10
Al cabo de un rato, en el que ha estado entretenida con el móvil y los animales que pasaban a su lado, Keira ve que por fin Gabriela se queda libre, sin nadie a quien atender.
Se levanta y se acerca a ella, y la pilla dando un trago a su botella de agua.
—Estoy agotada —murmura—. No tengo fuerzas ni para ponerme de pie y saludarte en condiciones.
—No te preocupes, tía. —Keira le resta importancia—. ¿Necesitas algo?
—Lo único que necesito es que sean las ocho y media para poder irme a mi casa y meterme en la cama hasta mañana.
Keira asiente. No le extraña, no ha parado ni un segundo desde que ella llegó. Como ambas decían hace unas semanas, en el trabajo hay días mejores y días peores.
Observa a Gabriela y ve que apunta algo en un pósit amarillo y lo pega al lado de la pantalla del ordenador, donde ya hay otros dos colocados. Keira no quiere entretenerla mucho, por lo que decide ir al grano.
—Vale, Gabriela, he venido porque tenemos que hablar.
La morena mira a su amiga y se lamenta apartándose el pelo de la cara. Intuye qué es eso de lo que quiere hablar.
—Otra vez no...
—Sí, otra vez sí. Mi madre no me deja en paz. Tanto ella como yo necesitamos saber cómo vas a pasar las Navidades. —Viendo el gesto con el que la mira, Keira pone los brazos en jarras—. Porque me niego a pensar que estarás sola, no voy a permitirlo.
—¿Qué más da? Ni que fuera la primera vez —trata de bromear Gabriela.
La rubia, al otro lado del mostrador de recepción, no se mueve.
Está ahí mirándola y esperando una respuesta.
Gabriela no sabe qué decir. ¿Debería mentir o decirle la verdad?
Con la de cosas que ha tenido que hacer hoy en el trabajo y las mil que tiene aún en la cabeza, ahora mismo lo que menos quiere es tener que lidiar con eso.
—Dependiendo de tu respuesta, mañana puede que tengas a mi madre a primera hora aquí, en la puerta de la clínica —murmura la otra en broma—. Tú verás.
—Keira, estoy con la regla y no puedo más, ¿no podemos hablarlo en otro momento? —sugiere dolorida, en busca de tiempo para pensar—. Si quieres mañana te llamo y lo comentamos.
—Ni me la menciones, que a mí me vendrá para Nochevieja —se lamenta la otra. Y con humor, añade—: Es lo más puntual que hay en mí.
—En mi caso es al revés: es lo más irregular —dice Gabriela, sacando una pastilla del neceser para tomársela y así aliviar el dolor—. Este mes me ha venido, pero a saber cuándo volverá.
Keira asiente con envidia. Para cada persona es un mundo. Hay quienes la tienen todos los meses y de manera muy puntual, como es su caso. Y otras a las que les pasa como a su amiga y les viene cada cierto tiempo.
Dando otro sorbo de agua para tragarse el medicamento, Gabriela se fija en el gesto con el que la mira Keira.
Respira hondo y se toma unos segundos para pensarlo.
Las fechas importantes en Navidad son Nochebuena, Nochevieja y el día de Reyes.
Dos de esos días requieren regalos y por nada del mundo quiere que la familia de su amiga se vea en la obligación de comprarle nada.
Echa un rápido vistazo al calendario que tiene sobre el mostrador: Nochebuena está a la vuelta de la esquina.
De repente sus ojos se detienen en el fondo de pantalla del ordenador, en un paisaje de montañas nevadas. Se le ocurre algo. Alza la vista y busca a alguien al otro lado de la sala de espera.
—Pues... resulta que tanto Nochebuena como el día de Reyes lo pasaré con mi amiga Azahara y su familia, como otros años —miente.
—¿Quién es Azahara?
Ambas miran hacia la peluquera de pelo oscuro que sigue trabajando con el mismo perro de antes. Keira asiente al ver que es la chica a la que saludó hace un rato.
—Genial —vuelve a girarse hacia su amiga—, entonces contamos contigo para Nochevieja.
Gabriela, en un último intento por convencer a Keira, se pone de pie para acercarse a ella.
—A ver, yo os lo agradezco muchísimo, de verdad —empieza a hablar tratando de darle la vuelta a la conversación—.
Pero estoy más que acostumbrada a pasar esa noche sola en casa, cenando cualquier cosa, tirada en el sofá con una manta y viendo una película.
Dale a tu madre las gracias de mi parte, no quiero acoplarme de esa manera, tía, no quiero molestar. ..
Keira, quien parece cansada de escuchar a su amiga decir bobadas, le pone el dedo delante de los labios para que se calle, pillándola desprevenida.
—Basta —sentencia—. No voy a permitir que alguien a quien quiero pase sola fechas señaladas, ni ahora ni nunca. Así que deja de decir tonterías porque en mi casa serás recibida como una más.
Las dos amigas se miran y, por fin, Gabriela se da por vencida. Con la jornada que lleva, no le quedan fuerzas para seguir dándole vueltas al tema. Aún tiene días para que se le ocurra alguna otra excusa.
—Y dicho esto, me voy ya. —Keira se acerca para abrazarla—. Si no nos vemos antes, te veo en Nochevieja.
Gabriela asiente viendo cómo Keira abre la puerta de la clínica. Pero, antes de salir, se gira hacia ella y la avisa:
—Y no me vengas con excusas baratas el día 31 a última hora porque ya sé dónde vives y soy capaz de ir a buscarte.