Un bebé para el playboy (Multimillonarios de San Valentino) CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

STEPHANIE

—Ya tengo las entradas —anunció Elijah, mostrándolas en alto—. ¿Segura de que quieres hacer esto?

—¿Por qué? —Stephanie le sonrió—. No me digas que te dan miedo las norias.

—No, pero esta es la segunda más grande de la costa oeste —señaló él—. No es poca cosa. Vamos a subir bastante alto. No vaya a ser que te pongas nerviosa.

Había vuelto su sonrisa arrogante de siempre, y ella se alegró de verla.

Era un alivio saber que no seguía molesto por lo que había hecho su padre.

—No te preocupes —dijo—. Me encantan las alturas.

Y las atracciones. Además, desde allí arriba podremos ver todo San Valentino, ¿no te parece divertido?

Tiró de él hacia la fila. Estaba coqueteando y lo sabía: le tocaba la mano, se reía de lo que él decía aunque no fueran chistes.

Sentaba bien soltarse un poco con él, permitirse dejar de preocuparse por las apariencias y por lo que todo significaba.

Si Oliver supiera que estaban aquí, no lo aprobaría, y de alguna manera eso la había liberado.

Lo que pasara esa noche no formaba parte del acuerdo.

Lo que pasara esa noche era real, era cosa de Elijah y de ella.

Ni siquiera le contaría a Oliver esta salida.

Lo guardaría entre los dos, y sería solo suyo.

Esperaron en la fila hasta que la noria gigante se detuvo y el operador les hizo señas para que avanzaran. Abrió la puerta de la góndola, los hizo pasar y cerró con pestillo tras ellos. El mundo desapareció.

Stephanie contuvo el aliento. Había dicho la verdad: no es que le tuviera miedo a las alturas exactamente. Aun así, la rueda se movía más rápido de lo que esperaba, y se aferró al borde del asiento un momento mientras recuperaba el equilibrio.

Elijah miraba por la ventana el suelo que se alejaba. Su buen humor lo había abandonado tan rápido como había llegado. Había vuelto a ensimismarse, y ella estaba segura de que pensaba en su padre, en la discusión que habían tenido y en que le habían cancelado el discurso.

Ojalá supiera qué decir para animarlo.

—De verdad tenía muchas ganas de escuchar tu discurso —le dijo al fin—. Creo que habría estado muy bien.

—Bah, tampoco era para tanto.

—Pero pareces decepcionado por no haberlo dado.

Se encogió de hombros. —Ya te lo dije, no me importa tanto. Solo me da rabia haber perdido el tiempo escribiéndolo, eso es todo.

Ella esperó. Eso no era todo. Lo notaba. Había más, y si se quedaba callada, quizá él seguiría hablando.

Elijah suspiró. —Es que siempre hace lo mismo.

—¿Pedirte que escribas discursos?

—No, discursos no... no necesariamente. El discurso me da igual, de verdad.

Es cómo me mira, ¿sabes? Las cosas que dice.

Canceló mi discurso porque estaba convencido de que iba a decir o hacer algo que lo avergonzara.

Pero no habría sido así. Iba a estar bien.

Puede que hasta le hubiera gustado, si le hubiera dado una oportunidad.

—Se pasó una mano por el pelo—. Eso es lo que me fastidia.

Siempre parte de la base de que voy a decepcionarlo.

Simplemente da por hecho que eso es lo que va a pasar.

—¿Siempre? —A Stephanie se le revolvió el estómago.

¿Era eso cierto? Quizá había juzgado la situación con demasiada precipitación.

Vale, Elijah era un poco mujeriego, y desde luego no había tardado nada en intentar seducirla.

Pero eso no lo convertía en mala persona.

Y sin embargo, cuando su padre le había explicado que necesitaba a alguien que lo vigilara y evitara que se metiera en líos, ella lo había aceptado sin más.

Había asumido ese papel sin permitirse pensar que tal vez Oliver Norcross estaba subestimando a su hijo.

No es asunto mío... ¿o sí?

