26
Llega el lunes y con él comienza una nueva semana. Todos madrugan y van a trabajar. Gabriela esta semana tiene turno de mañana, lo que le deja las tardes libres.
La mañana en la clínica ha ido rodada, sin problemas. Cuando se encontró a media mañana con Azahara, comentaron la fiesta del viernes. Lo pasaron bien. Gabriela la pone al día de la discusión que tuvo con Adrián y su amiga se lo toma a risa diciéndole que no le dé mayor importancia.
A mediodía, Gabriela recoge sus cosas y se va a casa dando un paseo. Inevitablemente, en ese rato le vienen dos personas a la cabeza.
Una de ellas es Adrián. Cuando piensa ahora en frío en la situación que vivió con él, se da cuenta de que quizá se pasó.
Por una parte, entiende que se metiera a intentar librarla del tío que se le acercó, ya era la tercera o cuarta vez que le insistía con lo de la copa.
Aunque también le da rabia que se sintiera con la potestad de meterse y hablar por ella.
Comprende que a su prima pueda querer ahuyentarle los moscones, pero ella no es nada suyo. Ni siquiera son amigos.
No ha vuelto a saber de él desde entonces.
La otra persona que se le viene a la cabeza es...
—¿Ariadna?
Ya cerca del portal de su edificio, tiene que parpadear un par de veces. No da crédito a lo que ven sus ojos. Ahí está su hermana, sentada en el suelo con una mochila roja junto a ella.
—¡Hermanitaaa! —exclama levantándose y corriendo hacia ella.
Ariadna la abraza con fuerza. Gabriela también a ella, pero con menos intensidad. Ahora mismo no entiende nada.
—¿Qué haces aquí?
—¿Es que no puedo hacerle una visita a mi hermana mayor?
—Sí, claro que puedes...
Gabriela mira a su hermana cuando una ráfaga de frío viento le mueve el pelo.
—¿Quieres subir?
Ariadna no tiene ni que responder, simplemente sale corriendo para coger la mochila y seguirla hasta el sexto piso. Al entrar, ambas notan cómo el calorcito de la calefacción entra en sus cuerpos. Gabriela se quita el abrigo y lo cuelga en el armario.
—Madre mía, es como viajar al pasado —comenta Ariadna nada más entrar—. Está todo prácticamente igual.
—El tío Juanjo tenía muy buen gusto.
—Si tú lo dices... —murmura dejando su abrigo sobre la mesa de comedor.
Mientras Ariadna inspecciona la planta baja, Gabriela coge el abrigo de su hermana y lo coloca en el respaldo de una de las sillas.
Después la acompaña escaleras arriba. Gabriela le enseña la habitación grande, que era la de su tío y ahora es la suya.
A continuación, le enseña la de al lado, que está libre: era la habitación de Gabriela cuando se mudó a vivir con él.
Ariadna deja la mochila sobre la cama, lo que llama la atención de su hermana. Al girarse se percata de cómo la mira.
—¿Qué pasa? Dijiste que estaba libre, ¿no?
Gabriela hace una mueca. Necesita hablar con Ariadna. Quiere respuestas. No puede meterse en su casa, así, como si nada, sin dar explicaciones.
En la cocina, la anfitriona sirve un par de refrescos y ambas se sientan a la mesa del comedor. La pequeña acerca su silla a la de Gabriela y la coge de la mano.
—Me alegro tanto de verte, hermanita...
—Yo también —sonríe—, pero tenemos que hablar.
—¡Claro! Hablamos de todo lo que quieras.
Toma un trago de su bebida mientras Gabriela la mira y piensa por dónde empezar la conversación.
—Lo primero que quiero saber es qué tal estás, pero de verdad.
—Mejor que nunca, hermanita —responde Ariadna y, moviéndose con gracia, añade—: ¿No me ves?
Claro que la ve. Gabriela la ha analizado físicamente en cuanto la ha visto abajo. Parece que tiene buen aspecto. Va con un vaquero oscuro, una sudadera y unas zapatillas que se nota que tienen años. También lleva el pelo recogido en una coleta.
—Físicamente te veo bien, Ariadna, pero...
—No me llames así, que suenas a mamá, mejor Ari.
—Vale. Por fuera parece que todo está bien, pero... ¿y por dentro?
—También. —Las hermanas se miran a los ojos—. Gabi, necesitaba parar.
Desde que Gabriela ha empezado la conversación ha decidido tener la mente abierta. No quiere dejarse llevar por cosas del pasado. Tal y como decía Azahara, quizá esta ocasión es diferente.
—O sea, que estás limpia...
