte disculpas por mis formas del otro día, podría haberme expresado de manera... diferente; no me pillaste en un buen momento.
—Disculpas aceptadas —dice él con gracia.
Adrián levanta ligeramente su copa animándola a ella a hacer lo mismo con la suya. Cuando lo consigue, las chocan. Ambos dan un trago.
—¿De verdad piensas que soy un chulito?
—¡De manual! Pero eso solo le funciona a Mario Casas en Tres metros sobre el cielo —dice echándose a reír—. Imagino que los tíos creéis que a las chicas les gusta, pero no. Al menos a mí no, solo me produce rechazo.
Adrián se queda unos segundos pensando en lo que ha dicho.
No le gusta oír que le produce rechazo a nadie, ni siquiera a la amiga de su prima.
Como tampoco llevarse mal con ella. Desde que su prima le confirmó que Gabriela no era su nueva pareja, algo le ha pasado.
Esa chica cada vez le produce más curiosidad.
Entonces se le ocurre algo. Bajo la atenta mirada de ella, Adrián extiende el brazo por encima de la mesa que los separa.
—¿Y si empezamos de cero?
Aunque no termina de fiarse del todo, Gabriela cede. Levanta su brazo y le estrecha la mano. Sonríe al oírle decir:
—Encantado, soy Adrián, y esta noche prometo no tirarte una copa encima.
—Encantada, yo me llamo Gabriela y —ella le sigue la broma con gracia—, aunque esta noche quería un plan solo de chicas, de momento dejo que te quedes.
Sus manos se separan y Adrián, llevándose la suya al pecho, se hace el ofendido.
—O sea, que plan de chicas... Me molesta, pero lo entiendo. —Y dejando la broma de lado, añade—: Ahora en serio, ¿prefieres que me vaya y os deje a las tres solas?
—Puedes quedarte, siempre y cuando dejes tu parte de chulo engreído a un lado.
—De acuerdo, pero antes tengo que preguntarte algo que me come por dentro. —Gabriela, dando un trago a su bebida, lo mira intrigada—. Entonces..., ¿no te has alegrado de verme?
Si no fuese por el volumen al que está la música, la carcajada de Gabriela se escucharía desde el otro lado del local.
—¿Quieres que sea sincera?
—Por favor.
—No.
—¿Ni un poquito?
—No.
—Tranquila, no pasa nada —murmura él con ironía—. Ya te alegrarás.