11
—¿Qué, reina? ¿Nos vamos o te apetece quedarte un ratito más?
—Tardo un minuto —la avisa poniéndose de pie.
Mientras Gabriela se encamina hacia la sala del personal, Azahara aprovecha para ir saliendo y encenderse un cigarro. Ríe al ver que de la manga del abrigo le asoma un mechoncito de pelo blanco. Dedicándose a lo que dedica, es más que consciente de que no es la primera vez ni será la última.
—Madre mía, qué frío...
Gabriela sale de la clínica quejándose a la vez que se abrocha el abrigo hasta arriba. Fuera el cielo está oscuro, tanto que parece medianoche.
—Me dirás que, aunque haga frío, no estabas deseando que te diese un poco de aire en la cara.
—No sabes cuááánto lo necesitaba.
Las dos amigas caminan juntas y charlan bajo la luz cálida de las farolas hasta el final de la calle.
—¿Qué tal estás?
—Agotada, pero bien.
—No me extraña, hoy cada vez que te miraba estabas aún más liada —comenta Azahara expulsando el humo hacia el lado opuesto a Gabriela—. No sé cómo lo has hecho tú sola, pero enhorabuena.
—Tú tampoco te quedas atrás, te he visto dándolo todo con Chiqui.
Ríen al recordar a la boyero de Berna, es una clienta habitual de la clínica.
—Oye, ¿recuerdas a una chica rubia con el pelo suelto que había esta tarde en la sala de espera? —La otra asiente—. ¿Es amiga tuya?
—Es mi amiga Keira.
—¡Aaah! —exclama al sonarle el nombre—. ¿La que me dijiste que era una compañera del instituto?
—La misma.
Azahara asiente dando otra calada a su cigarro. Gabriela, que camina a su lado, cae en la cuenta de algo que no le ha contado y de lo que debe avisarla.
—Por cierto, si Keira algún día te pregunta o habla contigo, la Nochebuena y el día de Reyes los he pasado con tu familia como otros años.
Aprovecha para ponerla al día sobre a lo que ha ido su amiga Keira esa tarde a la clínica.
—O sea, que básicamente me estás haciendo cómplice de una mentira sin siquiera darme la oportunidad de pensármelo.
—No seas exagerada, ha sido una mentira piadosa —murmura Gabriela.
Azahara asiente sonriendo. Se lo hubiera contado o no, ella le habría proporcionado la coartada sin ningún problema. Para eso están las amigas.
Llega el final de la calle y Azahara aprovecha para apagar el cigarro y echarlo a una papelera. Acto seguido, mira a Gabriela y la coge de la mano.
—¿Quieres que te acompañe a casa?
—Gracias, Aza, pero no hace falta. —Sonríe—. Iré tranquilamente dando un paseo.
—¿Segura?
—Sí, tranquila.
Azahara, sin dejar de mirar a su compañera y amiga, le da un abrazo antes de irse.
—Vale, pero mándame un mensaje en cuanto llegues.
—Lo mismo digo.
Gabriela sonríe y mira a su amiga mientras esta baja las escaleras del metro poniéndose los auriculares. Ella, por su parte, mete las manos en los bolsillos del abrigo y se hunde todo lo que puede en la prenda.