CAPÍTULO 7
ELIJAH
—Eso es un salto a dos —explicó Elijah—. Mira, la flecha de posesión favorece a los Vipers, así que nos quedamos con el balón. Por eso todo el mundo está aplaudiendo.
Stephanie le dirigió una sonrisa burlona.
—Sé lo que es un balón retenido —le dijo—. Cuando me invitaste a salir, te dije que me gustaba el baloncesto, ¿recuerdas?
Era cierto. Elijah lo recordaba, pero en el calor del momento había vuelto a caer en un viejo hábito.
Ya había traído mujeres a partidos de los Vipers antes y estaba acostumbrado a tener que explicar lo que pasaba en la cancha, aunque nunca había sabido con certeza hasta qué punto las mujeres que traía realmente no entendían o cuándo fingían para hacerlo sentir listo e interesante.
Todo el mundo sabía lo que era un triple, y sin embargo había vivido muchas veces la escena de mujeres agarrándole del brazo y señalando el marcador para preguntarle si había habido algún error.
Le gustaba que Stephanie no hiciera eso. No le atraía nada una persona que se empequeñecía a propósito para complacer a los demás.
El partido estaba llegando a su fin. Quedaba menos de un minuto y Stephanie estaba inclinada hacia delante, con los codos apoyados en las rodillas.
Iba bien vestida para la ocasión, con una blusa negra con volantes y pantalones negros.
Había logrado encontrar el equilibrio perfecto entre ropa apropiada para el estadio y algo lo bastante elegante para cenar después del partido.
Una vez más, era distinta de la mayoría de las mujeres que traía al estadio, que solían ponerse vestidos de cóctel pensando en adónde irían después.
El tiempo se acabó. Los Vipers iban por delante y lograron mantener la ventaja gracias a la última posesión que les habían concedido. Cuando sonó la bocina, ganaban por dos puntos.
Stephanie soltó un grito de alegría, se puso de pie y empezó a vitorear.
No dejaba de impresionarlo. Él se levantó a su lado y gritó a los jugadores mientras salían corriendo de la cancha. Luego, cuando la multitud empezó a recoger sus cosas, se volvió hacia ella.
—¿Todavía te apetece cenar? —preguntó—. ¿No estás cansada ni nada?
—Podría comerme un caballo después de tanta emoción —aseguró—. ¡Qué partido! No recuerdo la última vez que vi algo tan reñido. En la segunda parte hubo un momento en que me preocupé de verdad. Pensé que se les escapaba, pero aguantaron.
—Sí —coincidió Elijah. La tomó del brazo mientras se abrían paso entre la multitud que se dirigía hacia las puertas.
Por un momento pensó que ella se soltaría, pero no lo hizo; incluso se apoyó en él cuando la masa de gente los apretujó.
Él los guió hasta la puerta, la empujó y salieron, bañados por la luz de la luna.
Cuando habían entrado en el estadio aún había sol, y por un momento sintió la desorientación de que el mundo hubiera cambiado mientras él no prestaba atención.
—¿Adónde vamos? —preguntó ella.
—Conozco un buen asador cerca de aquí, si te apetece —dijo—. Podemos ir andando.
Ella asintió.
—Me apunto —dijo.
Él siguió sujetándola del brazo, prometiéndose que la soltaría si ella intentaba apartarse, pero no lo hizo.
El corazón le latió un poco más rápido. Por supuesto que lo sabía —sobre todo después de su encuentro en el gimnasio—: la resistencia que ella le había mostrado en la ceremonia de premios no se basaba en nada real.
Aun así, era estupendo tener confirmación de ello, y no pudo evitar preguntarse qué más le depararía la noche.
¿Conseguiría llevársela a casa esta vez?
Estaba decidido a no hacer la pregunta. Si iba a pasar algo, ella tendría que proponerlo.
Aunque entendía por qué le había dicho que no antes, no pensaba exponerse a un segundo rechazo.
Si ella quería que pasara algo entre ellos, tendría que pedirlo.
Y lo haría, tarde o temprano, por supuesto, y cuando eso ocurriera él le daría encantado todo lo que pidiera.
Pero de momento, la cena. Llegaron al asador y él abrió la puerta para que ella entrara primero. Se acercó a la recepcionista y le dedicó una sonrisa.
—Elijah Norcross —dijo—. Tengo una reserva.
—¿Tienes una reserva? —repitió Stephanie, mirándolo fijamente.
—Por supuesto. No es fácil conseguir mesa en este sitio.
—Hace diez minutos me preguntaste si quería venir aquí —señaló ella.
—Hice la reserva esta mañana.
—¿Y si hubiera dicho que no? —preguntó, arqueando una ceja—. ¿Y si te hubiera dicho que prefería un puesto de tacos?
—Pues habríamos ido a un puesto de tacos —le dijo sin más—. No pasa nada. Habría mandado un mensaje para cancelar la reserva. Pero no pensé que fueras a decir que no.
—Nunca piensas que nadie va a decirte que no, ¿verdad?
Él le sonrió.
—La gente normalmente no lo hace.
Los acompañaron a una mesa. Él le retiró la silla y ella se sentó con cierta torpeza, como si no estuviera acostumbrada a esos gestos.
Quizá no lo estaba. Quizá no había mucha caballerosidad en su vida.
Sería una pena que fuera así. Le dio lástima.
Haría un esfuerzo extra para que lo pasara bien esa noche.
El camarero les entregó un menú a cada uno.
—Pide lo que quieras —le dijo Elijah a Stephanie—. Invito yo. ¿Empezamos con un poco de vino?
—No me importaría.
Pidió un vino que sabía que iría bien con la carne. Cuando hubieron pedido y les retiraron los menús, se inclinó sobre la mesa apoyándose en los codos y la miró.