Antes no lo habría sido. Cuando todo esto empezó, no habría podido formarse una opinión sobre si Oliver Norcross estaba siendo justo con Elijah.

No tenía nada que ver con ella. Pero ahora sí importaba.

Le gustara o no, había elegido bando al aceptar el trato de Oliver.

Y ahora, por primera vez, se preguntaba si había elegido el bando equivocado.

La noria se detuvo con una sacudida, dejándolos suspendidos en lo más alto. La góndola se mecía despacio de un lado a otro. Elijah contemplaba el mundo allá abajo.

—Sé que es una tontería —dijo al fin—. Sé que no debería importarme.

Pero... no puedo evitarlo. Quiero que esté orgulloso de mí.

Quiero que piense que estoy llevando una buena vida, y que no dude de todas mis decisiones.

Tal como están las cosas, siento que se estremece cada vez que entro en una habitación.

Me mira como si fuera un cartucho de dinamita a punto de explotar y arruinarle la vida.

—Sacudió la cabeza—. No soy el hijo que ese hombre quería, eso seguro.

—Pero no entiendo por qué —dijo Stephanie—. ¿Qué problema tiene contigo? ¿Por qué está tan descontento?

—Quería a alguien serio y con mentalidad empresarial para que se hiciera cargo cuando se jubilara —explicó Elijah—.

Creo que todavía quiere que lo haga, pero está claro que duda de si soy capaz.

A veces me pregunto si se habría jubilado hace años de haber pensado que estaba a la altura.

Sé que ni de lejos está preparado para dejar la empresa en mis manos.

—¿Pero tú sí la quieres? —le preguntó.

—Quiero que él piense que podría llevarla, eso es todo —dijo—. Que la quiera o no... casi da igual. Él piensa que voy a hundirla.

—Metafóricamente, espero. —Intentaba bromear, pero no le salió como esperaba. Él le dedicó una leve sonrisa, pero nada más.

Stephanie se inclinó hacia delante, apoyando los codos en las rodillas.

El movimiento hizo que la góndola se balanceara ligeramente, y Elijah se inclinó también para equilibrarla.

Parecía haberlo hecho sin pensarlo, pero Stephanie tomó conciencia de inmediato de lo cerca que estaban.

Percibía su olor, cálido y almizclado, y por primera vez, quiso besarlo.

Si voy a hacerlo alguna vez, debería ser esta noche. La noche en que nada cuenta, en que no importa lo que diría su padre. Esta noche tengo permiso para hacer lo que quiera. O al menos, eso creo.

Pero no podía. Habría sido deshonesto, y eso, por alguna razón, importaba más esta noche que nunca. Se echó hacia atrás rápidamente, decidida a no dejarse arrastrar más por el momento.

La noria comenzó a moverse de nuevo. Aquello pareció romper el hechizo, y ella suspiró aliviada. Elijah volvió a apartar la mirada.

—No lo sé —murmuró—. Ojalá hubiera una forma de demostrarle que no soy lo que él cree. Que soy mejor que eso, aunque no sea el hijo perfecto que esperaba. No soy su reflejo, pero eso no significa que sea un completo fracaso, y me gustaría que lo viera. Nada más.

—Dale tiempo —sugirió Stephanie, sintiéndose impotente—. Quizá lo haga.

Pero Elijah tenía razón. Lo que describía... era exactamente como su padre había hablado de él. Ahora sabía que Elijah no lo veía así. Creía estar más centrado de lo que Oliver pensaba. Pero ella no podía estar segura de cuál de los dos tenía razón.

Descendieron hasta la base de la noria. La atracción se detuvo y el operador abrió la puerta.

—¡Espero que hayan disfrutado del paseo! —dijo con una sonrisa radiante.

Salieron. Stephanie buscó algo que decir, pero no encontró nada. Fue Elijah quien encontró las palabras.

—¿Bajamos a la playa? —le preguntó—. ¿Damos un paseo?

—Me gustaría —aceptó ella.

Él se acercó más y le tendió la mano. Ella solo dudó un instante antes de tomarla.

