CAPÍTULO 16
STEPHANIE
—Se acabó, Oliver.
Hubo un largo silencio al otro lado de la llamada.
—¿Qué quieres decir exactamente con eso? —preguntó Oliver Norcross.
—Quiero decir que no quiero seguir haciéndolo —dijo Stephanie, armándose de valor.
Sabía que esto sería difícil. Estaba preparada.
—Ya no quiero seguir colaborando contigo para mantener a Elijah alejado de los problemas. Doy por terminada mi participación, con efecto inmediato.
—¿Y qué pasa con las conversaciones que tuvimos sobre aumentar tu préstamo? —dijo él—. ¿Ya no quieres la bonificación que puedo ofrecerte? Puedo hacer que te merezca la pena, Stephanie. Sabes que puedo.
—Sé que puedes —respiró hondo—. No, ya no lo quiero.
—¿Es por la cantidad? Puedo ofrecer más, si ese es el problema —se rio—. No esperaba que te pusieras a negociar tan pronto, debo decir.
—No es el dinero —dijo ella—. De hecho, ya no quiero el dinero. Nada. Ni siquiera el préstamo original que acordamos.
Era la mejor manera —la única— que se le ocurría para tranquilizar su conciencia. Lo que le había hecho a Elijah era una traición, pero aún estaba a tiempo de borrarlo. Podía negarse a beneficiarse de ello, y entonces sería como si nunca hubiera ocurrido.
—No lo dices en serio —dijo Oliver.
—No —respondió Stephanie—. Sí lo digo en serio. Te agradezco la oferta, pero no me siento cómoda con que mi empresa triunfe gracias a algo así. Quiero conseguirlo por mis propios méritos.
—Te he dicho que así es como funcionan los negocios —dijo Oliver.
Sonaba exasperado.
—Yo tengo algo que tú necesitas. Tú tienes algo que yo quiero.
Intercambiamos. Así de simple. Lo estás complicando innecesariamente con tantas idas y venidas.
Cumpliste con tu parte del trato. Aunque quieras que el acuerdo termine, tienes derecho a lo que acordamos en un principio, y yo no soy de los que se retractan de un acuerdo.
—Estoy segura de que no —dijo Stephanie—. Pero no voy a aceptar el pago. He tomado mi decisión. He terminado con todo esto y pienso dejarlo atrás ahora mismo.
Él se quedó callado un momento.
—¿Te importaría decirme qué ha cambiado? —preguntó al fin.
—Yo —le dijo ella.
Era la mejor explicación que podía darle.
—He estado pensando —dijo Elijah.
Iban en el coche de camino a un club de jazz en las afueras, un lugar donde, según él le había prometido, no había ninguna posibilidad de que los reconocieran.
Stephanie confiaba en ello, pero también estaba emocionada con solo estar en el coche con él.
No lo había visto desde la cena en casa de él, dos días atrás.
La última vez que habían estado tan cerca, ella había estado desnuda en su cama.
Sentada allí con él, era imposible no imaginar que esa noche terminaría de la misma manera. Y esta vez, como había roto formalmente con su padre, por fin podría disfrutarlo de verdad.
«No más mentiras. Por fin, las cosas entre nosotros son exactamente lo que parecen».
—¿En qué has estado pensando? —le preguntó.
—Hemos salido, ¿qué, seis veces ya?
—O siete —sonrió ante la broma recurrente, y él también se rio.
—Nunca habría pensado que estaría preparado para esto tan pronto —dijo—. Pero estar contigo... no quiero ver a nadie más.
—No —dijo ella en voz baja—. Yo tampoco.
—Así que estaba pensando... bueno, estaba pensando en decirte que quiero ser exclusivo —dijo—. No te estoy pidiendo nada. Haz lo que quieras. Pero yo... no voy a ver a nadie más.
—No, yo siento lo mismo —dijo ella enseguida, sin querer dejarlo en vilo.
