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Parece que esta tarde todo se ha puesto en su contra. Además de haberse levantado con la regla y tener mucho dolor de ovarios, Gabriela lleva casi dos horas sin moverse de la recepción de la cantidad de gente que hay hoy en el veterinario, y lo que le queda.
La clínica es un hervidero de gente. Alza la vista y no ve el fin.
Tiene cola para atender a las personas que salen de la consulta y esperan a que les cobre, gente a la que ha de dar cita o modificar la que ya tienen, algunos que han ido por primera vez, otros que solo quieren hacerle una consulta. ..
Por más que intenta estar en mil cosas, hay momentos en los que se le complica. Pero, ante todo, trata de mantener la calma respirando hondo. Si los va atendiendo de uno en uno, la cola irá disminuyendo. Más rápido o más despacio, pero lo hará.
La puerta de la clínica se abre y por el rabillo del ojo ve que es Keira, que ve que está rodeada de gente. No es momento de interrumpirla.
La rubia entra y se pasea con lentitud por la sala para hacer tiempo.
Se fija en que, al otro lado, frente a su amiga, hay una pared transparente.
Tras ella ve a una chica morena con el pelo recogido en un moño desaliñado, rodeada de pelos de perro que vuelan sin control a su alrededor y se le pegan a la ropa.
Está dándole con un secador a un perro grande. La observa, cualquiera diría que está manteniendo una conversación con el perro mientras él la mira impasible. Desde fuera al menos se lo parece.
Azahara, que se ha dado cuenta de lo animada que está hoy la cosa en la clínica, mira a su amiga. Gabriela parece ahogada en trabajo. Ojalá pudiera salir a ayudar como ha hecho en otras ocasiones, e intentar liberarla de tanta carga, pero ahora no puede.
—Imposible —murmura mirando a la perra que tiene sentada enfrente.
La peluquera está liadísima con el deslanado de Chiqui, una boyero de Berna bien grande.
—Chiqui, tienes un nombre muy pequeño para lo grande que eres.
La perra la mira ladeando ligeramente la cabeza.
Al haber abierto la boca para hablar con ella, Azahara nota que se le mete un mechón de pelo. Trata de quitárselo con los dedos y, al girarse de nuevo para mirar a su amiga, su mirada coincide con la de una chica rubia que hay de pie en la sala de espera.
Ambas se miran unos segundos, hasta que Azahara decide alzar la mano y saludarla con efusividad. Keira, al otro lado, hace lo mismo riéndose. Le hace gracia la situación de esa chica.
—Tranquila, Chiqui, que tu dueña aún no ha llegado. —Vuelve a mirar a la perra—. A ti aún te queda un rato aquí conmigo.
Keira, por su parte, al ver que lo de Gabriela va para largo, decide sentarse en una de las sillas libres a esperar.