—Lo estoy pasando muy bien —dijo.
Ella asintió.
—Yo también. Mejor de lo que esperaba.
—¿No pensabas que te ibas a divertir?
—No te lo tomes a mal —le dijo—. Es solo que... hacía mucho que no tenía una cita tan buena.
Se ruborizó y bajó la mirada hacia la mesa.
—Me cuesta creerlo —dijo Elijah en voz baja—. Los hombres deben de estar peleándose por salir contigo.
—No tantos como crees —dijo ella—. Y parte de la culpa es mía.
No siempre encuentro tiempo para quedar con alguien.
No desconecto del trabajo tan a menudo como debería.
Y cuando lo hago... bueno, muchos chicos resultan decepcionantes, acabo arrepintiéndome, y eso hace que la siguiente vez me cueste más.
—¿Y yo no te he decepcionado?
Le dedicó una sonrisa, alargó el brazo sobre la mesa y le tomó la mano, atreviéndose por fin.
—No me has decepcionado —dijo ella—. Bueno... excepto cuando pensaste que no entendía cómo funcionaba el baloncesto. Eso fue un poco demasiado. ¿Siempre das por hecho que las mujeres no saben nada de deportes?
—La mayoría de las mujeres con las que he salido no saben —confesó.
—¿Son muchas?
Se echó a reír.
—Las suficientes como para creer que había detectado un patrón, nada más —dijo—. Perdona por subestimarte. Tienes razón. Me dijiste que conocías el juego y lo ignoré por completo. No te hice justicia.
—Bueno, supongo que solo querías ayudar —dijo ella con una risita—. Puedo dejarlo pasar. Pero que no se repita.
—Por mi honor —prometió—. A partir de ahora, daré por hecho que lo sabes todo hasta que me digas lo contrario.
—Bien —sonrió ella—. Es una buena regla.
—Bueno, cuéntame más de ti —dijo.
—Ya lo sabes todo sobre mí. Soy emprendedora y conozco las reglas del baloncesto.
—Venga ya, eso no es todo —protestó—. Cuéntame algo que no sepa. ¿Qué haces para divertirte?
—Leo. Paso tiempo con mi perro.
Hizo una pausa.
—Sobre todo trabajo, para serte sincera. Ya sé lo aburrida que sueno.
—No aburrida. Apasionada. ¿Tienes un perro?
Buscó una foto en el móvil y se la enseñó.
—Este es Bruno —dijo—. El verdadero amor de mi vida.
—Es un encanto. Me gustaría conocerlo algún día.
Ella lo miró a los ojos, y Elijah supo que había pillado la indirecta: una forma de hablar de ir a su casa sin tener que decirlo abiertamente. Pero si le molestó, no lo demostró.
—Puede que llegues a conocerlo —dijo sin más—. Es muy sociable con los desconocidos, así que le encantaría, sobre todo si le llevas un buen trozo de carne.
¿Estaba insinuando que irían juntos a su casa esa noche? El corazón le dio un vuelco. Quizá la cita estaba yendo incluso mejor de lo que pensaba. Parecía difícil de creer. Ya era, con diferencia, la mejor cita que había tenido en meses. Pero si ella quería que terminara entre cuatro paredes...
Llegó la comida. Durante unos minutos, la conversación cedió paso a la cena y a exclamaciones sobre lo buena que estaba. Sirvieron el vino, lo fueron bebiendo, y Elijah empezó a sumirse en esa relajación tan conocida que acompaña a una buena velada.
Stephanie llevó la conversación hacia él, hacia lo que hacía para divertirse, y él le contó lo mejor de su vida: mañanas en el gimnasio, tardes en la playa, noches en partidos de baloncesto, restaurantes nuevos o discotecas.
A propósito, no le preguntó nada sobre su trabajo.
Ella había dejado claro, pensó, que quería mantener separadas su vida laboral y su vida personal.
Él la apoyaría en eso. No tenía por qué saber a qué se dedicaba.
Y por fin terminaron de cenar, pagaron la cuenta y salieron a la calle, del brazo otra vez, caminando hacia la casa de ella. Elijah apenas podía creer su suerte. Que la noche pudiera acabar así...
—Es aquí —dijo Stephanie, deteniéndose frente a un edificio de apartamentos.
—Qué cerca estás de la playa.
Desde allí se oían las olas romper.
Ella asintió.
—Eso era importante para mí. El piso en sí es un poco caótico, porque tuve que elegir entre un apartamento muy bonito o una ubicación inmejorable. Y estoy encantada con mi elección.
El viento le agitó los rizos pelirrojos, levantándolos a ambos lados de la cara.
«Es preciosa», pensó, y alzó la mano para acariciarle la mejilla.
Ella se dejó, pero solo un momento. Luego apartó la cara.
—Gracias por acompañarme a casa, Elijah.
Creyó que la cabeza le iba a estallar. Había estado tan decidido a que no lo rechazaran otra vez, y ahí estaba, pasando de nuevo. Inspiró hondo. «Vale. No será esta noche. Vale. Puedo esperar. Puedo esperar lo que haga falta».
—Gracias a ti por una velada encantadora —dijo.
Ella se acercó, y por un momento pensó que aquello iba a acabar en un beso, y Dios, lo habría disfrutado. Lo habría saboreado hasta el último segundo.
Pero ella le rozó la mejilla con los labios, le dedicó una última sonrisa y se dio la vuelta, desapareciendo dentro de la casa y dejando a Elijah con la sensación de que sus entrañas iban a arder.
No recordaba cuándo fue la última vez que una mujer lo había vuelto tan loco, pero ya estaba deseando volver a quedar con ella.