Él no se lo había pedido, pero debía de estar preguntándose si ella correspondería, y no quería ponerlo nervioso. Él se había arriesgado por ella.
—No he estado viendo a nadie más desde que te conocí... bueno, desde antes de eso, si te soy sincera —se rio—. Ha pasado un tiempo. Pero lo que quiero decir es que no tengo ningún interés en salir con nadie más. Eres la única persona con la que estoy saliendo, y me encanta hacerlo oficial.
El corazón le dio un vuelco. Era suya, y él era suyo. Cuando todo esto empezó, jamás habría imaginado que acabarían así. Pero ahí estaban.
—Me cuesta creer que alguien tan guapa y encantadora como tú no tuviera citas —comentó mientras aparcaba frente al club—. Creo que te infravaloras.
—No, qué va —dijo ella, y notó que se le encendían las mejillas ante los cumplidos—. Pero es que no estaba intentando tener citas. Seguramente eso tuvo mucho que ver. Me prometí a mí misma que no saldría con nadie hasta que mi empresa despegara, porque sería una distracción demasiado grande.
—¿Y ahora?
Ella se rio.
—Conocí a alguien al que no pude decirle que no. Y créeme, lo intenté.
—Oh, lo sé. Me has rechazado muchas veces. Todavía me asombra que cambiaras de opinión. Supongo que la suerte estuvo de mi lado.
El club era pequeño, tal como Elijah había prometido. Había que pagar entrada, y él pagó por los dos, aunque Stephanie se ofreció a pagar la suya y protestó un poco cuando él se negó. —No puedes seguir pagándolo todo cada vez que salimos.
—La verdad, me hace muy feliz oírte hablar de «cada vez que salimos» —dijo él—. Como si fuera a haber muchas más.
—Espero que las haya.
—Seguro que las habrá. Ven, por aquí. —La llevó a una mesa en la primera fila, se sentaron y pidieron bebidas a un camarero que pasaba.
Los músicos subieron al escenario y empezaron a tocar. El ritmo era rápido y vibrante, y Stephanie se dejó llevar de inmediato. Cada vez que miraba a Elijah, lo veía moverse al mismo ritmo, como si los dos cabalgaran la misma ola. Era extrañamente íntimo y excitante.
La velada pasó volando, pero hubo un momento que se destacó con absoluta nitidez. Se grabó en la mente de Stephanie, y supo que jamás lo olvidaría.
Cuando una de las canciones llegaba a su fin y las últimas notas flotaban en el aire, Elijah alargó la mano por encima de la mesa para tomar la suya. La atrajo hacia él y la besó, a la vista de todos en el club.
Nadie hizo ningún comentario. Nadie dijo nada. En apariencia, no tenía nada de especial. A su alrededor había parejas besándose por todas partes.
Pero lo único en lo que Stephanie podía pensar mientras él la soltaba era en la foto que les habían tomado. Se suponía que este club era relativamente privado, pero nunca se podía tener la certeza de que no te fueran a fotografiar.
Y aun así, él la había besado.
La había besado sabiendo que podría salir en la prensa, que la gente podría especular, que podría convertirse en noticia.
Si se hacía público, la gente se daría cuenta de que seguía viendo a la misma mujer con la que lo habían fotografiado la última vez.
Se darían cuenta de que aquello podría estar volviéndose algo serio.
Y no le había importado.
Y en ese momento, Stephanie tomó una decisión: a ella tampoco le importaba.
Que la gente dijera lo que quisiera. Iba a disfrutar cada minuto con Elijah Norcross.
—¿Te llevo a tu casa? —preguntó Elijah.
Ella entendió lo que le estaba preguntando y vaciló solo un momento. —¿Por qué no vamos los dos a mi casa?
—¿Sí?
—Me gustaría que vieras mi casa. —Sonrió—. Me gustaría enseñártela.
