Un bebé para el playboy (Multimillonarios de San Valentino) EPÍLOGO
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EPÍLOGO

DIECIOCHO MESES DESPUÉS: STEPHANIE

—¿Dónde está mi nieto? —exigió Oliver Norcross al cruzar el umbral.

Sonriendo, Stephanie se llevó un dedo a los labios.

—Rory todavía está durmiendo la siesta —dijo—. Pero se despertará en cosa de media hora, y está emocionadísimo por verte. Se ha pasado el día riendo y aplaudiendo cada vez que Elijah o yo mencionábamos que el abuelo venía esta noche.

Bruno soltó un ladrido alegre y Oliver se agachó para rascarle detrás de las orejas.

—Yo también me alegro de verte, campeón.

Se enderezó y le sonrió a Stephanie.

—Tienes muy buen aspecto —dijo.

—Gracias —sonrió ella—. Tú también.

Se había acercado mucho a Oliver, de forma sorprendente y maravillosa.

Que él se hubiera tomado la molestia de contarle a Elijah la verdad sobre su acuerdo, que hubiera asumido su parte de responsabilidad, había contribuido enormemente a sanar las heridas.

Oliver también se había interesado activamente en la vida de Rory desde su nacimiento, y Stephanie no podía resistirse a nadie que quisiera a su hijo.

Pero lo que realmente había transformado la animosidad en lazos familiares era que Elijah y Oliver se habían acercado.

Elijah había renunciado a su papel en el negocio de su padre.

Lo especialmente maravilloso era que Oliver lo había hecho socio legal del negocio años antes, y aunque Elijah se había ofrecido a cederle su parte a un precio simbólico, Oliver había insistido en comprársela.

«Al fin y al cabo», había dicho, «le diste mucho a esta empresa a lo largo de los años, y yo te convencí de que pasaras gran parte de tu vida preparándote para dirigirla. Mereces una compensación por ello».

La compra había sido sustancial, y Elijah enseguida había reinvertido una buena parte en SilkSoft. Stephanie había podido contratar a mucho personal nuevo, lo que significaba que, aunque seguía entregada a su papel como directora ejecutiva de la empresa, tenía tiempo para estar en casa con Rory.

Pero también tenía un compañero de crianza, el mejor que podría haber deseado. Y en ese momento él apareció en la cocina con Rory en brazos.

—Me pareció oír tu voz, papá —dijo.

—¿Qué hacéis vosotros dos? —preguntó Stephanie, acercándose para coger a su hijo—. Pensaba que todavía estaba durmiendo la siesta.

Rory se lanzó con entusiasmo a sus brazos.

Stephanie había temido, cuando decidieron que Elijah sería quien se quedara en casa y ella seguiría trabajando, que eso pudiera debilitar el vínculo con su hijo.

Pero no había sido así. Ella y Rory estaban increíblemente unidos, y él siempre estaba deseando estar con ella en cuanto podía.

Le rodeó el cuello con los bracitos. Stephanie cerró los ojos un momento, saboreando aquel abrazo de bebé.

—Es clavadito a Elijah a esa edad —comentó Oliver—. Bueno, salvo por el pelo, claro.

Los tres se echaron a reír. Desde que nació, Rory había heredado los característicos rizos pelirrojos de Stephanie. Tenía los ojos azules como su padre, pero no cabía duda de dónde había sacado ese pelo.

—¿Estás listo para pasar la noche con el abuelo? —le preguntó Stephanie a Rory.

No respondió. Había empezado a hablar hacía muy poco y todavía se mostraba tímido con todos salvo con sus padres. Aun así, cuando Stephanie le dio un último abrazo y se lo pasó a Oliver, no protestó.

—Muy bien, vosotros dos —dijo Oliver—. ¿A qué hora os espero de vuelta?

—Estaremos de vuelta sobre las once, creo —dijo Elijah—. Solo vamos a cenar para celebrar el trimestre. A esta todavía no le gusta estar lejos de Rory más de lo necesario.

Le dio un codazo cariñoso a Stephanie y le dedicó una sonrisa tierna.

—A ti tampoco te gustaría si estuvieras lejos de él ocho horas casi todos los días.

A veces echaba de menos trabajar desde casa, pero el negocio estaba en pleno auge y estar en la oficina se había vuelto casi imprescindible. Se acercó a su hijo y le besó la frente.

—Pórtate bien con el abuelo, ¿vale?

—Venga, vamos —dijo Elijah, cogiéndola de la mano—. No queremos perder la reserva.

Iban a cenar al restaurante donde habían tenido su primera cita, o quizás la segunda. Nunca habían zanjado esa discusión, pero ahora era algo de lo que reírse. Se dirigieron a su mesa de siempre y pidieron; venían tan a menudo que no necesitaban carta.

—Deberíamos pedir el vino bueno de verdad esta noche —dijo Elijah—. Ya que estamos de celebración.

—No es para tanto.

Stephanie se sonrojó. La verdad era que sí lo era, y mucho.

Aquel trimestre había sido el más rentable en la historia de su empresa, y eso era emocionante, pero mucho más importante que el dinero era poder señalar hitos reales de éxito como nunca antes.

Ahora podía entrar en cualquier tienda y encontrar productos SilkSoft en las estanterías.

Y no solo eso: a menudo estaban en la parte delantera de la sección de cuidado de la piel, bien visibles, porque los dueños de las tiendas sabían que la gente los buscaba.

Había logrado los objetivos que se había propuesto, y el negocio no dejaba de crecer. Tenía acuerdos con distribuidores en Nueva York e incluso en París. SilkSoft se estaba convirtiendo en una marca reconocida en todo el mundo.

El vino estaba más que justificado, y ambos lo sabían.