Allí estaba oscuro. Al alejarse del muelle y adentrarse en la arena, se volvió imposible ver nada.

La luz de la luna brillaba sobre el agua, pero no alcanzaba a iluminar sus manos, y aunque Stephanie sentía la palma de él contra la suya y sus dedos envolviéndole el dorso de la mano, el no poder verlo lo hacía parecer menos real, de algún modo.

Era una sensación muy agradable. Habría sido fácil imaginarse así durante mucho tiempo, caminando por la playa de la mano. Olvidándose del resto del mundo, de todo lo que complicaba su relación.

Allí, en la oscuridad, Stephanie se permitió dejar de lado a la persona que había actuado a espaldas de Elijah y había hecho un trato con su padre. La persona que lo había —ahora podía pensar la palabra, una vez que se había distanciado de ella— traicionado.

Sí, lo había traicionado. Y seguía haciéndolo cada momento que no le contaba la verdad sobre cómo y por qué habían acabado allí juntos.

Pero ¿cómo iba a decírselo? ¿Cómo podía contarle eso ahora, cuando ya estaba tan dolido por la falta de fe de su padre?

¿Cómo se sentiría al saber que ella no era más que otra prueba de esa desconfianza?

No, no podía decírselo. Lo haría solo para aliviar su propia conciencia, no porque fuera lo mejor para él.

Quizá. Quizá fuera cierto. Aunque también cabía la posibilidad de que estuviera usando eso como excusa, porque sabía perfectamente que él no querría saber nada de ella en cuanto descubriera la verdad. La rechazaría sin contemplaciones.

Qué extraño le parecía ahora que, hacía solo unos días, hubiera estado deseando que llegara esta noche para poder dejar de verlo. Y ahora, de pronto, no quería que aquello terminara.

Quizá era porque esa noche había descubierto una faceta nueva de él. Era imposible escuchar aquellas inseguridades y no empezar a verlo como alguien más humano y, en consecuencia, sentirse más atraída por él.

O quizá no fuera eso en absoluto. Quizá era simplemente el hecho de estar caminando juntos por la playa, de la mano, escuchando el murmullo de las olas, contemplando la luz de la luna. Quizá eso era lo que hacía que Stephanie sintiera que Elijah era alguien a quien no quería soltar.

Él se detuvo y miró hacia el agua.

—Siempre me ha encantado la luna —dijo en voz baja—. De niño, quería ser astronauta.

—¿De verdad? ¿Qué pasó con esa idea?

Resopló.

—Mi padre me dijo que los astronautas tenían que sacar sobresalientes —explicó—. Y yo sacaba sobresalientes y notables. No bastaba. Claro que entonces estaba en segundo de primaria, así que probablemente habría podido mejorar esas notas antes de llegar a la astrofísica.

Se encogió de hombros.

—Al final medí metro ochenta, así que de todos modos no creo que hubiera podido ser astronauta.

—Pero no tenía que desanimarte —murmuró Stephanie.

Elijah seguía con la mirada fija en el agua.

—Eso es lo que nunca he tenido claro. ¿Me está desanimando o simplemente es realista?

No voy a mentirte, Stephanie: no siempre he sido la persona más fiable del mundo.

No he sido precisamente un ejemplo de buena conducta.

Mi padre tiene sus razones para no confiar en mí.

Creo que les da demasiada importancia, pero eso no significa que no existan.

—No lo sé.

—Todos tenemos nuestros momentos —le dijo Stephanie—. Todos hemos hecho cosas que desearíamos haber hecho de otra manera, cosas que dificultan que los demás confíen en nosotros.

Desde luego, eso era muy cierto en su caso.

Solo podía esperar que Elijah encontrara la manera de seguir confiando en ella cuando descubriera lo que había hecho. Pero las probabilidades eran escasas, y lo sabía.

Lo más probable era que se hubiera abocado a una decepción. Y ahora Stephanie se preguntaba si la promesa de financiación para SilkSoft merecía realmente tanto sufrimiento.