El aire en el coche se cargó de tensión durante el resto del trayecto. Apenas hablaron. Ella le fue indicando el camino; él ya había estado allí, por supuesto, pero solo a pie, y además, intuía que sus pensamientos estarían tan revueltos y dispersos como los suyos.
Ojalá sea así. Ojalá su mente esté dando vueltas. Ojalá no sea la única que siente que todos los nervios de mi cuerpo vibran.
Pareció tardar una eternidad en llegar a su piso. Pero al mismo tiempo, en un abrir y cerrar de ojos ya estaban bajando del coche. Stephanie rebuscó torpemente las llaves en el bolso.
Elijah, por lo visto, no quería esperar.
La atrajo hacia las sombras junto al edificio y la arrinconó contra la pared, con las manos apoyadas a cada lado de ella. —Me has vuelto loco toda la noche —le susurró al oído.
Stephanie sintió que se derretía. —¿Qué ibas a hacer si no te invitaba a subir?
—Arder. —Se inclinó más, hasta que su frente tocó la de ella. Sus cuerpos estaban tan cerca que Stephanie sentía que respiraban al unísono.
—¿No crees que deberíamos entrar?
—He estado pensando en esto todo el camino —dijo, y la besó.
Fue profundo y poderoso. Embriagador. Un beso capaz de arrastrarla. Respiró su aroma almizclado y le rodeó el cuello con las manos, atrayéndolo más hacia ella. Más adentro. Él emitió un gemido de placer contra su boca, y por un momento Stephanie casi olvidó que era humana.
Lo único que importaba era esto. Las sensaciones que recorrían su cuerpo. Cómo sus instintos la empujaban cada vez más cerca de él, hasta sentir que no podía separarse. La marea creciente de su necesidad de más, más, más…
Se apartó y lo empujó.
Él la miró como si fuera la criatura más fascinante del mundo.
—Adentro —dijo sin aliento—. Tengo vecinos.
Él asintió.
Ella observó cómo él apretaba los puños y los soltaba mientras buscaba las llaves. Abrió la puerta, entraron, la cerró tras de sí...
Al instante, él volvió a estar sobre ella, explorando con las manos y la boca cada centímetro a su alcance.
Esta vez, ella no lo apartó.
Despertó horas más tarde en el suelo del salón, donde se había quedado dormida después de hacer el amor. Elijah seguía durmiendo a su lado, con un brazo pesado sobre ella. No intentó apartarlo; no tenía ningún deseo de alejarse de él. Se quedó allí tumbada, mirando el techo en la oscuridad.
Había superado la culpa. De verdad que sí.
Pero ahora, sola en esta hora de silencio, la culpa intentaba abrirse paso de nuevo hasta su corazón.
Sí le había mentido. Sus mentiras eran los cimientos de todo lo que existía entre ellos. Toda esta hermosa noche se había construido sobre ese engaño.
Olvídalo. Hiciste lo correcto. No aceptaste el dinero de Oliver. Si lo hubieras aceptado, esas mentiras importarían, pero como no lo hiciste, es como si nunca hubiera pasado.
Quería creerlo. Quería que fuera verdad.
Pero era como si sus secretos hubieran dejado un vacío en la boca del estómago, algo que le costaba olvidar.
Respiró hondo, cerró los ojos y se giró de lado para que el rostro le quedara a la altura del pecho de Elijah. Era tan poderoso. Tan fuerte. Pero le había permitido ver las inseguridades que lo atormentaban.
Jamás puede enterarse de que fue la intromisión de su padre en su vida lo que nos unió. Le causaría demasiado dolor saberlo.
Con el tiempo, la culpa se desvanecería. Estaba segura de ello.
Hasta entonces, seguiría cargando con ella. Podía soportarlo.
Al fin y al cabo, si aferrarse a un poco de culpa le permitía tener momentos como aquel, era un precio que estaba dispuesta a pagar.