CAPÍTULO 19
ELIJAH
Elijah se las arregló para sujetar con un brazo la bolsa con la sopa y las galletas saladas que había comprado en la bocatería, y con la otra mano tocó el timbre de Stephanie.
Odiaba que estuviera enferma, pero también sentía un escalofrío de emoción: esto era nuevo.
Nunca había tenido a nadie tan cercano como para sentir la necesidad de cuidarla cuando no se encontraba bien.
Si cualquier otra mujer con la que hubiera salido le hubiera enviado los mensajes que Stephanie le había enviado esa mañana, él habría respondido con una carita triste y luego habría buscado otra forma de pasar el día.
Sin embargo, con ella no podía hacer eso.
Le importaba demasiado. Quería asegurarse de que estuviera bien.
Y, sinceramente, si estaba dispuesta, quería tener la oportunidad de pasar el día a su lado.
No le molestaba que estuviera enferma. Quería darle esta sopa, acurrucarse en la cama y ver la televisión con ella, pasarle pañuelos y levantarse a rellenarle los vasos de agua o zumo o prepararle tazas de té...
«¿Qué demonios me está pasando?». Negó con la cabeza, divertido. Nunca había sido ese tipo de hombre, y sin embargo algo en Stephanie había provocado un cambio en su carácter. La verdad es que lo emocionaba. Y lo cierto era que solo quería pasar el día con ella, hicieran lo que hicieran.
Sin embargo, ella no abrió la puerta. Elijah frunció el ceño y volvió a tocar el timbre. ¿Estaba tan enferma que no podía llegar a la puerta? Eso era preocupante. Se preguntó qué haría si seguía sin responder. ¿Podría buscar una ventana sin cerrar? ¿Era eso una locura?
Entonces oyó el sonido de unos pies arrastrándose. Un momento después, la puerta se abrió con un clic y quedó entreabierta. Apareció Stephanie, con Bruno pisándole los talones.
Lo primero que vio Elijah fue que tenía los ojos rojos. Era evidente que había estado llorando, y se le encogió el corazón al verla así.
—Stephanie —murmuró.
—Pensé que era el repartidor —dijo ella con voz ronca.
Él levantó la bolsa con la sopa.
—Lo soy —dijo—. Solo que quizá no el que esperabas. ¿Puedo pasar?
Ella vaciló.
—No sé si es buena idea.
—Venga. No me importa si lo que tienes es contagioso —le dijo—. Tengo unas defensas de hierro. Seguro que lo combato sin problema. Déjame pasar. Te he traído sopa, y mereces que te cuiden un poco mientras estés pachucha.
Ella cerró los ojos.
—Elijah... deberías volver mañana.
—Si no me dejas pasar, esta sopa y yo nos quedaremos aquí sentados en tu porche —le informó.
Ella dejó escapar un suave gemido.
—Eres imposible. Contigo me he metido en un lío del que no sé cómo salir.
Pero abrió la puerta para dejarlo pasar.
Iba envuelta en una bata, y él pudo ver enseguida que no se había molestado en peinarse. No llevaba maquillaje. Se alejó de él y volvió a la mesa de la cocina, donde él vio que había estado bebiendo una taza de té. Todavía humeaba.
Elijah sacó la sopa de la bolsa y la mostró.
—De pollo con arroz —dijo—. ¿Tienes hambre? ¿Te la caliento? ¿O no tienes apetito?
—La verdad es que tengo mucha hambre —confesó—. Por eso había pedido comida. Pero supongo que sabía que no podías ser tú. Hice el pedido hace solo cinco minutos.
—Perfecto —dijo él—. La sopa puede ser el aperitivo.
Se acercó al microondas y la metió dentro.
—Te prometo que mis habilidades culinarias dan para esto —le aseguró mientras programaba el tiempo—. Hasta le pregunté al del restaurante cuánto tiempo tenía que calentarla para no cagarla.
Un amago de sonrisa le cruzó el rostro.
—Qué detalle.
Sacó la sopa del microondas y la puso delante de ella, junto con una cuchara.
—Bueno... ¿qué te pasa?
Ella levantó la vista.
—¿A qué te refieres?
—¿Es gripe? ¿Un resfriado fuerte?
Se inclinó sobre la mesa, apoyándose en los codos, y la observó.
—No voy a fingir que no estoy un poco preocupado.
—No hay nada de qué preocuparse.
Pero se mordió el labio y bajó la mirada.
