20
—Tía, ¿puedo preguntarte algo? —dice Keira, una vez a solas, mientras se quita el abrigo y lo cuelga en el armario, Gabriela señala que sí con la cabeza—.
Es que antes me he quedado dándole vueltas a una cosa que has dicho —comenta al tiempo que cuelga también su abrigo—.
En el coche, cuando hemos hablado del tema de tener pareja, has dicho que no estabas interesada.
—Eso he dicho, sí.
Se mueve con familiaridad por su piso, seguida de cerca por su amiga.
—Pero, en plan... que no estás interesada ahora mismo, ¿no? ¿O que no estarás interesada nunca?
—No tengo claro si hay una respuesta clara para eso.
Y abriendo la nevera, mira a Keira y le pregunta:
—¿Qué te apetece beber? Tengo zumo de naranja, Pepsi y Fanta de naranja.
—Fanta está bien.
A Keira le viene a la cabeza un comentario que le hizo su amiga en Nochevieja, cuando estaban con el tema de los papelitos.
—¿Dices eso por lo que me dijiste el otro día de que no se te daba bien pensar en el futuro?
Mientras coloca un par de vasos sobre la encimera, Gabriela abre una lata de Fanta de naranja y la vierte en uno de ellos.
—Puede ser.
—A ver, que sé que solo tenemos veinticinco años, pero, hombre, yo espero a los cuarenta o así tener ya una pareja estable y asentada —comenta paseando lentamente por la cocina—. Vamos, no sé, al menos así lo veo yo.
La anfitriona le da su vaso de refresco y se pone uno con agua para ella. Le da un buen trago.
—Supongo que cada una lo ve a su manera —responde con cautela—. Para mí tampoco es que sea algo primordial. Prefiero priorizarme y dedicarme tiempo a mí misma antes que al hecho de si tengo o no una persona a mi lado.
—Ahora que lo dices ninguno de tus doce deseos estaba relacionado con el amor.
Keira piensa en sus deseos y al menos un par de ellos sí tenían que ver con encontrar a su persona perfecta.
—Ahí tienes la respuesta. El amor no es mi prioridad.
Piensa en el papelito que no quemó. ¿Dónde estará? No tiene ni idea, ni siquiera se había vuelto a acordar de él desde aquella noche. Recuerda habérselo guardado en el bolsillo del pantalón que llevaba, pero era de Keira y está segura de haberlos revisado todos antes de meterlo en la lavadora.
—¡Venga, que te enseño la casa!
Gabriela quería cambiar de tema y lo consigue. Durante unos minutos le enseña el piso a su amiga, que lo mira todo alucinada. Está claro que le gusta lo que ve.
—Joder, ojalá tuviese un piso así para mí sola —comenta bajando las escaleras detrás de ella—. Aunque mejor no, que seguro que son demasiadas responsabilidades.
—Todo es acostumbrarte.
—Si es que como con tus padres no se vive en ningún lado.
En cuanto sale la frase, baja el último escalón y se tapa la boca sin poder creer que lo haya dicho en alto. Gabriela, al ver su gesto, sabe que su amiga está sufriendo un momento de «tierra, trágame» e intenta restarle importancia.
—En tu caso tienes toda la razón. —Y cuando ve que va a disculparse, sigue—: Oye, sé que el plan era salir a tomar algo, pero viendo cómo diluvia ahí fuera, ¿qué te parece si hacemos unas palomitas y vemos una peli?
Al cabo de quince minutos las dos amigas están en el sofá con un bol de palomitas entre medias y decidiendo qué ver. Finalmente eligen Frankenstein , la nueva versión de Guillermo del Toro.
A Gabriela le gusta mucho, no puede despegar los ojos de ella. Keira, en cambio, antes de la mitad se ha quedado dormida. La película llega a su fin y la chica se despereza abriendo los ojos. Gabriela se pone de pie y lleva el cuenco vacío al fregadero.
—Nooo... Tía, perdón. No era mi intención quedarme dormida.
—Keira, no te preocupes.
—Es que anoche dormí fatal —se excusa—. Entre que sabía que mi hermano se iba hoy y que tuve una pesadilla horrible, no ha habido manera de poder descansar.
—Gabriela enjuaga el bol con agua escuchando a su amiga—.
Resulta que en la pesadilla estaba en un parque, pero de pronto se hacía de noche.
Iba caminando tranquilamente hacia casa hasta que aparecía un monstruo gigante y empezaba a perseguirme.
—Vamos, que te has pasado toda la noche corriendo.
—Básicamente.
Gabriela se seca las manos.
—Pero el monstruo que te perseguía era rollo el demogorgon de Stranger Things o más del estilo del Frankenstein de la peli que acabamos de ver.
—Ya te digo yo que si mi monstruo hubiera tenido algo que ver con Jacob Elordi, no habría corrido tan rápido.
Las dos amigas se echan a reír. De vuelta en el salón, Gabriela se deja caer en el sofá junto a su amiga.
—A mí lo que me pasa es que hay noches que siempre sueño lo mismo.
—¿Tienes un sueño recurrente? —pregunta sorprendida Keira—. Cuéntame, quiero todos los detalles.
—Tampoco hay mucho que contar —dice echándose el pelo hacia atrás—. Estoy paseando por la playa y de repente veo un perro que viene corriendo hacia mí y detrás un chico que lo sigue.
Su amiga se mueve para acomodarse en el sofá.
—¿Y cómo es él?
—No lo sé —admite con una mueca—. Está lejos y es como que nunca llego a verlo de forma nítida, todo está ligeramente borroso.
—¿Cuánto tiempo hace que tienes ese sueño?
La chica suelta aire por la boca y se toma un minuto para pensarlo. No sabe hace cuánto exactamente, pero hay una cosa que tiene clara.
—No lo sé, pero tengo claro que empezó cuando mi tío aún estaba vivo, o sea, que desde antes de 2022 seguro.
—Quizá es la manera en la que el destino te está diciendo cómo conocerás al amor de tu vida —sugiere Keira—. Te está haciendo un pequeño spoiler .
Gabriela no puede evitar que se le escape la risa. No cree que tenga nada que ver con eso, ni siquiera vive cerca de una playa.
—Siempre que le contaba a mi tío que había tenido ese sueño me decía lo mismo: ten cuidado porque a veces los sueños se hacen realidad.