Un bebé para el playboy (Multimillonarios de San Valentino) CAPÍTULO 23
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CAPÍTULO 23

STEPHANIE

Quedarse a trabajar hasta tarde se había convertido en la norma para Stephanie en los últimos días.

La idea de volver a casa le resultaba dolorosa, porque sabía que una vez allí se quedaría a solas con sus pensamientos.

Aquí, al menos, tenía trabajo que la distrajera, que la apartara de ese repaso constante de todo lo que había perdido.

Sola en su casa, no habría más que silencio, y Stephanie simplemente no podía soportarlo.

Los primeros días, Kaylie se había quedado con ella.

Era leal y trabajadora, con ganas de demostrar su valía.

Pero ayer por la tarde, Stephanie le había dicho que se fuera a casa.

—No hace falta que te quedes —le había dicho con suavidad—.

Solo intento adelantar trabajo porque espero estar muy liada en las próximas semanas. Pero tú deberías irte a casa.

Tras insistir un poco, Kaylie se había dejado convencer. Stephanie casi deseaba que su asistente siguiera allí; ayudaba tener a alguien con quien hablar, aunque solo fuera para llenar los silencios. Pero no era justo retener a Kaylie solo porque ella no podía soportar la soledad.

De verdad necesitaba sacar adelante ese trabajo. Los episodios de náuseas matutinas seguían produciéndose, y preveía que le costaría ir a trabajar a medida que avanzaran las semanas. Mejor estar al día con todo. Así, cuando empezara a flaquear más adelante, no se retrasaría tanto.

Eso esperaba, al menos.

La agencia de marketing con la que estaba negociando le había enviado un portafolio con el contenido publicitario que querían lanzar.

Stephanie abrió la carpeta y hojeó el contenido.

Ya lo leería en profundidad más tarde; ahora mismo le costaba un poco concentrarse en el texto.

El médico le había advertido de que la niebla mental podía ser uno de los síntomas de las primeras semanas de embarazo, pero se había quedado muy corto.

Esto era peor que las náuseas matutinas, al menos de momento.

No podía concentrarse en el texto, pero al menos podía mirar las imágenes.

Había dejado claro a la agencia que quería que hombres y mujeres aparecieran representados por igual en su publicidad, para que la gente entendiera que sus productos eran unisex.

La primera imagen mostraba a un hombre de ojos azules intensos y pelo revuelto que le recordaba dolorosamente al de Elijah.

«Me pregunto si el bebé se parecerá a él. Si cada vez que mire a mi hijo, solo veré a Elijah, y nunca podré olvidar que eché a perder lo mejor que he tenido en mi vida».

Alguien llamó a la puerta de su despacho y levantó la vista, esperando ver a Kaylie de vuelta.

Pero no era Kaylie.

Era Elijah, como si sus pensamientos lo hubieran invocado.

Durante un instante, solo pudo mirarlo fijamente. Ni siquiera podía respirar; era como si un movimiento en falso pudiera hacerlo desaparecer, y tenía miedo de moverse siquiera.

—Fui a tu casa —dijo en voz baja—. Pero no estabas. Entonces salió tu vecina y me dijo que últimamente te quedabas a trabajar hasta tarde, así que pensé que a lo mejor te encontraba aquí.

—¿Cómo sabías dónde está mi despacho? —logró decir—. Nunca has venido.

Él levantó el móvil y ella vio la web de SilkSoft. —Sale en vuestra página de «Quiénes somos».

Tenía razón. —Se me había olvidado —susurró.

—Perdona si no debería haber entrado, pero la puerta principal no estaba cerrada con llave, y… bueno, quería verte. Creo que tenemos que hablar de todo. Si te parece bien, claro.

Ella retrocedió un paso. Desde luego era incómodo, totalmente inesperado, pero no pensaba echarlo de ninguna manera. No después de haberse pasado los últimos días preguntándose si volvería a verlo alguna vez. Dijera lo que dijera, sería mejor que el silencio absoluto al que se había enfrentado.

Él entró en el despacho, y Stephanie fue de pronto muy consciente de lo pequeño que era. Señaló la silla que reservaba para las visitas.

Pero Elijah negó con la cabeza y se quedó de pie. —Stephanie —dijo con voz ronca—. No he podido dejar de pensar en ti. En el bebé.

Un escalofrío la recorrió. —No sé qué decir, Elijah. Lo que hice… entiendo que estés enfadado. Puedo intentar explicártelo, pero…

—Para. —Levantó la mano—. No quiero empezar por ahí hoy.

—Vale —susurró. Podían empezar por donde él quisiera. Sabía que hoy le tocaba ser todo lo flexible que pudiera. «Tengo suerte de que haya vuelto a hablar conmigo».

Y daba igual lo que sintiera respecto a lo que él tuviera que decir: sabía que tendría que aceptar sus palabras.

Se lo debía a su hijo. Había sido su comportamiento el que los había metido en este lío, y haría lo que fuera para recuperar al padre de su bebé.

Aunque Elijah no quisiera formar parte de su vida, al menos tenía que plantearse estar ahí para el bebé. Seguro que lo haría.

Él tragó saliva y bajó la mirada.

A Stephanie le latía el corazón con fuerza.

Cuando volvió a levantar la vista, sus ojos azules se clavaron en los de ella.

—Cometí un error terrible —dijo.

Seguro que lo había entendido mal. —¿De qué hablas?

—De haberme ido como me fui —dijo—. No tiene excusa. No sé cómo pedirte perdón.

