CAPÍTULO 9
ELIJAH
—No sabes lo raro que es que me haya dejado traer acompañante —murmuró Elijah a Stephanie—. Por cierto, ¿necesitas otra copa?
Ella miró la copa de champán que tenía en la mano y luego alzó la vista hacia él.
—Creo que con esta tengo hasta el discurso de tu padre —dijo.
—No te confíes. Es capaz de hablar durante horas.
Ella sonrió, pero había algo distante en esa sonrisa, como si estuviera pensando en otra cosa. Quizás no debería haberla traído. Dios sabía que él no quería estar allí.
—No será tan malo —le aseguró—. Esperaremos a que termine y luego tendré que posar para unas fotos. Puedes esconderte en el baño mientras tanto si no quieres salir en ellas. Creo que él quiere que salgas, pero no tiene por qué decidir por ti.
—No me importa salir en un par de fotos —dijo Stephanie—. Pero tú decides. Sabes que cuando salgan, la gente va a decir que soy tu novia.
—Creo que la gente ya lo está diciendo —dijo con una sonrisa.
Habían hablado de la foto del tabloide en su última cita, un almuerzo en un sitio de sopas y ensaladas que Stephanie había elegido.
No tan elegante como lo del partido de baloncesto y el asador, pero le gustaba que ella se hubiera animado a elegir—. ¿Eres mi novia?
—No me lo has pedido —señaló ella.
—¿Y si te lo pidiera?
Ella lo miró con aire evaluador.
—No lo sé —dijo—. Creo que dependería de por qué me lo pidieras. El contexto lo es todo. ¿Nos acercamos un poco más? No quiero perderme el discurso de tu padre.
Él la observó alejarse. Lo tenía vuelto loco, y era emocionante.
El mero hecho de tener que esforzarse tanto por ella era diferente, y le gustaba.
Estaba acostumbrado a mujeres que se lo ponían fácil, mujeres deslumbradas por su riqueza y su estatus que no sentían la necesidad de hacerse las difíciles.
Es más, tenía la sensación de que Stephanie no estaba fingiendo en absoluto: era difícil de conseguir.
Eso hacía que quisiera ganarse su aprobación aún más.
Si alguna vez aceptara formalizar lo nuestro, sería el mayor triunfo romántico de mi vida.
Todo lo que había sucedido desde que conoció a Stephanie había sido un torbellino de sorpresas.
Todavía no se había recuperado del todo de cómo ella había rechazado sus avances aquella primera noche.
Eso debería haberlo ofendido, debería haberlo disuadido de volver a hablarle, pero en cambio, se descubrió deseando pasar aún más tiempo con ella.
Cuando ella volvió a aparecer en su vida en el gimnasio, estaba ansioso por acercarse y pedirle una cita, fascinado por el desafío de conquistarla.
Cuando su foto apareció en los tabloides, la guardó en el móvil, a pesar de que no debería haberle importado tanto.
A pesar de que le habían sacado fotos con docenas de mujeres en el pasado.
Esta era diferente por alguna razón que no lograba identificar. Esta vez, valía la pena guardarla.
Y ahora su padre le había pedido —no solo permitido, sino pedido— que la trajera al lanzamiento de la nueva aplicación bancaria.
De verdad quería que ella estuviera allí.
No porque creyera que Stephanie era la novia formal de Elijah: la prensa podría estar vendiendo esa historia, pero su padre no era tan ingenuo como para pensar que Elijah estaba de repente en una relación seria.
Le cae bien. Eso es: por eso la invitó. Le gusta que esté saliendo con ella. Quiere que siga así.
Era curioso, porque normalmente ese tipo de cosas habrían bastado para que Elijah dejara a una mujer.
Si había algo en este mundo que no buscaba, era la aprobación de su padre en su vida amorosa.
Y el hecho de que Stephanie le cayera bien a su padre bastaba para que Elijah se preguntara, solo por un momento, si quizás debería verla con otros ojos.
Ella se volvió y le hizo señas para que se acercara.
Elijah apuró el champán que le quedaba, dejó la copa en una mesa y fue hacia ella.
