Un beso al aire 6
7%

6

Keira aparece en la clínica a la hora acordada.

—Una puntualidad sorprendente —bromea Gabriela.

Ambas se ríen y se abrazan. Ambas son conscientes de que Keira no era de las más puntuales en el instituto. Más bien lo contrario.

—Todos mejoramos, ¿sabes?

Entre bromas, las dos antiguas compañeras de clase se van a tomar algo. Gabriela ve que la rubia lleva una bolsa de la compra, parece que era verdad lo de irse a hacer unos recados.

—¿Quieres algo? —le ofrece al verla mirar la bolsa—.

Hay lechuga, manzanas, cebollas, pimientos verdes, ajos.

.. También un paquete de galletitas de avena, pero son de mi madre, y como vuelva sin ellas, poco más y me echa de casa.

Y aún no sé dónde vives como para llamar a tu puerta de madrugada y que me des asilo político.

Gabriela no puede evitar soltar una carcajada.

Llegan a un bar y Keira sugiere que se sienten fuera, así podrá fumar. Gabriela acepta y, abrochándose bien el abrigo, toman asiento. El camarero les lleva unos refrescos y las chicas se ponen al día.

—Después de verte esta tarde con ese cachorro tan achuchable en brazos, no me extraña que pasases de ser agente financiera para dedicarte a esto. ¡Ojalá yo estuviese rodeada de cachorros todo el día!

—En eso tengo mucha suerte —admite Gabriela—. Pero, ojo, no todos los días son como hoy. Hay días buenos y días... no tan buenos.

—Me imagino.

Del bolsillo del abrigo Keira saca un paquete de tabaco y se enciende un cigarro.

—No sé si fumas —murmura—. ¿Quieres?

—No, gracias.

Lo vuelve a guardar.

—Me dijiste el otro día que estudiaste Trabajo Social, ¿no? —Keira asiente—. ¿Y estás trabajando en eso?

—Sí, soy trabajadora social de base, estoy en atención primaria.

Por la manera en que la mira, Keira sobreentiende que no sabe a qué se refiere, por lo que, antes de que Gabriela le pregunte, decide darle más información.

—Básicamente, ayudo con primeras entrevistas y acompaño a las familias vulnerables. Aunque lo que más hago son temas de burocracia, que es lo más pesado y aburrido. Pero, de momento, es lo que hay.

—¿Te gusta?

—El papeleo no tanto —ríe—, pero sí, en general me gusta mucho lo que hago. Aunque, como tú decías antes, siempre hay días buenos y días malos.

El camarero les trae un pequeño cuenco con patatas fritas que ambas le agradecen. Gabriela coge una mientras Keira da una calada a su cigarrillo.

—¿Y tú qué? —llama su atención—. ¿Cómo pasaste de ADE a veterinaria?

—En realidad, quería ser veterinaria, pero no pude permitírmelo —le explica—. Hice números y lo que sí que podía hacer era estudiar para ser ATV, Auxiliar Técnico Veterinario, lo que me ayudó encontrar este trabajo.

La otra asiente en silencio. Gabriela puede leer en sus ojos que quiere preguntarle algo, pero no se atreve. Intuye por dónde puede ir.

—Keira, no te cortes, habla.

Ella se ríe. En muchas ocasiones su gesto la delata.

—¿Seguro? —Ante la respuesta afirmativa de Gabriela, continúa—: Estaba pensando en que cuando íbamos juntas a clase, si algo tenía claro de ti es que a tu familia le iba bien económicamente.

—Así es.

Las chicas se miran. Gabriela cruza las piernas bajo la mesa, se mueve el pelo y respira lentamente.

—Mis padres trabajan en la consultora financiera familiar, la que creó mi abuelo mucho antes de que tú y yo naciéramos —comenta, sabiendo que ambas tienen la misma edad—.

Desde pequeña me inculcaron que, cuando fuese mayor, formaría parte de ella, que sería la asesora más joven y cualificada de allí, blablabá.

.. Todo sonaba muy idílico. El único problema es que a mí no me gustaba.

—Vaya...

—Sí... Aun así, entré en el doble grado de ADE y Finanzas y Contabilidad, e hice el primer año entero —afirma—.

Pero, a medida que pasaba el tiempo, me daba más cuenta de que no era lo mío.