—No… —frunció el ceño—. Lo hiciste por… por mi culpa.

Porque estabas enfadado conmigo. —Respiró hondo y habló deprisa—.

Y es normal que lo estuvieras. Después de lo que descubriste sobre…

bueno, sobre todo… siempre supe que te enfadarías si te enterabas de lo que había pasado.

Si sabías que había aceptado salir contigo por el acuerdo que tenía con tu padre.

Pero espero que sepas que eso acabó hace mucho.

Fue un error terrible, uno que nunca debería haber cometido…

pero casi todo lo que tuvimos fue real. Supe muy pronto que sentía algo de verdad por ti, y en cuanto me di cuenta, contacté con tu padre y le dije que no podía seguir haciendo lo que me pedía.

Sabía que sería deshonesto seguir viéndote, tener sentimientos reales por ti y aceptar su dinero a la vez.

Nunca acepté ni un céntimo de él, y siento muchísimo haber dejado que me convenciera, aunque fuera por un momento, de que aquello estaba bien.

—Por favor, para. —Dio un paso adelante y posó la mano en el hombro de ella.

Stephanie cerró los ojos y saboreó aquel contacto. Había creído que no volvería a sentirlo jamás, y ese simple gesto lo decía todo. La mano de él descansaba ligera sobre su hombro, cálida y reconfortante. Tranquilizadora. Aquello no era ira. No podía serlo.

—No he venido para que te disculpes conmigo —murmuró él—. Hablé con mi padre y me lo contó todo. Me dijo que fue idea suya. Y me contó lo mismo que tú: que lo cancelaste hace semanas. —La miró fijamente a los ojos—. Lo cancelaste antes de quedarte embarazada.

—Dios, sí —susurró ella—. Pienses lo que pienses de mí, Elijah, por favor, no creas que este embarazo tuvo nada que ver con todo aquello.

Este bebé nació del amor. Te amaba. Te amo, de verdad.

Nunca me habría acercado a ti de no ser por la intervención de tu padre, pero si mis sentimientos no hubieran sido reales, este bebé jamás habría sido concebido, te lo prometo.

Él asintió.

—Lo sé —dijo—. Y entiendo por qué tomaste las decisiones que tomaste. No estoy enfadado.

—¿De verdad? —Aquello parecía demasiado bueno para ser cierto—.

¿Cómo no ibas a estarlo? Sé lo que te ha hecho pasar tu padre.

Sabía desde el principio que si alguna vez te enterabas, sentirías que me había puesto de su parte contra ti, y sabía lo terrible que sería eso para ti.

Debería habértelo contado, pero... bueno, tenía miedo.

Tenía miedo de perderte. —Se le llenaron los ojos de lágrimas y apartó el rostro, avergonzada de que él la viera así.

Le acunó la mejilla con la mano y la hizo volverse hacia él.

—No vas a perderme —murmuró—. Stephanie, lo único que quiero eres tú.

Lo único que quiero es a nuestro bebé. Hablaba en serio el día que supimos que estabas embarazada.

Es una noticia maravillosa. Estoy feliz.

De verdad, lo sigo estando. Aquel día me quedé en shock, pero me avergüenza cómo reaccioné.

Te conozco, confío en ti, y debería haberme quedado a hablar contigo en lugar de creer lo peor y salir huyendo.

Te lo prometo, si me aceptas de vuelta, nunca volveré a hacer algo así.

Siempre me quedaré, incluso cuando las cosas parezcan demasiado difíciles de soportar. Nunca te dejaré sola. Nunca más.

Ella negó con la cabeza, riendo entre lágrimas.

—¿Si te acepto a ti de vuelta? —repitió—. ¿Tan pronto has olvidado que fui yo quien traicionó tu confianza?

—Stephanie, cuando hiciste aquel acuerdo con mi padre, yo era un desconocido para ti —dijo Elijah.

Le tomó la mano, y ella se quedó mirándola, incapaz de creer que aquello estuviera sucediendo—.

No traicionaste mi confianza —continuó—.

No podías, porque tú y yo no teníamos confianza el uno en el otro entonces.

Ahora sí. Y estoy aquí contigo, diciéndote que confío en que nunca harías nada para hacerme daño. Que nunca me mentirías.

—Jamás —aseguró ella, con las lágrimas rodándole por las mejillas.

—Sé quién eres. —Alzó la mano y le secó una lágrima con el pulgar—.

Lo que haya pasado antes, podemos olvidarlo.

Quizá tú buscabas una oportunidad para hacer crecer tu empresa.

Quizá yo era un playboy alocado que salía en los tabloides con demasiada frecuencia.

Pero todo eso fue antes de conocernos. Antes de confiar el uno en el otro. Antes de amarnos.

Le recorrió el pómulo y la línea de la mandíbula con las yemas de los dedos, y ella exhaló con un estremecimiento.

—Lo único que quiero ahora es estar contigo —dijo—. Lo único que quiero es hacerte feliz y construir esta familia juntos. ¿Podemos dejar el pasado atrás y empezar de nuevo?

—No se me ocurre nada que desee más —dijo Stephanie en voz baja.

Él la rodeó con los brazos, la atrajo hacia sí y la besó. Cuando sus labios se encontraron, una alegría como jamás había sentido estalló en su interior.

Estaba recibiendo su segunda oportunidad, y él también.

Y sabía, desde lo más profundo de su corazón, que protegerían la confianza —y el amor— que habían construido entre ellos el resto de sus vidas.