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El turno de tarde no es su favorito, pero es lo que hay.
Sentada en la recepción, Gabriela juguetea haciéndose rulitos en el pelo con los dedos. Todo el mundo está ocupado, tanto los veterinarios como Azahara, que está concentrada cortándole el pelo a un caniche.
Echa un vistazo a su móvil. Mira las redes sociales, pero tampoco la entretienen.
De pronto la puerta de la clínica se abre y deja el móvil para saludar con una gran sonrisa. Entran una madre y una niña con un cachorro en brazos. Con un rápido vistazo a la pantalla del ordenador, la recepcionista intuye que esa mujer debe de ser Carmen, la cual tiene cita en diez minutos.
Gabriela sale a su encuentro. Al ver el cachorro de pastor alemán no ha podido evitarlo.
—¡Buenas tardes! Carmen, ¿verdad? —La mujer asiente y Gabriela se agacha ligeramente mirando a la niña—. ¿Y vosotros sois...?
—Yo me llamo Sandra y él es Drako.
—Qué nombres tan bonitos.
La madre mira a la niña y añade:
—Drako es el primer perrito que llega a casa, ¿verdad?
Gabriela ve con ternura cómo la niña asiente con una gran sonrisa en el rostro. No puede evitar fijarse en ella, no debe de tener más de diez u once años.
—¡Qué me dices! —exclama.
—¿Quieres cogerlo? —sugiere la pequeña.
A la recepcionista le pilla desprevenida, pero rápidamente acepta el ofrecimiento. No todos los días se puede tener una bolita de pelo como esta entre los brazos. Gabriela lo coge y se sorprende con el peso. Nunca ha tenido perro.
—¿Cuánto tiempo tiene?
—Hace cuatro días cumplió dos meses.
La niña y ella se miran.
—Qué suerte tenéis, Sandra, los pastores alemanes son excelentes compañeros de vida —le dice con cariño mirando al cachorro—. Son superlistos y leales. En él vas a tener a un hermano y lo bueno para ambos es que vais a crecer juntos.
Los ojos de la pequeña se iluminan. Carmen, la madre, asiente ante las palabras de Gabriela. Tanto en su mirada como en la de la niña se perciben el cariño y el mimo con los que tratarán al perro.
En ese momento la puerta de la clínica se vuelve a abrir y, para sorpresa de Gabriela, la que entra ahora es Keira.
—¡Buenaaas! —saluda acercándose a las tres.
La recién llegada no tarda ni dos segundos en acariciar con cuidado al cachorro en brazos de Gabriela, que la mira sorprendida.
—No me esperabas por aquí, ¿eh? —La mueca de su antigua compañera la incita a seguir hablando—. Sabía que no confiarías en mi memoria, pero aquí estoy. Y menos mal, porque me llego a perder a una bolita de pelo como esta y me muero.
Sus palabras hacen reír a la niña. Gabriela, con cuidado, le devuelve el cachorro a su dueña, que lo coge con mucho cariño.
—¿Tomamos algo cuando acabes?
Gabriela mira a Keira y piensa en su horario antes de responder.
—Aún me quedan algo más de dos horas, no salgo hasta las ocho y media de la tarde.
—Perfecto, me voy a hacer unos recados y a esa hora me tienes aquí.
Aunque está algo cansada, Gabriela acepta. Keira siempre le ha caído bien y seguro que es agradable y entretenido pasar un rato con ella.
Tal y como cuando llegó, Keira le hace una última caricia al perrito y sale de la clínica perdiéndose calle abajo. Gabriela, volviendo a lo suyo, mira a Carmen y se pone en modo trabajo de nuevo.
—Entiendo que, al tener dos meses, no le hemos hecho aún la ficha a Drako, ¿verdad?
—No, no —le confirma—. Es la primera vez que venimos.
—Perfecto, se la hacemos ahora en un momentito.
Gabriela echa un último vistazo a la hija antes de volver al mostrador. La niña únicamente tiene ojos para el cachorro, como es normal. Si de algo es consciente Gabriela es de lo importante y valioso que puede ser que entre un animal en tu vida, y más con esa edad.