13
Unos vecinos que salían le han dejado la puerta del portal abierta, por lo que solo tiene que subir al tercer piso y llamar al timbre. Zulema, la madre de Keira, le abre la puerta. Por la cara que pone está claro que se alegra de verla.
—¡Ha llegado Gabrielaaa! —exclama, haciéndola pasar.
Lo primero que nota la recién llegada es el barullo y la cantidad de gente que hay por todos lados, todo lo contrario que en su casa. Aún con el abrigo puesto, la mujer no pierde el tiempo y comienza a presentarla.
—Estos son mi hermana Luisa y su marido Youssef. —Gabriela los saluda educadamente con dos besos.
—Y esos que ves por ahí corriendo son nuestros hijos Laila y Naim, de siete años. —Youssef llama la atención de los niños—. ¡Saludad a Gabriela, la amiga de la prima Keira!
La chica ve cómo ambos le dicen hola con la mano para, acto seguido, seguir a lo suyo correteando alrededor de la mesa.
—Y esta es la pequeña Olaya, de diez mesecitos —comenta Luisa.
Gabriela le acaricia la carita con cuidado, pero Zulema no le da tregua. La agarra del brazo y se la lleva a la cocina para seguir presentándole gente.
—Cuidado con Trasto —avisa señalando a un perro de tonos negros y marrones que las sigue de cerca—, es especialista en meterse entre los pies mientras caminas.
Este —dice refiriéndose al hombre que corta una barra de pan— es mi cuñado César, el marido de Salma, mi otra hermana.
Tienen un hijo, pero está con mi hijo Miguel por ahí. Luego te los presento.
La chica saluda a la pareja y aprovecha que Carlos, el padre de Keira, también está en la cocina para darle dos besos.
—Por cierto, Salma —dice Zulema—, ¿qué sabes de los niños?
—Se supone que ya vienen de camino.
—Más les vale —interviene Carlos—, esta no es una noche como para llegar tarde.
Gabriela se encamina por el pasillo hacia la habitación de Keira mientras intenta recordar los nombres de los que Zulema le acaba de presentar. Tiene claro que no conseguirá acordarse de todos. Justo cuando va a llamar a la puerta, esta se abre.
—¡GAbrIELAAA! —Keira se lanza a sus brazos—. Qué bien que ya estés aquí, no te he oído llegar.
—No me extraña, con todos los que sois aquí. —Ríe.
—Tampoco tantos. —Empieza a contar con los dedos—. Mamá, papá, Miguel, la tía Luisa... Solo somos doce.
—¿Y te parecen pocos?
Keira se echa a reír y, antes de volver al salón con los demás, dejan el abrigo de Gabriela sobre su cama. Las chicas se unen al resto y ayudan a poner la mesa. Servilletas navideñas para todos. Cubiertos encima. Vasos y copas lo más alejados del borde posible, que hay niños pequeños.
—Canapés de salmón en el lado de la mesa en el que se sientan los mayores, o sea hacia donde está la tele —la ayuda Keira—. La ensaladilla rusa del tío Youssef hacia aquí..., cerquita de nosotras, que luego vuela.
Cuando ya está todo sobre la mesa y empiezan a tomar asiento, la puerta principal se abre de par en par. Gabriela ve entrar a dos chicos jóvenes, uno de pelo rubio y otro moreno. ¿Puede que uno de ellos le suene de algo?
—¡Hombreee, ya era hora! —se queja Zulema.
—¡Eso, ya era hora! —la imita la pequeña Laila.
Naim, el gemelo de Laila, sale corriendo a abrazar a los recién llegados. Todos lo siguen, incluida Gabriela, que se ve arrastrada por la masa.
Keira coge al rubio por banda para presentárselo.
—Este es Miguel, mi hermano pequeño.
—No hay duda, os parecéis muchísimo —dice Gabriela dándole dos besos.
—Pero yo soy el guapo de los dos. —Ríe el chico, ganándose una colleja de su hermana.
Gabriela nota que la agarran del brazo y al girarse no se sorprende al ver que de nuevo es Zulema. Con la otra mano la ve sujetar al chico moreno, que es más alto que ellas y les da la espalda.
—Este es mi sobrino Adrián, el que antes te decía que es hijo de Salma y César.
De pronto cae en la cuenta. Ya sabe de qué le suena el chico moreno. ¿Puede que sea el que venía de resaca el día que la invitaron a comer el riquísimo cocido?
El susodicho, notando la mano de su tía, se gira bruscamente hacia ellas haciendo que la copa de vino que tiene su tío Carlos en la mano vaya directamente al vestido de Gabriela.
—Oh, nooo... —Es todo lo que llega a murmurar Carlos, intentando sujetar la copa sin ningún éxito.
Ella, al notar el frío tocar su cuerpo, da un respingo y nota cómo se le pone toda la piel de gallina. Ve caer el líquido rojizo por su vestido hasta terminar cayendo en sus zapatos y en el suelo.
—¡ADRIÁN!