Oyó murmullos a su paso, pero hizo todo lo posible por ignorarlos.
Siempre había sabido que ese día estaría lleno de expectativas, de gente que lo acribildiaría a preguntas.
Querrían saber si estaba orgulloso de los logros de su padre, qué papel había tenido en el desarrollo de la nueva aplicación, si pensaba suceder a su padre y, de ser así, cuándo...
Elijah estaba harto de esas preguntas. Agradecía profundamente la presencia de Stephanie.
Si alguien se acercaba, podría desviar la conversación presentándole a la hermosa mujer que llevaba del brazo.
Nadie podría interrogarlo sobre sus planes para la empresa de su padre: estarían demasiado distraídos con Stephanie. Y de eso sí que le apetecía hablar.
—Creo que está a punto de empezar —le susurró ella—. Oye, gracias por traerme. Me alegro de poder ver todo esto: parece un momento único en la vida.
—Ojalá lo fuera —murmuró Elijah—. He perdido la cuenta de cuántos de estos he aguantado. Pero me alegro de tenerte aquí. Sin duda es menos pesado con buena compañía.
Ella le sonrió y se llevó un dedo a los labios.
Quería indicar que debían guardar silencio, pensó él, que su padre estaba a punto de hablar y debían escuchar.
Pero también le había llamado la atención hacia sus labios.
No era la primera vez que se preguntaba cómo sería besarla, y si ella se lo permitiría.
No sé si puedo soportar otro rechazo de esta mujer... pero a la vez, vivo esperando el momento en que ceda. Cuando por fin me abra una puerta. Un beso podría ser ese momento. Quizás más tarde, después del evento...
Entonces su padre subió al escenario y se acercó al micrófono, y se volvió imposible pensar en besar a nadie.
El discurso de Oliver Norcross fue el de siempre, autocomplaciente disfrazado de falsa humildad.
No podría haber logrado ninguna de las grandes cosas que había hecho en su vida, insistía, sin los don nadie que lo rodeaban.
No sería el maravilloso y exitoso héroe que era si no tuviera buenos peones trabajando para él.
Todo aquello agotaba a Elijah. Lo había oído demasiadas veces.
Pero todos los demás en la sala o fingían mejor que él o estaban genuinamente impresionados.
Mientras escuchaba, Elijah se descubrió deseando que sus reacciones fueran genuinas.
Eso los convertiría en crédulos, pero al menos no serían mentirosos.
Empezaba a darse cuenta de que no soportaba a los mentirosos.
Eso es lo que mi padre quiere que sea: alguien que finja apoyarlo y ser dócil para guardar las apariencias. Y no pienso hacerlo. Por mucho que sé que lo detesta, siempre seré fiel a mí mismo.
El discurso terminó. A su alrededor, la gente rompió a aplaudir. Elijah se volvió hacia Stephanie.
—¿Quieres salir de aquí?
Ella enarcó las cejas.
Oyó sus propias palabras como debió de oírlas ella.
—No en ese sentido —se corrigió—. Solo quería decir que no sé si me apetece quedarme para todo el paripé de saludos y palmaditas en la espalda. Podríamos escabullirnos por detrás e ir a hacer algo más divertido.
—¿No tienes que dar un discurso? —le preguntó ella. Había estado repasando sus fichas de camino, y por supuesto ella se había fijado—. Pensé que ibas a decir algo. Felicitar a tu padre por su éxito.
—Iba a hacerlo —dijo Elijah—. Pero no creo que le importe si me lo salto, la verdad.
Escuchar a su padre se lo había dejado claro. El hombre hablaba por sí solo. No necesitaba que otros le dijeran cosas halagadoras. Eso no le importaba.
—Me gustaría quedarme —dijo ella—. Fue un detalle que tu padre me invitara. No quiero hacerle un feo marchándome así.
—Ni siquiera se dará cuenta —dijo Elijah—. Si algo caracteriza a mi padre es que... no se fija en los demás.
Ella lo miró. Su rostro se suavizó ligeramente.
—De acuerdo —dijo—. Podemos irnos si quieres.
Pero había decepción en su voz, y Elijah vaciló.
