Un beso al aire 14
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—Madre mía, Keira, qué vergüenza...

—¡¿PERDONA?! ¡Vergüenza él! —exclama ella rebuscando en su armario—. Encima de que llega tarde, viene medio borracho y liándola. Ya puede pedirte perdón en cuanto volvamos al salón.

Gabriela se quita el vestido y lo mira con pena. No por el vestido en sí, ya que lo tiene desde hace años, sino por todo el rato que ha empleado en decidir qué se ponía.

La puerta de la habitación se abre de par en par haciendo que la chica, que está en ropa interior, se asuste.

—Tranquila, cariño, soy yo —la avisa Zulema con calma—. Trae, dame el vestido que con el tinto hay que actuar con rapidez.

Le arrebata la prenda de las manos y tal como ha entrado se va. A la morena no le da tiempo a decir nada. Keira saca la cabeza del armario y le tiende unos vaqueros anchos y una camiseta básica negra.

—Si quieres algo de otro estilo, eres libre de hurgar y elegir lo que tú quieras —sugiere la rubia.

Pero a Gabriela le da igual. Le vale con eso. En cuanto ha llegado, se ha fijado en que nadie va vestido de manera superformal, cosa que agradece. En su familia era todo lo contrario; en ocasiones como esa más te valía ir de punta en blanco.

Keira, sentada en la cama mientras su amiga se cambia de ropa, ve unos papelitos doblados sobre su escritorio y cae en la cuenta de algo.

—Gabriela, ¿te he contado lo de la tradición familiar de los deseos? —Ella niega con la cabeza—. ¡Mierdaaa!

Se pone en pie de un salto, coge un folio y lo empieza a cortar en doce trocitos. Su amiga la mira sin entender nada de lo que hace.

—Vale, te cuento —dice sin mirarla—. En mi familia hay una tradición navideña que hacemos todos los años.

Se trata de escribir doce deseos o propósitos para el año nuevo, uno en cada papelito.

—Pasando la cabeza por el hueco de la camiseta, Gabriela vuelve a mirarla para enterarse bien de lo que le explica—.

Cuando los tenemos todos, cada uno mete los suyos en una taza, un bol, un cuenco.

.., donde quieras, pero bien doblados para no diferenciar unos de otros.

—La rubia la mira y Gabriela asiente—. Entonces, el 21 de diciembre sacas uno de los papelitos al azar y lo quemas, lo tiras.

.., lo que mejor te venga, pero te deshaces de él.

—¿Sin leerlo?

—Sí, esa es la gracia —afirma—. Desde el 21 hasta el 31 de diciembre repites el mismo procedimiento todos los días.

Así, el 1 de enero del nuevo año solo queda uno.

Lo coges, lo lees, y no te deshaces de él, sino que te lo guardas.

Yo, por ejemplo, suelo meterlo en la funda del móvil para no perderlo.

Keira termina de recortar los trocitos de papel y le hace una seña a su amiga para que se acerque. Luego le da un bolígrafo.

—Pero... ¿esto para qué es?

—Para que el 1 de enero sepas el deseo o propósito del que te tienes que encargar personalmente. Los otros once ya serán cosa del destino..., o de lo que tú quieras.

—¡Qué tradición tan original!

Keira sonríe. A ella le encanta.

—Pues, hala, ponte a escribir.

—¿Ahora? —La rubia asiente—. Pero están todos esperándonos en el salón.

—Tía, hemos estado esperando a esos dos bobos, por cinco minutitos más no va a pasar nada.

La morena asiente. Mira los papeles en blanco y siente la presión del momento. Ella no es de hacer una lista de propósitos de año nuevo. No le gusta. Pero, sintiéndose presionada al notar la mirada de Keira, empieza a escribir lo primero que se le ocurre.

Seguir así de bien

Mantener mi trabajo

Cambiar el sofá

Seguir escribiendo en mi diario

Tomar el sol

Mantener la amistad con Keira

Mantener la amistad en Azahara

Tocar el mar

Aprender a tocar el piano

Ir a un concierto

Volver a hacer esta lista dentro de un año

Viajar

Gabriela relee la lista mentalmente. No le encantan, pero es lo que hay. No tiene tiempo de pensar en nada más y menos con tanta prisa. Bastante que se le han ocurrido los doce deseos así de rápido. Keira a su lado también los lee y se fija en algo.

—Son todos como muy a corto plazo, ¿no?

Gabriela asiente.

—No se me da bien pensar en el futuro, soy más del día a día.