Un beso al aire 23
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Al día siguiente, Gabriela se levanta sin prisa. Lo primero que ha hecho ha sido mirar el móvil y sonreír. Parece que Keira no se ha acordado de hacer el grupo.

Después de ducharse, se pone a recoger la ropa que tiene ya seca en el tendedero al ritmo del vinilo que ha puesto en el tocadiscos. En concreto, la canción Physical , de Olivia Newton John.

Disfruta de la música hasta que le suena el móvil. Parece que le ha llegado un mensaje. Lo coge y, sin desbloquearlo, ve que es de un número que no tiene guardado:

Hola, ¿sabes quién soy?

Deja el móvil donde estaba y se lamenta.

Vuelve a lo que hacía, pero ya no puede ni disfrutar de la música.

Su cabeza está en otra parte. Se niega a desbloquear el móvil.

Se niega a creer que Keira haya hecho finalmente el grupo con su primo y él tenga su número de teléfono.

No quiere. ¿Acaso no le quedó claro el otro día que no son personas compatibles?

Sin querer tocar el móvil, coge la ropa recién doblada, la sube a su habitación y la coloca en el vestidor. Después hace algo de comer y se cambia de ropa para a las tres en punto estar en su puesto de trabajo.

A media tarde, aburrida y sin tener nada que hacer, coge el móvil. Se debate entre si por fin entrar o no en WhatsApp. ¿Quiere que ese grupo se haga realidad o prefiere seguir ignorándolo?

Hace rato que Azahara ha llegado a la clínica. Ella no le ha dicho nada al respecto, algo que no le extraña. Keira no tiene su número, así que le toca a ella añadirla al maldito grupo.

Muy a su pesar, desbloquea el móvil y entra en la aplicación.

Cuál es su sorpresa cuando al abrirse no ve nada de ningún grupo.

Qué raro. Lo que ve es que quien le ha escrito el mensaje esta mañana es un número que no tiene guardado en la agenda del móvil.

Abre el chat y vuelve al leer el mensaje.

Por más que lo piensa, no cae. La única persona que le viene a la mente es la última que querría que le escribiese.

No quiere que Adrián se ponga en contacto con ella.

Decide salir de dudas.

Hola, ¿quién eres?

La puerta de la clínica se abre y un chico con cara de circunstancias entra con un perro color canela en brazos. Ella deja el móvil a un lado y sale a ayudarlo. Parece que le sangra la patita.

—Estábamos jugando en el parque y se ha cortado con algo, no sé con qué.

—Vale, ¿el perro es tuyo? —no tarda en preguntar Gabriela.

—Sí, claro, se llama Balto.

—Perfecto, ven conmigo.

El chico, el perro y ella desaparecen tras una puerta blanca.

Ahí dentro una veterinaria atiende al animal y Gabriela la ayuda en todo lo que necesita.

Otro compañero está pendiente para cubrirla en caso de que necesiten algo en recepción.

Deben limpiarle la herida, observar que no haya nada incrustado, darle cuatro puntos, una crema y vendarle la patita.

El perro se porta sorprendentemente bien.

El chico, al que han mandado a la sala de espera en cuanto han empezado a atender al perro, se pone en pie de un salto cuando sale Gabriela a por él.

Entra en la sala y la veterinaria lo tranquiliza: no es nada grave, se quedará en una herida de guerra sin importancia.

Gabriela sonríe al verlo notablemente más tranquilo.

Una vez que terminan con la urgencia, Gabriela y él vuelven a recepción.

Como es la primera vez que acuden a ese centro, le abre ficha a Balto.

Le da su siguiente cita, ya que tendrán que comprobar cómo progresa la herida, y le cobra lo pertinente por lo que han hecho. Minutos después el chico se despide.

Gabriela ve que el perrito sale cojeando mientras el chico lo mira.

—Muy bien, Balto, poco a poco —lo oye decir—. Ahora cuando lleguemos a casa te abro una lata, ya verás qué rica.

Sonríe mientras los ve alejarse por la calle. Hasta que el momento se rompe con el sonido del móvil. Nada más leer el mensaje que le acaba de llegar se queda blanca.