Elijah pidió al camarero que trajera la botella a la mesa y sirvió un poco para cada uno. Tras dar los primeros sorbos, dejó la copa y alargó la mano por encima de la mesa para coger la de Stephanie.

—A veces —dijo en voz baja— no puedo creer lo lejos que hemos llegado tú y yo. A veces no puedo creer que seas la mujer a la que intenté conquistar aquella noche de los premios.

—A veces no puedo creer que llegara a decirte que no —rio ella—. Ahora me parece ridículo. ¡Pensar que casi me alejé de lo mejor que me ha pasado en la vida, y nunca lo habría sabido!

—Sí, menos mal que mi padre metió las narices —rio Elijah—. En su momento estaba furioso con él, pero visto cómo han salido las cosas, tengo que reconocer que le estoy agradecido.

—Quizá siempre supo lo que más te convenía, al fin y al cabo —dijo Stephanie con picardía—. Quizá era más sabio de lo que jamás imaginamos.

—Vale, vale —gruñó Elijah—. ¿Sabes? A veces me pregunto si en el fondo no estarás de su parte.

Que pudieran bromear así era, pensó Stephanie, prueba de lo bien que estaban las cosas entre ellos, y eso siempre la hacía sonreír. Levantó la copa hacia él, y él chocó la suya con la de ella.

—Quiero a tu padre —dijo—. Ya lo sabes. Y también sabes perfectamente que a ti te quiero más, que eres la luna y las estrellas para mí. Haría cualquier cosa por ti.

—Y yo haría cualquier cosa por ti —dijo él, y su expresión se tornó seria—. De hecho, por eso quería traerte esta noche. O sea, quiero celebrar todo tu éxito, pero también quiero celebrar otra cosa.

Stephanie hizo una mueca.

—No es nuestro aniversario, ¿verdad? Se me dan fatal las fechas.

—No, no lo es —dijo Elijah—. Aunque ni siquiera sabría qué fecha considerar nuestro aniversario, ¿y tú? ¿Sería el día de la ceremonia de premios o el día que coincidimos en el gimnasio?

—Ay, quién sabe —dijo Stephanie entre risas—. Tienes razón. Supongo que sería bastante arbitrario.

—Lo habría sido —dijo Elijah—. Pero después de hoy, creo que tendremos una fecha que recordar. Y me gustaría que empezáramos a crear otra.

Se levantó de la silla, y antes de que Stephanie pudiera atar cabos, él ya estaba de rodillas.

Contuvo el aliento, atónita.

Habían hablado del matrimonio en abstracto, de vez en cuando, y habían acordado que era algo que ambos querían. Pero no tenía ni idea de que estuviera tan cerca. Había pensado que quizá dentro de unos años, cuando se hubieran acostumbrado a ser padres.

Pero ahora él estaba sacando un anillo del bolsillo, y se dio cuenta de que ni siquiera necesitaba escuchar la pregunta.

Ya sabía la respuesta. Por supuesto que esto era lo que quería.

Siempre lo había sido. Casarse con un hombre del que estaba profundamente enamorada, criar una familia juntos...

todo había sucedido de forma inesperada, pero en realidad, incluso eso era maravilloso. Había algo mágico en todo aquello.

—Elijah —empezó a decir, pero él levantó una mano.

—Déjame a mí —dijo, radiante—. Llevo muchísimo tiempo pensando en esto, así que déjame decirlo. ¿Vale?

Asintió, tapándose la boca con la mano, esforzándose por no echarse a llorar.

Se aclaró la garganta.

—Stephanie, nunca pensé que me enamoraría —dijo—.

Cuando te conocí, me pareciste preciosa y quería pasar tiempo contigo, pero no creí que aquello fuera a durar más de veinticuatro horas.

Cuando me rechazaste, pensé que se había acabado.

Y cuando volviste a mi vida, me sorprendió tanto como a cualquiera descubrir que de verdad quería intentarlo otra vez...

porque ninguna mujer me había hecho sentir así.

Porque nadie en el mundo me hace sentir lo que tú.

El corazón le latía con fuerza. No pudo evitarlo: se bajó de la silla y se arrodilló frente a él. Necesitaba estar cerca, a su mismo nivel. Por todo el restaurante, la gente se volvía a mirarlos, pero a ella no le importaba en absoluto.

Él le tomó la mano con la que no sujetaba la caja del anillo.

—He cambiado gracias a ti —dijo en voz baja—.

Soy mejor persona gracias a ti, Stephanie, y estoy deseando ver cómo sigue esto.

Cómo seguimos transformándonos el uno al otro, convirtiéndonos en las mejores versiones de nosotros mismos, el resto de nuestras vidas.

Quiero criar a nuestro hijo. Quiero tener otro.

Sean cuales sean las aventuras que me depare la vida, quiero vivirlas contigo.

No encontraba las palabras. No había nada que decir salvo sí. Asintió, obligándose a esperar. Él quería hacer la pregunta. Todavía no la había hecho.

—¿Quieres casarte conmigo?

El sí brotó de ella; apenas había podido contenerlo.

—Sí, Elijah, claro que sí. Nada en el mundo me haría más feliz.

Sacó el anillo de la caja y se lo deslizó en el dedo, luego le llevó la mano a los labios y se la besó. Ella se derritió ante lo romántico del gesto.

Y entonces él se puso de pie, la levantó consigo, la tomó en sus brazos y la besó como era debido. Ella se abandonó al beso, derritiéndose contra él, entregándose a sus labios y su lengua, a su aroma y su tacto.

A su alrededor, los clientes del restaurante rompieron a aplaudir, pero Stephanie apenas era consciente del ruido. Todo su ser estaba entregado a Elijah.

Y así sería el resto de su vida.

Fin