7
No solo Keira se salió con la suya, su madre también. Hace ya unas semanas que Gabriela y ella se reencontraron. Incluso han quedado un par de veces para tomar algo después del trabajo.
Gabriela va de camino a la dirección que su amiga le ha pasado, la casa de sus padres. Es sábado y la han invitado a comer cocido. Al principio intentó escaquearse, pero luego lo pensó bien y hace demasiado tiempo que no come un cocido casero. Uno de los de verdad.
Llega al bloque de pisos y toca el telefonillo. Su amiga la saluda al otro lado y la abre para que suba al tercer piso. En cuanto sale del ascensor, ahí está Keira con una gran sonrisa. Se abrazan.
—Adelante.
Gabriela entra y rápidamente nota el calor de un hogar. Con sus característicos ruidos, su olorcito a comida haciéndose, sus muebles de hace siglos...
—¡Hola, guapa! —la saluda una mujer con gesto amable—. Tú debes de ser Gabriela, ¿no? —Ella asiente mientras recibe dos besos—. Encantada, cariño, soy Zulema, la madre de Keira.
—Es un placer. —Sonríe con educación—. Tiene una casa muy bonita y acogedora, muchas gracias por invitarme a comer.
—Déjate de formalismos y trátanos de tú, ¡solo faltaba! —Y girándose hacia su hija, añade—: Y tú haz el favor de enseñarle la casa, más te vale tener la habitación recogida.
Gabriela se ríe mientras sigue a su amiga por las distintas estancias del piso. Pasan por la habitación de ella, que sí que está recogida, y cuando le enseña la de su hermano Miguel le dice que deje el abrigo sobre la cama. Luego ambas van a la cocina.
Una vez allí, Gabriela saluda al padre de Keira, que se quita el delantal para poder abrazarla con cariño. Solo con el olor tan increíble que hay allí se le hace la boca agua.
—Soy el padre de este monstruito —bromea, consiguiendo que Keira ponga los ojos en blanco—. Me llamo Carlos, un placer.
—El placer es mío —dice Gabriela, y alzando una bolsita blanca, le dice—. He traído unos pastelitos para el postre.
—¡Le dije a mi hija que no hacía falta que trajeras nada! —exclama Zulema volviendo a la cocina.
Gabriela se ríe, lo sabe. Keira la avisó, pero se negaba a aparecer con las manos vacías. Así no es como la educaron.
Entre las tres mujeres ponen la mesa mientras Carlos termina de preparar la sopa y el cocido. Al rato ya están los cuatro sentados a la mesa. Gabriela sonríe al ver el plato de sopa que tiene delante.
—¡Mmm, qué buena! —la alaba tras llevarse la primera cucharada a la boca. No miente, le parece que está buenísima. El padre se lo agradece.
—¡Qué bien poder tener otra boca a la que alimentar! —exclama la madre.
—¿Tanto echas de menos al pequeñín? —No pierde el tiempo Keira para bromear.
—No digas tonterías, Keira, a tu hermano y a ti os echo de menos siempre que no estáis.
Carlos, mirando a Gabriela, se pasa la servilleta por la boca y le explica la situación, aunque ella ya sabe algo por Keira.
—Nuestro hijo Miguel, que es el pequeño, se fue hace seis meses a vivir a Londres. Quería mejorar el inglés y, como siempre se ha dicho, no hay mejor manera que yéndote a un país en el que solo puedes comunicarte en él.
—Pero si hoy en día en Londres hay más españoles que otra cosa —murmura Keira.
—Allí ha tenido la suerte de echarse un novio —sigue el hombre, haciendo oídos sordos a lo que comenta su hija—, así que no sabemos cuándo volverá, si se quedará allí el año entero, o para siempre...
Gabriela se fija en Zulema, que se lleva una cucharada a la boca. Intuye que esa posibilidad no le gusta demasiado. Ella, al darse cuenta de que la mira, rápidamente se justifica.
—Si mi hijo está feliz allí, yo también lo estoy. Aunque no puedo obviar que lo echo mucho de menos.
—Menos mal que tenéis a Keira —comenta Gabriela—, así al menos no os habéis quedado con el nido vacío del todo.
—Mira, mamá, ¿ves? —se mete Keira señalándola—. Alguien que se da cuenta de lo valioso que es tenerme en casa.
—Eso es porque no vive contigo a diario, cariño —bromea el padre.
Gabriela se ríe. Le gusta la buena relación que ve entre ellos tres.
—Supongo que echar de menos a Miguel es lo que sentimos los padres que verdaderamente queremos a nuestros hijos cuando se van de casa.
—¡MAMÁÁÁ!
Rápidamente, Keira le da un manotazo en el brazo a su madre haciendo que se le caiga la cuchara que tenía en la mano directamente al suelo. Carlos se levanta a recoger el cubierto del suelo y a traerle uno limpio a su mujer.
Gabriela mira a Zulema y le hace un gesto con la cabeza como para darle a entender que no pasa nada. Entiende que Keira haya puesto al tanto a sus padres de la situación. Es normal, de ser al revés ella también lo hubiera hecho.
—Disculpa, Gabriela, no era mi intención —no tarda en decir la mujer—. Mejor dicho, será lo que sienta tu tío el día que decidas dejar de vivir con él.
La invitada nota una punzada en el corazón al pensar en su tío Juanjo. Eso sí que no se lo ha contado a Keira.
—Bueno... —murmura viendo que el padre vuelve a sentarse con ellas—, en realidad mi tío falleció en 2022.
—¡KEIRAAA!
Ahora es Zulema quien le da un manotazo en el brazo a su hija. ¿Cómo no le ha contado algo tan importante?
—¡Mamá, no lo sabía! —Mira a Gabriela—. Gabi, siempre me has dicho que vivías con él.
—En realidad, lo que te he dicho es que vivo en su piso.
Keira y Zulema se llevan las manos a la cabeza. Acaban de cagarla pero bien, y encima dos veces seguidas. Saben que han quedado como unas insensibles con esa pobre chica.
—Gabriela, lo sentimos mucho —trata de disculparse Carlos.
—Tranquilos —dice mirándolos—. No lo sabíais.
Zulema va a decir algo, pero suena el timbre de la puerta. Carlos se levanta a abrir mientras su hija respira aliviada. Salvados por la campana.