Elijah había hecho sus comentarios sin darles demasiada importancia: le preocupaba su comodidad, pero no realmente su salud. Estaba convencido de que se recuperaría en unos días. Pero la forma en que se estaba comportando, como si ocultara algo, lo inquietó.
—Stephanie, ¿qué pasa? —preguntó, alargando la mano por encima de la mesa para coger la suya.
Ella alzó la vista, con lágrimas en los ojos.
—Tengo que decirte algo —susurró.
—Dime. Sea lo que sea, todo va a salir bien.
Mantuvo la expresión serena, pero el corazón le latía desbocado. Nunca la había visto así.
Ella cerró los ojos.
—Elijah... estoy embarazada.
La palabra lo dejó paralizado, le congeló la mente. Era lo último que habría esperado oír de sus labios.
—¿Qué?
—Lo siento —murmuró ella—. Yo...
Se interrumpió.
Su mente se esforzaba por asimilar lo que ella había dicho.
No estaba enferma... estaba embarazada. Iba a tener un bebé. Su bebé. Él iba a tener un bebé. «¿Voy a ser padre?».
Entonces cayó en la cuenta de sus últimas palabras.
—Espera. ¿Por qué te disculpas?
—Bueno, es solo que... sé que esto tiene que ser un shock...
—Eso es quedarse corto. —Dejó escapar una risa y se pasó una mano por el pelo, y entonces se dio cuenta de que todavía le sostenía la mano. Se la apretó—. Seguro que para ti también fue un shock.
Ella alzó la vista hacia él, con las lágrimas desbordándole, y él supo que había dicho lo correcto. —No sabía qué hacer —confesó—. Sé que debería haberte llamado enseguida.
—¿Cuándo te enteraste?
—Esta mañana. Me desperté con náuseas, eché cuentas y me hice una prueba...
—Oye. —Le partía el alma verla llorar. Se puso de pie y fue hacia ella. Se arrodilló, la rodeó con los brazos y la atrajo hacia sí para que pudiera apoyar la cabeza en su hombro—. Todo va a salir bien. Vamos a estar bien.
—Seguramente debería haberte llamado enseguida, pero no sabía qué decir...
—No quiero que te preocupes por eso —le dijo con firmeza—. Ya estoy aquí. Ya lo sé. —La apartó un poco para poder mirarla a los ojos—. ¿Cómo te encuentras? ¿Estás enferma de verdad? ¿Tenemos que ir a una clínica o algo?
—No, estoy bien —dijo ella—. Esta mañana me encontraba mal, pero se me pasó, y creo que es normal. Eso no me preocupa.
—Vale. Bueno, aun así deberíamos pedir cita para que te vea un médico. —Sintió un revoloteo de mariposas en el estómago—. Dios mío, Stephanie, vamos a tener un bebé. —De repente se dio cuenta de que no podía borrar una sonrisa bobalicona de su cara.
—¿Estás contento? —Abrió los ojos de par en par.
—¡Claro que estoy feliz! Te dije que soñaba con ser padre algún día, ¿no?
¿Con tener una familia de verdad? Nunca imaginé que pasaría tan pronto, claro, pero...
todo lo que hemos hecho juntos ha sido tan maravilloso, aunque todo ha ido mucho más rápido de lo que habría esperado.
Quizá el universo intenta decirnos algo.
Quizá estamos destinados a hacer esto juntos. ¿No te parece posible?
Ella negó con la cabeza, pero sonreía. —He intentado no imaginarme esta conversación contigo —confesó—. Pensé que ibas a estar... no sé. No enfadado, pero tampoco contento. Conmocionado. Estresado. Nunca esperé esto de ti.
—No, estoy encantado —dijo él—. Quiero decir, sé que va a ser complicado. Hay mucho que resolver. —Le tomó las dos manos—. Pero lo resolveremos juntos, y va a ser la aventura más increíble, y me hace tanta ilusión vivir esto contigo, Stephanie. De verdad.
Ella se puso de pie. Elijah también, y antes de darse cuenta la tenía entre sus brazos.
—Gracias —susurró ella—. Muchísimas gracias. Jamás habría soñado con un momento así. Eres maravilloso. Me alegro tanto de que seas tú.
La sostuvo, sin apartarse, recreándose en la sensación de aquel momento.
Su calidez contra él, la suavidad de su respiración, y la certeza de que en ese mismo instante su hijo, aún por nacer, estaba acunado entre ellos.
