22
—Ay, sí, Aza... Perdona.
Gabriela se pone de pie y le presenta a su amiga y excompañera del instituto, aunque ya se habían visto de lejos hace unas semanas en la clínica, y a su nada simpático primo.
—O sea, que contigo es con quien pasó Nochebuena y Reyes, ¿no? —le pregunta Keira.
Azahara va a responder cuando su amiga le aprieta el muslo por debajo del mostrador. Entonces traga saliva: había olvidado por completo la mentira de la que la hizo cómplice.
—Sí, claro, Gabriela ya es una más en mi familia —miente con su mejor sonrisa.
—En la nuestra también. —Sonríe también Keira, quien mira a su primo buscando complicidad, pero lo único que encuentra es indiferencia.
Cansada del tipo de actitud que adopta a veces Adrián, le arrebata de golpe la bolsa que lleva en la mano. Las chicas se dan cuenta.
—En realidad, Gabi...
Oír eso hace que Adrián mire a Gabriela. A él le dejó claro que le gustaba que se refirieran a ella con el nombre completo, no con un diminutivo. Ella nota su mirada, pero se niega a prestarle atención. Sigue mirando y escuchando a Keira.
—Hemos venido a traerte tu vestido de Nochevieja. Según mi madre, ha hecho todo lo que ha podido con él.
Gabriela le lanza una dura mirada a Adrián. Fue culpa suya. Se da cuenta de que aparta la vista, incluso se atrevería a decir que parece avergonzado. Normal: que lo primero que hagas al conocer a una persona sea tirarle una copa encima no da la mejor de las impresiones.
Coge la bolsa y, sacando el vestido, alucina al extenderlo.
—¿Es el vestido al que le cayó una copa de vino tinto encima? —pregunta Azahara, mirándolo sorprendida. Keira asiente.
—¡Tu madre es increíble! —Gabriela mueve el vestido para verlo por ambos lados—. Ha conseguido quitar la mancha entera. Está incluso más limpio que cuando me lo puse.
Todos admiran y halagan el gran trabajo que ha hecho Zulema.
Realmente no daban un duro por que quedase mínimamente ponible.
La conversación se corta cuando un anciano se acerca a pagar la vacuna que le acaban de poner a su perro, su fiel compañero.
Keira y Adrián se echan a un lado para no molestar.
Él mira el móvil y Keira, al ver la pantalla, comprueba que solo quedan veinte minutos para que termine el turno de Gabriela. Una vez que el señor ha pagado, Keira se acerca seguida de su primo y sugiere:
—Chicas, ¿os apetece que vayamos a tomar algo ahora, cuando salgáis?
—No podemos —salta Gabriela al instante—, ya tenemos plan con la hermana de Azahara.
La recién nombrada la mira cuando menos sorprendida. Es la primera noticia que tiene de ese plan. Gabriela la mira buscando que le siga la corriente ante la mentira que acaba de soltar.
Adrián, al que también pilla de sorpresa la propuesta de su prima, frunce el ceño. Su intención es irse a casa, al día siguiente madruga para ir a trabajar. Aunque, por un momento, no le ha parecido del todo mal la idea de ir a tomar algo con esas dos chicas.
Realmente, a Azahara no le ha sonado mal el plan, incluso le apetecía ir a tomar algo. Pero, al entender la intención de su amiga, añade:
—Sí, claro, vamos a cenar en casa de mi hermana. —Mira a la rubia—. ¡Qué pena!
—Ajá... —murmura Adrián.
—No os preocupéis, disfrutad de esa cena —las anima Keira—. ¡Será por días en los que quedar!
Gabriela mira a Keira. Se siente mal. No le gusta haberle mentido de esa manera. Estaría encantada de irse ahora a tomar algo con ella, pero no con su primo. No le apetece tener nada que ver con él.
—De todas formas, deberíamos quedar otro día todos —afirma Keira.
—¡Claro! Cuenta con ello.
Azahara es la única que se expresa verbalmente. Gabriela y Adrián asienten levemente con la cabeza sin decir una sola palabra.
—Genial, hago un grupo y lo hablamos por ahí.
Las chicas se despiden de los primos y estos se marchan. Gabriela confía en que Keira se olvide de eso último que ha dicho. Que se distraiga con otra cosa y no se acuerde de hacer el mencionado grupo.
—Con que ese es el famoso Adrián, el primo de tu amiga —murmura Azahara cuando vuelven a quedarse solas—. El que es tan chulo, creído, maleducado...
—Ese mismo —afirma Gabriela—. Me dirás que no tengo razón.
—Estoy segura de que la tienes, pero me he percatado de otra cosa. —Gabriela la mira expectante—. Reina, a ese chico le gustas.