CAPÍTULO 21
STEPHANIE
—La reunión con la empresa de marketing se ha cambiado a las cuatro, como querías —dijo Kaylie, la asistente de Stephanie—. Y ha llamado Oliver Norcross.
El nombre le cayó a Stephanie como un jarro de agua fría.
—Gracias, Kaylie —murmuró.
La chica asintió. Acababa de terminar la carrera y formaba parte del equipo de SilkSoft con mucho entusiasmo, pero Stephanie empezaba a preocuparse por la posibilidad de depender demasiado de ella.
Iba a ser difícil controlar cuánto le dejaba hacer ahora que su vida estaba a punto de dar un giro tan radical.
Había ido al médico hacía dos días para confirmar el embarazo y que le recetara las vitaminas que necesitaría.
Todo había transcurrido como en una nebulosa.
Era surrealista estar hablando con un médico sobre el embarazo cuando apenas una semana antes había estado entre los brazos de Elijah.
Había ganado esta nueva aventura, pero... lo había perdido a él.
Era imposible pensar en ese día. El día en que se enteró de que estaba embarazada.
La breve y cegadora alegría que había sentido cuando él supo la noticia y reaccionó con felicidad.
Y luego el frío horror cuando él miró su correo electrónico y ella supo —lo vio un instante antes de que ocurriera— que todo estaba a punto de desmoronarse.
«Debería haberle contado desde el principio lo del trato con Oliver. En cuanto supe que estaba empezando a sentir algo de verdad, ahí fue cuando debería haber hablado, en lugar de buscarme excusas como hice».
Pero ¿cómo podía arrepentirse de habérselo callado? Si se lo hubiera contado, él habría roto con ella hacía semanas. Nunca habrían llegado a intimar. En todo caso, la reacción de Elijah solo le había demostrado que ella nunca había tenido una esperanza real de sincerarse y obtener su perdón.
«No debería haber aceptado el trato con Oliver desde el principio. Ahí fue donde me equivoqué».
Eso era cierto. Pero ni siquiera de eso podía arrepentirse del todo. Al fin y al cabo, si nunca hubiera aceptado ese trato, jamás habría tenido la oportunidad de conocer a Elijah.
Daba igual cómo lo pensara, siempre llegaba a la misma conclusión. No había nada que pudiera haber hecho de otra forma. No había ningún momento en el que otra elección hubiera sido posible, a menos que estuviera dispuesta a aceptar no haber tenido nunca a Elijah en su vida.
«Menudo desastre».
—Kaylie —dijo—, quiero que anotes los mensajes de cualquiera que intente localizarme durante el resto del día, ¿de acuerdo? No voy a coger ninguna llamada.
—¿Sin excepciones? —preguntó Kaylie.
Stephanie se detuvo un momento.
—Si llama Elijah Norcross, puedes pasármelo.
—Pero Oliver no —confirmó la chica.
—No —dijo Stephanie con firmeza—. De hecho, si vuelve a llamar, puedes decirle que no tenemos más asuntos pendientes y que no necesito hablar con él. Dile que no pienso devolverle la llamada.
—Entendido —dijo Kaylie. Por cómo ladeó la cabeza, Stephanie tuvo la certeza de que en realidad no entendía nada, pero una de las mejores cualidades de Kaylie era que conocía su lugar.
Se le daba de maravilla seguir instrucciones sin hacer preguntas.
Salió del despacho de Stephanie y volvió a su mesa.
A través del cristal, Stephanie la observó sentarse y ponerse a teclear en el ordenador.
«Voy a tener que contarle pronto lo del embarazo».
La pura realidad era que no podía hacer esto sola. Era la directora ejecutiva de aquella empresa, una empresa en la que contaba con muy poca gente que la ayudara. Y sus esperanzas de criar al bebé con Elijah estaban prácticamente destrozadas.
Iba a ser madre soltera, una madre soltera que intentaría dirigir una empresa por su cuenta.
Iba a ser horrible.
Se le encogió el estómago solo de pensarlo.
¿Cómo podía pensar en ello en esos términos?
Por supuesto que no iba a ser horrible. Iba a tener un bebé.
Convertirse en madre había sido el sueño de toda su vida, y ahora se estaba haciendo realidad.
La parte de ella que había sentido alegría al descubrirlo —antes de que todo se derrumbara con Elijah— seguía ahí.
Seguía feliz e ilusionada con lo que le esperaba.
Lo que pasaba era que iba a ser terriblemente difícil.
Contárselo a Kaylie sería un buen primer paso para elaborar un plan de verdad. Dependería mucho de su asistente una vez que naciera el bebé. Probablemente tendría que subirle el sueldo.
«Lo último que quiero es que Kaylie acabe haciendo de niñera.
Eso no forma parte de su trabajo en absoluto.
Pero ¿qué voy a hacer? Voy a tener que traerme al bebé al trabajo todos los días, porque no tendré dónde dejarlo.
O sea, tengo suerte de poder trabajar desde casa gran parte del tiempo...
pero también tengo que viajar a veces. ¿Cómo demonios voy a arreglármelas? »
Irguió la espalda. Se podía hacer. Sabía que se podía. Todos los días había gente que tenía bebés mientras trabajaba a jornada completa. No era ni mucho menos la primera madre soltera del mundo, y si otras lo conseguían, ella también podría.
Sí, era desgarrador que Elijah no fuera a formar parte de esto. Pero eso no significaba que Stephanie no pudiera con lo que le esperaba. Podía.
Por supuesto que podía.
