18
El estridente sonido del telefonillo la despierta de golpe. Sin perder el tiempo, se pone en pie de un salto y corre para descolgarlo. Al hacerlo y ver a la persona que ha llamado, se toma un momento para frotarse los ojos antes de dar al botón de abrir.
En el ascensor, Adrián se mira en el espejo y se recoloca las gafas de sol.
Tras comprobar el aspecto que tiene en el espejo junto a la puerta de entrada, Gabriela abre y lo espera con los brazos cruzados. No hace más que preguntarse «¿Y este qué quiere ahora?».
Las puertas grises del ascensor se abren. Adrián sale. Va despeinado, Gabriela supone que de haberse quitado el casco que lleva en la mano, y también tiene sus ya famosas gafas de sol puestas. También se fija en la bolsa de plástico que cuelga de su mano derecha.
—Una noche dura, ¿eh? —bromea ella. Adrián entiende la referencia a sus gafas, pero no se ríe.
—¿Qué pasa? —dice llegando hasta ella—. ¿Dejas entrar a todo el que llama a tu puerta sin siquiera preguntar quién es?
—Para eso está la pantallita.
Él se acerca a escasos centímetros y asoma ligeramente la cabeza. Ve el telefonillo, es de los modernos, con pantalla para ver quién está abajo.
—Ah, perdona, que este es un edificio de gente sofisticada.
A ella le pica el comentario. La primera persona en la que ha pensado es en su tío Juanjo, nunca permitiría que nadie se riera de él. Gabriela lo mira planteándose si entrar en su juego o no.
Adrián, viendo que ella no se mueve, vuelve a alejarse y se coloca delante de ella.
—Bueno..., ¿qué haces aquí? —pregunta Gabriela, aún de brazos cruzados.
—He venido a traerte esto.
Gabriela coge la bolsa que le tiende. La abre ligeramente: hay un montón de tuppers .
—¿Y esto?
—Lo que ves, tuppers con comida que sobró anoche.
Gabriela lo mira y ve su gesto, parece que no le hace mucha gracia estar ahí.
—Me refería que a qué viene esto.
—A que mi tía estaba preocupada por si no habías comido y se ha empeñado en que te trajera esto ahora mismo —le explica—. ¿Qué pasa, que no tienes comida en la nevera o qué?
—Que maja tu tía, dale las gracias de mi parte —responde ella, haciendo oídos sordos al sarcasmo, y añade—: Fíjate que no tenías cara de... esto.
—¿De qué? —Adrián, cambiando el peso de pierna, la mira con gesto serio.
—De chico de los recados.
—No me gusta deber favores, soy más de que me los deban.
—Eso te pega más.
Gabriela aprovecha el momento para moverse y dejar a un lado la bolsa. Adrián, escondido tras las gafas oscuras, la observa. Se fija en ella. Tiene el pelo revuelto. Va vestida con un pijama de perritos con gorros de Navidad, uno de esos de pantalón y camisa a juego.
—Habrás podido descansar —señala su vestimenta—, ¿no, princesita?
Gabriela se muerde la lengua: «¿Cómo que princesita?». No le gusta el tono de Adrián. Tiene claro que es el típico chico al que nunca se hubiera acercado, pero, claro, al ser el primo de su amiga... no puede hacer nada.
—Más que tú seguro —responde—. De hecho, me has despertado de la siesta, principito.
Aunque un atisbo de envidia le recorre el cuerpo porque eso es justo lo que él desearía estar haciendo, Adrián se ríe de manera sarcástica. No esperaba ese intento de chulería por parte de ella.
—Bueno, ¿qué? —Se apoya en el marco de la puerta con una sonrisa—. Después de haber venido hasta aquí, ¿no me vas a invitar a pasar como buena anfitriona?
—No. —Su seguridad le pica, cuando ella afirma—: No te he invitado a venir.
—¿Ni siquiera me ofreces un vaso de agua?
La morena se toma un momento para mirar hacia el interior de su piso y hacer como que piensa. Como que de verdad baraja la posibilidad de dejarlo entrar. Pero, volviéndose hacia él, responde:
—Fíjate, resulta que no tengo. —Mueve las manos al hablar—. Tengo la nevera vacía, no hay agua corriente... Vamos, soy todo un partidazo.
Él se ríe, pero, tras unos segundos, se da cuenta de que parece que lo ha dicho en serio. No lo va a dejar entrar ni tampoco le dará un vaso de agua. Adrián se la queda mirando preguntándose «¿De qué va esta tía?».
—Además, me pillas sin dinero suelto para poder darte algo de propina por el servicio.
Ese comentario hace que Adrián vuelva en sí y, por fin, se mueva. Gabriela hace todo lo posible por contener la risa. No va con ella decir esas cosas, pero le apetecía que ese chico probase su propia medicina.
—Mucho edificio pijo, pero luego...
Adrián se mete de nuevo en el ascensor, lo que hace que Gabriela no escuche cómo termina esa frase, algo que agradece. Cierra la puerta de casa y coloca la bolsa sobre la encimera.
Él, aún molesto por el corte que le acaba de dar la amiguita de su prima, sale del portal poniéndose el casco. Lo único que quiere es llegar a casa y olvidarse de ella. Llega a su moto y, una vez se sube a ella, algo lo hace mirar hacia arriba, al edificio del que acaba de salir.
Gabriela, asomada a la terraza, lo ve salir del portal y ponerse el casco. De pronto ve que él mira para arriba y le viene algo a la cabeza. Rápidamente se acerca la mano a la boca e, imitando lo que él mismo le hizo a ella hace tan solo unas horas, le lanza un beso.