¡FELIZ AÑO NUEVO!
¡Lo pasé mejor de lo que esperaba! No te voy a negar que al entrar en su casa me agobié un poco. Es un piso no demasiado grande con muchas personas dentro. Pero, tras respirar hondo y dejar pasar unos minutos, me acostumbré.
En la cena todo estaba riquísimo y, en vez de uvas, tomé Lacasitos. Qué curioso, ¿verdad?
Ahora te cuento los GRANDES MOMENTOS de la noche.
Keira me explicó una tradición de doce deseos y/o propósitos para el año nuevo.
Parece ser que su familia lo hace todos los años.
Participé, está claro. Debía guardarme el papelito con el deseo hasta la siguiente Nochevieja, pero, sorpresa, lo perdí.
Mira que no soy de perder las cosas, pero pasó.
Eso sí, recuerdo que ponía «Tomar el sol».
Vale, como propósito suena... básico, ¡lo sé! Pero fue un momento de presión en el que no se me ocurrían opciones más ingeniosas. Reconozco que fui supersimple. Si el año que viene lo hago, prometo pensarlo mejor.
La familia me hizo sentir que era una más de ellos. Incluso los gemelos Laila y Naim, con los que bailé varias canciones. Son todos majísimos, en serio. Miguel, el hermano de Keira, es supersimpático. Me lanzaba cada mirada de complicidad que hacía que casi no pudiera contener la risa.
Todo lo contrario que Adrián. ¡ABSOLUTAMENTE TODO! Es primo de Keira y mayor que ella. Uf..., qué tío más insoportable. El típico chulito engreído que cree que por su cara bonita lo consigue todo. ¿Me explico?
Lo peor viene ahora: me tiró una copa encima. O sea, que he empezado el año oliendo a vino tinto y sin ver a Zac Efron. Mi gozo en un pozo.
Pero esto no acaba aquí. ¿A que no sabes quién apareció al día siguiente en mi casa?
Nos situamos: 1 de enero después de comer. Como la noche anterior trasnoché más de lo habitual en mí, estaba en el sofá echándome una siesta maravillosa. Y cuando más a gusto estaba, va y suena el timbre.
Sí, era él. Adrián.
Venía enviado por Zulema para traerme unos tuppers con comida que sobró en Nochevieja. Qué encanto de mujer.
No puedo decir lo mismo de su sobrino. Él, para sorpresa de nadie, iba con las mismas gafas de sol que el primer día que lo vi.
Estaba de resaca, obvio. Y por su actitud tengo claro que venía obligado.
¿No va y se mete con los que vivimos en mi edificio diciendo lo sofisticados que somos por tener telefonillos con pantalla?
Pero, vamos a ver, ¡ni que él viviese en las cavernas!
Pero eso no fue suficiente. Por haber venido hasta mi casa, se creía con el derecho a que le invitase a pasar. O sea, después de bañarme en vino, vacilarme y aparecer y tratarme con esta actitud, ¿te crees que le iba a dar ni siquiera un vaso de agua?
Ni de broma.
Se fue refunfuñando, diría que no le sentó demasiado bien. Pero ¿sabes qué? Me da igual.