Abrió un navegador en el ordenador y buscó guarderías en la zona. Tenía que haber algo que no fuera demasiado caro, algo para padres trabajadores que necesitaban un poco de ayuda. No era la única en esa situación.
Pero todas las opciones que aparecieron eran malas.
El primer sitio que vio tenía una pinta estupenda, pero enseguida descubrió que era una academia privada de preescolar y que la matrícula costaba miles de euros al mes.
Probó a buscar sitios más baratos a propósito y acabó viendo fotos de un edificio con paredes de bloques de hormigón.
¿De verdad eran esas las únicas opciones?
Tenía que haber algo más, algún sitio que fuera asequible y agradable. Tenía que haberlo...
«Si Elijah siguiera aquí, no tendría este problema. Seríamos una familia con dos sueldos, con dos padres. Probablemente ni siquiera necesitaríamos guardería, pero si decidiéramos que sí, podríamos permitírnosla sin problema».
Por primera vez desde que Elijah había descubierto sus correos y se había marchado, sintió una oleada de rabia.
Lo que había hecho estaba mal, pero eso no era excusa para castigar a su hijo.
Si él quería terminar la relación... bueno, no le gustaba, pero estaba en su derecho.
Pero el bebé era diferente. Él tenía una responsabilidad.
Era su bebé, y debía ser un buen padre, no dejar a su hijo solo en el mundo.
¿Acaso no le importaba que ese bebé iba a necesitar que alguien lo mantuviera?
Pensó en lo que él había dicho sobre su propia infancia, sobre el dolor de tener un padre distante. Sobre cómo había jurado que no sería así cuando tuviera su propia familia. Había estado tan decidido a estar presente para su hijo, a darle lo que su padre nunca le dio.
Pero supongo que eso solo era cierto hasta que se volvió real. Le gustaba la idea de ser padre. Le gustaba la imagen de una familia perfecta. Pero llevarlo a cabo significaba aceptar que venía con desafíos y complicaciones, y en cuanto vio un atisbo de eso, salió huyendo.
Asintió para sí misma, resignada. La verdad era que era bueno haberse dado cuenta de esto tan pronto, aunque doliera saberlo.
Era bueno no haber pasado años criando a su hijo con él solo para descubrir que no aguantaba cuando las cosas se ponían difíciles.
Mejor saberlo ahora, desde el primer día, que solo podía contar consigo misma.
Llamaron a la puerta. Levantó la vista y vio a Kaylie en el umbral, con el móvil en la mano.
A Stephanie se le aceleró el corazón. Era Elijah, pensó. Tenía que serlo. Le había dicho a Kaylie que no la molestara si era otra persona. Le hizo un gesto para que entrara.
Ya estaba pensando en lo que le diría a Elijah. Tendría que explicarle por qué estaba enfadada, por supuesto. Necesitaba entenderlo. No podían estar juntos cuando llegara el bebé si él no comprendía que salir huyendo cuando las cosas se ponían difíciles no iba a ser una opción.
Pero también sabía que no tenía superioridad moral, que no estaba en posición de hacerle suplicar. Lo perdonaría rápido, porque ella también se había equivocado mucho. Solo esperaba que él estuviera dispuesto a perdonarla.
¿Elijah?, articuló con los labios mirando a Kaylie, mientras extendía la mano para coger el teléfono.
Pero Kaylie negó con la cabeza.
A Stephanie se le cayó el alma a los pies.
Kaylie apartó el teléfono y tapó el micrófono con la mano.
—Es Oliver Norcross otra vez —dijo, y Stephanie vio la inquietud en su cara—. Dice que va a seguir llamando hasta que consiga hablar contigo. No sé qué hacer con él.
—Ignóralo —dijo Stephanie con firmeza—. No contestes más llamadas de ese número.
Kaylie parecía nerviosa.
—Sé que parte de mi trabajo es protegerte de ciertas personas, pero de verdad no creo que este vaya a rendirse.
Stephanie suspiró y extendió la mano para coger el teléfono. Kaylie se lo pasó, articulando un gracias con los labios.
Se armó de valor y se lo llevó a la oreja.
—¿Oliver?
—Stephanie. Necesito hablar contigo —su voz sonaba seca y profesional—. ¿Cuándo puedes pasarte por mi despacho?
—Nunca —no había forma de que la situación mejorara viéndose con Oliver Norcross. Eso solo podía empeorar las cosas—. Tú y yo hemos terminado, Oliver. Ya te lo dije. No hay ninguna razón para que volvamos a vernos o a hablar.
—Por supuesto que la hay —replicó él—. Elijah sabe lo de nuestro acuerdo. ¿Se lo contaste tú?
Se le heló la sangre; no sabía que él estaba al tanto.
—Sí, se lo conté —respondió—. Intentaba ser honesta. Se lo debía, aunque tú no sintieras lo mismo. Me cansé de mentirle.
—Bueno, me has metido en un buen lío. Ni siquiera sé qué decirle, y encima no me coge el teléfono.
—Vas a tener que arreglártelas solo —dijo Stephanie con firmeza—. Meterme en los asuntos de tu familia solo me ha traído problemas, y no pienso volver a hacerlo. Solo he contestado esta llamada para decirte que no vuelvas a llamarme.
—Stephanie, pase lo que pase, tú y yo podremos sacarle partido a la situación —insistió Oliver—. Así funcionan los negocios.
—Puede ser —concedió Stephanie—. Pero no es así como yo hago negocios. Ya no. Nunca más.
Colgó y le devolvió el teléfono a Kaylie con una pequeña satisfacción. Al menos esto lo había hecho bien.