Ariadna asiente con una sonrisa y los ojos vidriosos. Ella decide creerla, algo en su interior se lo dice.
En la adolescencia, Ariadna empezó a tontear con las drogas hasta que, por culpa del grupo con el que se juntó, cayó de lleno. Todos en su casa sabían que era un gran problema y más aún cuando empezó a desaparecer durante días y a robar dinero a sus padres.
Para ellos una de las principales culpables de la poca fuerza de voluntad de su hija pequeña siempre era su hija mayor.
Que Gabriela se saliese del camino que ellos tenían establecido para ella y decidiera desobedecerlos para llevar su vida como ella quisiera fue un malísimo ejemplo para su hermana, y así se lo hicieron saber en más de una ocasión.
—¿Sabes algo de mamá y papá? —continúa Gabriela—. ¿Has hablado con ellos?
—Sí, he pasado el fin de semana con ellos. —Oír eso hace que Gabriela alce las cejas, sorprendida—. El viernes a mediodía pase a verlos y comimos juntos —le explica—. Al terminar me animaron a que me quedara todo el finde en casa.
—¿Y qué tal?
—Muy bien, por allí todo sigue igual. Cada dos por tres se ponen a hablar de trabajo, pero ya sabes que es algo normal en ellos.
Gabriela la escucha con atención mientras le relata todo lo que ha hecho con sus padres el fin de semana. Parece que se lo han pasado bien, algo que no le sorprende. Su hermana siempre ha sido el ojito derecho de los dos. Para ellos, nunca hacía nada mal, no como ella.
—Me alegro mucho, Ari —dice tras escucharla—. Entonces, ¿por qué te has presentado en mi casa?
—Guau, tu casa... —murmura con cierto retintín—. Qué raro es oírte decir eso. Para mí creo que siempre seguirá siendo la casa del tío Juanjo.
Gabriela decide morderse la lengua. Le molesta que mencione a su tío. Durante su enfermedad casi no iba a verlo, mientras que ella se pasaba las tardes con él, acompañándolo a donde hiciera falta hasta que finalmente se fue a vivir con él.
Recuerda a la perfección el día que el abogado les leyó el testamento del tío Juanjo.
Nunca olvidará el enfado de sus padres y de su hermana al enterarse de que le dejaba todo a ella.
Tanto el piso como los ahorros. Sus padres se pusieron hechos una furia, sobre todo su madre, hermana de Juanjo.
Ariadna también se enfadó mucho, no entendía que, teniendo dos sobrinas, no fuese justo con ambas.
Ni lo entendió en su momento ni parece que lo vaya a entender ahora.
Dejando a un lado ese tema, Ariadna acerca más la silla para buscar el contacto con su hermana.
—Estoy aquí porque algo en mí me pide un cambio, hermanita. Necesito encauzar mi vida y para eso lo primero es salir de donde estaba. —Al ver que Gabriela no dice nada, continúa—: Y con papá y mamá no me puedo quedar.
—¿Por qué?
—Porque vivir con ellos es un agobio, ya los conoces. Que si reglas por aquí, que si obligaciones por allá... Qué pesados. —Y buscando aún más la compasión de su hermana, añade—: Y porque no quieren.
Esas cuatro últimas palabras la descolocan por completo.
—¿Cómo que no quieren?
—Pues que no quieren, Gabi. —Le vuelven a brillar los ojos—. Me han dicho que ya soy mayorcita para buscarme la vida.
Eso consigue encogerle el corazón. Le sorprende mucho oír eso de sus padres, sobre todo teniendo en cuenta que están hablando de Ariadna, su hija favorita. Aunque al recordar cómo se comportaron con ella en el pasado, se lo puede creer.
—¿Y cuál es el plan? —Su hermana pequeña suspira—. ¿Qué tienes en mente?
—No lo sé... —dice con un hilo de voz—. Primero, quiero descansar, que estoy hecha polvo. Y luego supongo que ponerme a buscar trabajo.
Gabriela asiente y tomando aire se levanta de la silla. Su hermana la imita.
—De acuerdo, pero no te voy a acompañar a casa de mamá y papá a recoger tus cosas —afirma con seguridad—. Yo por allí no pienso volver.
—No te preocupes, Gabi, ya lo he traído todo. —Ella se sorprende. No esperaba que todas sus cosas cupieran en una mochila de ese tamaño—. ¿Eso significa que puedo quedarme?
Al ver que su hermana mayor asiente se tira nuevamente a sus brazos. Ariadna la abraza y le da las gracias. Gabriela responde al abrazo, aunque por su mente solo pasa una cosa: «Si no se queda conmigo, se queda en la calle. Y no puedo dejar a mi hermana en la calle».