Egoístamente no me terminaba de ver haciendo eso para el resto de mi vida.

—Riendo añade—: Imagínate estar todo el día con las matemáticas, ¡qué horror!

Keira asiente riendo.

—¿Y qué tal llevaron eso de que no quisieras trabajar en la consultora?

—Muy mal, Keira —admite. Aunque intenta ocultarlo, Keira percibe cierta pena en la mirada de su.

.. ¿amiga?—. Solo aceptaban que fuese asesora financiera, para ellos no había ninguna otra opción.

Cuando les conté que dejaba la carrera, fue una gran decepción y así me lo hicieron saber —le explica—.

Digamos que no fue una conversación para nada agradable.

—Joder, tía...

—Ya... Además, se juntó con la época en la que mi hermana empezó a... experimentar con la mala vida, por decirlo de alguna manera, y se pasaba días sin venir a casa.

—Es verdad que tenías... tienes una hermana.

Keira aprieta los labios con fuerza, lamenta haber hablado en pasado. Sabe que ha sido una cagada.

—Tenía... tengo... Bueno. —Gabriela alza los hombros en señal de indiferencia.

Es la hermana mayor, Ariadna es dos años menor que ella—.

Eso hizo que mis padres, que ya estaban enfadados y defraudados conmigo por lo de los estudios, me culparan de lo de mi hermana Ariadna por no ser un buen referente, un modelo a seguir.

A Keira se le abren los ojos como platos. Si algo no se esperaba era todo esto que le está contando.

—Eso no es justo.

—No lo es, no.

—No es justo que pongan ese peso sobre tus hombros —comenta indignada—, ¿de verdad creen que si hubieses seguido con la carrera, pero siendo infeliz, tu hermana no la hubiera cagado?

—Eso parece —murmura Gabriela con cierta ironía. Keira niega con la cabeza mientras le da otra calada al cigarro.

—¿Y ahora dónde vives? —se interesa expulsando el humo—. Porque imagino que con ellos no.

—No, no. Con ellos imposible —le aclara con rapidez, aunque decide no contarle otras cosas—. A los veinte años me fui a vivir con mi tío.

Keira asiente con cierto alivio. Tras ser consciente de lo que Gabriela le ha contado, le alegra saber que no vive con sus padres. Que pudo salir de ahí. Cuando está a punto de hacer otra pregunta, le suena el móvil.

—¿Otra vez?

Sonríen. El otro día cuando se encontraron por casualidad también fue el móvil lo que las interrumpió.

—Hola, mamá, dime... Claro que he ido a comprar, ¿por quién me tomas?

Gabriela la oye hablar con su madre por teléfono.

En el fondo hay una parte de ella que anhela poder descolgar el teléfono y decir eso de «hola, mamá».

Pero sabe que no va a ser posible. Cuando se fue de casa, intentó mantener el contacto con sus padres, hasta que se dio cuenta de que solo había intención por su parte, no por la de ellos.

—Que sí..., claro que he comprado ajos, estaban apuntados en la lista que me has dado.

.. Estoy tomando algo con una amiga, ¿te acuerdas de Gabriela Suárez.

..? No, mamá, una compañera del instituto.

—La mencionada la mira cogiendo el vaso de su refresco y llevándoselo a la boca—.

¿Ahora...? Ah, claro... Vale, sí, ya voy.

.. Hasta ahora, mamá, un beso. —Keira ve la cara divertida de Gabriela—.

Me tengo que ir, resulta que mi madre está esperándome porque hasta que no le dé los ajos que he comprado no puede hacer el sofrito que necesita para las setas de la cena.

—Y poniéndose de pie, añade—. También me ha preguntado si quieres venir a cenar.

Gabriela la imita y, como ya han pagado hace rato, Keira vuelve a coger su bolsa de la compra y empiezan a caminar.

—¿Yo? —La otra asiente—. ¿Pero tu madre se acuerda de mí?

—No, pero siempre dice que todos mis amigos son bienvenidos en casa.

—Dale las gracias de mi parte, pero estoy cansada y prefiero irme a casa.

Keira asiente, saca el móvil del bolsillo y lo desbloquea.

—Toma. —Le tiende el teléfono—. Dame tu número y ahora te hablo por WhatsApp para que me guardes. Así quedamos otro día, ¿te parece?