«Esta es mi familia. Esta es la familia que siempre soñé con crear.
Está pasando de verdad. Voy a ser padre».
Quería quedarse para siempre en ese abrazo, pero había cosas que hacer.
—Tenemos que pedirte cita con el médico —dijo, dando un paso atrás.
El ordenador de ella estaba sobre la mesa; lo cogió y lo abrió—.
¿Tienes algún médico al que quieras ir? O puedo buscar a alguien con buenas valoraciones.
—Abrió el navegador. La pestaña de arriba era su bandeja de entrada, y tenía intención de cerrarla, pero algo le llamó la atención y se detuvo.
El nombre de su padre.
Antes de asimilar lo que podría significar, antes siquiera de que sus pensamientos lo alcanzaran, sintió una sensación hueca —la certeza de que algo iba muy mal— en la boca del estómago. —¿Por qué tienes un correo de mi padre?
Stephanie se quedó rígida. —Eso... no es lo que parece.
—¿Y qué parece? —Recorrió la bandeja de entrada—. Hay más. Os habéis estado escribiendo con regularidad.
—No. Ya no. No... —Respiró hondo—. Puedo explicarlo.
—Vale. —Se volvió para mirarla, con las palmas extendidas sobre los muslos, luchando por mantener la calma. Fuera lo que fuese... quizá estaba siendo sincera. Quizá no había motivo para preocuparse. La dejaría explicarse.
—Conocí a tu padre... la noche que te conocí a ti —dijo ella—.
Después de que bailamos. Se me acercó y...
bueno, me pidió que pasara tiempo contigo.
Dijo que le caía mejor que las mujeres con las que solías salir, y quería que yo...
que te mantuviera alejado de los problemas hasta el lanzamiento del producto.
Tenía el rostro pálido mientras hablaba. No podía mirarlo.
Elijah se sintió tambalear, como si fuera a caerse de la silla. —¿Has estado viéndome, todo este tiempo, porque mi padre te lo pidió?
Levantó la cabeza de golpe. —¡No todo este tiempo! ¡Para nada! En cuanto me di cuenta de que tenía sentimientos por ti, sentimientos de verdad, contacté con él y le dije que el trato había terminado, y que no iba a aceptar su dinero.
A Elijah se le revolvió el estómago. —¿Te estaba pagando por hacer esto?
—Elijah, por favor, escúchame. Hace mucho que no es así.
Fui a su oficina antes de que empezara todo esto para intentar conseguir un préstamo para mi empresa, eso fue todo.
Me lo denegó. Pero luego dijo que si pasaba tiempo contigo reconsideraría el préstamo.
Era un intercambio de favores, no era...
no era que me estuviera pagando por salir contigo...
Elijah se puso de pie y empezó a caminar de un lado a otro. —¿Y el bebé?
—¿Qué pasa con el bebé? —susurró ella, llevándose la mano al vientre en un gesto protector.
—¿Eso también formaba parte del plan? ¿Mi padre te dijo que...?
—¡No! Por supuesto que no. Elijah, ¿de verdad crees que sería capaz de hacer algo así?
Ella temblaba. Ya no lloraba; parecía haber agotado las lágrimas.
Se dejó caer de nuevo en el asiento. Una parte de Elijah quería acercarse a ella y consolarla, rodearla con sus brazos y asegurarle que todo iba a salir bien, que por supuesto sabía que ella nunca sería capaz de quedarse embarazada a propósito para atraparlo o engañarlo.
Pero la imagen del nombre de su padre en la bandeja de entrada de ella no dejaba de aparecer en su mente.
¿Podía pedirle que le enseñara los correos? No podía hacer eso, ¿verdad?
Creo que tendría todo el derecho a hacerlo. Pero nunca podría olvidar lo que descubriera, y no sé si estoy preparado para ver lo que hay en esos correos.
—Tengo que irme —dijo con sequedad.
—Elijah. —Pudo oír el temblor en su voz. Le atravesó el corazón como un cuchillo.
—No, necesito irme —le dijo—. Necesito tiempo, Stephanie. Necesito pensar en todo esto.
—¿Me... me llamarás?
—Lo haré —dijo él. Por supuesto que tendrían que volver a hablar, al menos una vez más. No podía desaparecer de su vida sin más. Tenía una responsabilidad con ese niño, aunque...
Su mente no fue capaz de completar el pensamiento.
Se volvió hacia la puerta y salió a toda prisa.