Un beso al aire 24
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Azahara, que acaba de terminar de bañar a un perro, sale de su zona de trabajo. Necesita un café. Pero sus planes cambian cuando, al fijarse en Gabriela, la ve pálida. Tiene muy mala cara. Sin tiempo que perder, corre hasta ella.

—¿Tan mal ha ido lo de ese perrito? —se interesa, pensando en el animal que acaba de ver salir cojeando hace un momento.

—No... —Es todo lo que consigue balbucear.

Tanto Gabriela como Azahara sienten que les va el corazón a mil. A una por el inesperado mensaje y a la otra porque no sabe qué le pasa a su amiga. Azahara se agacha junto a ella, que está sentada, y le coge las manos para que la mire a los ojos.

—Vale, Gabi, ¿entonces? —Intenta entender qué es lo que pasa—.

¿Te encuentras mal? ¿Necesitas algo? ¿Te traigo agua fresquita, o mejor algo con azúcar?

—Todo lo que hace Gabriela es mover levemente la cabeza hacia los lados—.

¿Cómo puedo ayudarte? —continúa, y poniéndose de pie, acaba por afirmar—. Vale, nos vamos al hospital.

—No...

—Pero, Gabriela...

—No, Aza...

Gabriela suelta su mano, coge el móvil y se lo da. Azahara mira la pantalla iluminada y lee el mensaje. Entonces, mira a su amiga igual de sorprendida.

—Ostras... Pues sí que es fuerte —murmura dejando el teléfono sobre la mesa—. ¿Hace cuánto que no sabes nada de... ella?

—Hace... más de dos años...

—Vale, lo primero que vamos a hacer es respirar hondo.

Junto a su compañera, Gabriela sale de la clínica y se apoya en el pequeño murito que hay en el escaparate.

Azahara se enciende un cigarro mientras se mueve lentamente a su alrededor.

Comprende que su amiga necesita un momento para respirar e intentar aclararse la mente.

Se lo da. Tras estos dos años trabajando juntas y, sobre todo, por ser amigas, la conoce lo suficiente como para saber que en momentos de agobio su cuerpo se paraliza.

Mientras se mueve, no pierde de vista a Gabriela. Espera que algo de aire fresco le venga bien. Un par de minutos después apaga el cigarro y lo tira a una papelera que hay a pocos metros. Al volver hacia Gabriela, ya ve que tiene mejor cara. Hace frío. Deciden entrar.

Las chicas se colocan de nuevo tras el mostrador de recepción y Azahara se sienta junto a Gabriela en el taburete. Se miran.

—Vale —habla la peluquera—, refréscame la memoria y cuéntame en qué punto estamos con tu hermana.

Ella asiente. El mensaje de Ariadna la ha dejado totalmente descolocada. Hace mucho que no sabe nada de ella.

—Hace más de dos años que la vi por última vez —murmura Gabriela—. La última vez que supe de ella también fue así, fue ella quien me escribió.

—Pero he visto que no tienes su número guardado en el móvil.

—Este no, debe de haber cambiado de teléfono...

—Y aquella vez, hace más de dos años, ¿qué tal con ella?

Gabriela piensa en esa época. Ella trabajaba en una papelería y terminaba el curso de ATV. Ariadna apareció prácticamente de la nada.

—Solo quería dinero —admite finalmente—. Vino a verme y comimos juntas. Me contó que lo había dejado con su novio, que lo estaba pasando fatal, que necesitaba dinero para encauzar su vida, que no conseguía que nada le fuese bien...

—Entiendo que le dejaste dinero, ¿no?

Gabriela asiente. Aún le escuece recordarlo.

—Sí, y en cuanto lo tuvo, se fue —dice con gesto serio—. Se largó sin decirme nada más. Recuerdo que le mandé mensajes y solo me contestó un par de veces para contarme que estaba en ello. Y luego ya... nada. Hasta hoy.

Las chicas se miran. Ninguna de las dos sabe muy bien qué decir. Azahara conoce a la hermana de su amiga por lo que le ha contado, por eso no le sorprende lo que le relata.

Respirando hondo, Gabriela desbloquea el móvil para volver a leer el mensaje.

Ariadna Soy Ari, ¡tu hermana! ¿Qué tal estás, Gabi? ¿Sigues viviendo en casa del tío?

Lo lee una y otra vez, sin saber aún qué responder. No consigue percibir la intención de su hermana solo con ese mensaje. Azahara también lo relee.

—¿Vas a contestar?

—No lo sé.

—Quizá esta vez sea diferente —le sugiere—. Quizá solo quiere saber de ti, qué tal estás, cómo vas con...

—Imposible —la interrumpe Gabriela, tajante—. Mi hermana es egoísta. Lo era de pequeña y seguro que lo sigue siendo.

Se acerca hasta ellas una mujer con un trasportín. Viene a recoger a su conejo, lo dejó hace un par de horas para unas pruebas médicas. Gabriela la atiende y se levanta para avisar a los veterinarios. Un chico no tarda en salir a buscar a la señora.

—Me pregunto qué querrá.

Azahara, al reconocer a la chica que entra por la puerta de la clínica, se pone de pie. Es la dueña de Piti, el perro al que ha bañado y cortado el pelo hasta hace unos minutos.

—Pues ya sabes lo que tienes que hacer —le responde.

La peluquera habla y atiende a la dueña de Piti mientras Gabriela no hace más que darle vueltas a la inesperada reaparición de su hermana. Tras un buen rato de comeduras de cabeza decide responder. Necesita respuestas.

Por aquí todo bien, con mucho trabajo. ¿Tú qué tal estás? ¿Cómo va todo? Y sí, sigo en casa del tío.

Lo que queda de día intenta olvidarse del móvil. Necesita dejarlo de lado y no entrar en un bucle infinito. Hasta que no suene para avisarla de una notificación, no quiere volver a mirarlo. Se niega.

Al llegar a casa, se pone cómoda, hace algo de cena y ve la tele un rato.

Sobre las once y media de la noche se le empiezan a cerrar los ojos, por lo que decide irse a la cama.

Ya bajo el calor del edredón, apaga la luz y cierra los ojos.

Pero el sonido del móvil le hace abrirlos: «Keira te añadió a un grupo».