Un beso al aire 12
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Ducha... Secador... Maquillaje... «¿Y ahora qué me pongo?».

Eso es lo que Gabriela se pregunta en su vestidor hace algo más de quince minutos. Por más que se prueba cosas, nada termina de convencerla. De fondo suena Hot Stuff , procedente de uno de los vinilos de Donna Summer de su tío.

Desesperada, decide retroceder cuatro pasos y se deja caer sobre la cama quedándose bocarriba mirando el techo.

Por su mente pasan todas las excusas posibles, pero sabe que tiene que ir.

Lo que ha hecho Keira con ella, invitándola a pasar la noche con su familia para así evitar que esté sola, es un gesto precioso y ella es plenamente consciente.

El sonido de su móvil la saca de sus pensamientos y vuelve a la realidad. Se pone de pie y corre al baño para cogerlo. Sonríe al leer el nombre de Azahara en la pantalla. Coge la videollamada y ahí está ella, con su pelo largo y negro suelto.

— Hello my friend!

— Hellooo a ti también —la saluda.

—¿Qué tal por Edimburgo?

Sale del baño móvil en mano y baja a la cocina. Abre la nevera, coge un brik de leche y, mientras su amiga le cuenta cómo lo está pasando, da un trago.

—Eh..., Gabriela, ¿cuántas veces te he dicho que no es higiénico beber directamente del brik?

Gabriela sonríe, devuelve el cartón a la nevera y responde caminando de vuelta a su habitación:

—Muchas, tienes razón. Ventajas de vivir sola, supongo —bromea al ver el gesto de Azahara—. Es una manía mía, a ver si me la quito...

Charlan durante un rato acerca de las excursiones que Azahara y su familia han hecho, los sitios que han visitado, las constantes quejas de su padre por el frío que hace... De todo un poco.

—Tú ¿qué? ¿Ya estás ready para tu fiestecita de Nochevieja? —Gabriela hace una mueca en la pantalla—. ¿Qué pasa?

—Que no sé qué ponerme —se lamenta—. Por más que miro y me pruebo cosas, nada me convence. Le pregunté a Keira si en su familia son de arreglarse mucho o no, ¿y sabes lo que me dijo? —Azahara la mira—: «Lo normal». ¡¿Qué clase de respuesta es esa?!

Su amiga se alegra de no estar en esa tesitura. Ella se libra de ese tipo de dramas. El plan de su familia es ir a una cena de temática medieval en la que, cuando lleguen, les dejarán la vestimenta.

—Tampoco te preocupes demasiado —sugiere—. Venga, pruébate las opciones que más te gustan, que yo te ayudo a elegir.

Gabriela le hace caso y, de todo lo que tiene, le enseña lo que más le convence. Tras unos minutos, se decantan por un vestido gris básico que vale tanto para ir a algo formal como para algo informal.

—Aza, estoy un poco agobiada —admite.

Su amiga, al ver que Gabriela se pone unos pendientes plateados, no tarda en querer saber por qué.

—Me siento incómoda por lo de hoy, ¿sabes? —Azahara asiente—. O sea, no quiero sonar como una desagradecida. Lo que ha hecho Keira por mí de invitarme a pasar una noche tan especial como esta con ella y los suyos es precioso y le estaré eternamente agradecida, pero...

—Pero... ¿qué?

—No sé, Aza, no los conozco. No quiero cortarles el rollo. ¿Y si no les caigo bien? —Baja la mirada—. ¿Y si no consigo integrarme?

Azahara sabe lo que le pasa a su amiga: le da miedo sentirse fuera de lugar.

—Hace un par de meses, cuando te invité a mi casa a comer por mi cumpleaños, tampoco conocías a mi familia y fue bien, ¿no?

—Sí, pero es diferente.

—¿Diferente en qué?

—Diferente en... —duda—. No lo sé, Aza, pero es diferente.

Hay una parte de Gabriela a la que le da miedo ir, no deja de ser una extraña para ellos y no le gustaría estar toda la noche sintiéndose como tal.

Pero hay otra parte a la que le hace mucha ilusión ir porque, desde que no está su tío, será la primera Nochevieja que pasará acompañada, y encima por una familia formada por más de dos integrantes, algo que ella no tiene desde hace mucho.

—Gabriela —llama su atención Azahara—, un gesto como el que ha tenido tu amiga es de valorar, no todo el mundo hace algo así. ¿Por qué no te permites dejar los miedos a un lado y simplemente ir a disfrutar de la noche?

—Sí, debería...

—¡Claro que deberías! —trata de animarla—.

Lo que has de tener claro es que hay que estar en los sitios siempre y cuando te sientas cómoda y a gusto.

Si ves que no es así, o que estás cansada y necesitas una excusa para irte, solo tienes que enviarme un mensaje y te llamo con la mejor excusa que se me ocurra.

—Viendo que la morena se queda callada, añade con guasa—: También te digo que cuanto más tarde sea, más copas llevaré encima y más disparatada puede ser mi excusa, así que ni se te ocurra ponerme en altavoz.

Gabriela sonríe al fin. Sabe que Azahara tiene toda la razón del mundo.

¿Qué es lo peor que puede pasar?