—Realmente quieres quedarte.
—Hay mucha gente importante aquí —dijo Stephanie—. Esperaba aprovechar para conocer a algunos. Para hacerme un nombre de una forma que aún no he conseguido. Y además, tenía ganas de escuchar tu discurso, Elijah.
Eso sí que no se lo esperaba.
—¿De verdad?
—Claro —dijo ella—. Me gusta oírte hablar. Tienes puntos de vista interesantes y eres gracioso. Seguro que tu discurso iba a ser mucho mejor que el de tu padre... aunque, por favor, no le digas nunca que he dicho eso.
Una sonrisa pugnó por asomar a sus labios.
—No se lo diré —le aseguró.
Ella se mordió el labio.
—Pero si te está haciendo sentir tan incómodo, podemos irnos.
—No, no hace falta —dijo él, y le sorprendió descubrir que no estaba nada frustrado.
Le estaba agradecido. Había sido sincera sobre lo que quería.
Y, en realidad, no era tanto pedir. El mero hecho de que estuviera allí ya era un favor enorme, algo que no tenía ninguna obligación de hacer. Él podía ofrecerle esto a cambio.
Y que de verdad quisiera escuchar su discurso... eso significaba muchísimo para Elijah. Le hizo darse cuenta de que no había esperado sentirse más que tolerado ese día. Si alguien realmente quería escuchar lo que tenía que decir...
—De acuerdo —dijo—. Nos quedaremos un rato.
Ella enarcó las cejas.
—¿En serio? ¿No te importa?
—Oh, me importa y mucho —dijo con una sonrisa burlona—. Pero si necesitas un rato para hacer contactos, puedo aguantarlo. Quizá después de conseguir otra copa.
—No tardaré mucho —prometió—. Y luego podemos salir y hacer algo divertido. Podemos ir a ese bar del que me hablabas, si quieres.
Él asintió.
—Sería una buena forma de terminar la noche, si te apetece.
—Por supuesto. Déjame saludar a unas cuantas personas.
Ella le tomó la mano un momento. Elijah volvió a preguntarse cómo sería besarla. ¿Y si lo intentaba aquí y ahora? Su padre no lo aprobaría, desde luego, pero su padre nunca aprobaba nada de lo que hacía. La pregunta más importante era: ¿qué diría Stephanie?
Ella lo observaba atentamente, y por un momento, habría jurado que su mirada se desvió hacia sus labios. ¿Era posible que ella también estuviera pensando en besarlo? ¿Que también se preguntara cómo sería, si tendría el valor de hacerlo? ¿Si debería?
Quizá debería sacarla de esta sala de conferencias y llevarla al pasillo, donde todo estaría tranquilo. Donde tendrían la paz necesaria para aclararse sin tanta gente mirando.
Se le ocurrió que no había vivido un solo momento de su vida sin que la gente lo observara.
Era su eterna maldición, algo de lo que nunca podía escapar.
Y sin embargo, de alguna manera, Stephanie le hacía olvidarse de todo eso.
Se había sorprendido cuando los fotografiaron en el partido, aunque no debería haberle sorprendido en absoluto.
Debería habérselo esperado desde el momento en que se sentó.
Soltó su mano.
Parte de la diversión de todo esto era poder liberarse de la sensación de ser escrutado.
No había nada escandaloso en Stephanie, nada que hiciera que la gente enarcara las cejas y murmurara que Elijah Norcross estaba haciendo de las suyas otra vez.
Y la verdad era que le gustaba eso de ella.
Le gustaba sentirse libre de los juicios y las expectativas ajenas, saber que quien tuviera algo malo que decir esta vez solo estaría revelando su propia ignorancia.
Stephanie era buena. Era pura, hasta la médula, y aun así había elegido pasar su tiempo con él. No iba a estropear eso besándola delante de toda esta gente y dando pie a los cotilleos.
—Ve a hablar con la gente —dijo con una sonrisa alentadora—. Te esperaré aquí.
Stephanie asintió. Por un momento vaciló, pero luego se dio la vuelta y se alejó deprisa, y Elijah se quedó solo, viéndola marchar.