CAPÍTULO 4
ELIJAH
Era casi demasiado bueno para ser verdad, pensó Elijah mientras atacaba su plato. Su padre le había prohibido traer a una mujer al evento de esa noche, y ahora una mujer había aparecido como por arte de magia y se había sentado justo en la silla de su padre.
La tenía comiendo de su mano, ya se daba cuenta.
Por no hablar de que estaba comiendo su filete.
Había sido una jugada magistral por su parte ofrecerle compartir los dos platos.
Había visto la decepción en su rostro cuando ese trozo de pescado había aterrizado, y no la culpaba en absoluto.
El salmón estaba bueno, tierno y jugoso, pero ¿por qué alguien elegiría ese plato pudiendo comer filete?
Sin duda había ganado puntos con ella al ofrecerse a compartir.
Ahora estaban anunciando a los ganadores de los distintos premios.
Elijah había acertado al pensar que su padre no regresaría de la mesa uno.
Observó al hombre subir al escenario para aceptar su premio.
Cuando Oliver Norcross miró hacia la sala, sus ojos se posaron en su hijo, y un atisbo de ceño fruncido cruzó su rostro.
Elijah sabía que estaba viendo a Stephanie allí, y sin duda estaba atando cabos sobre lo que hacía con ella.
Pero ¿qué podía hacer al respecto? Puede que no le gustara la idea de que Elijah se relacionara con una mujer en la fiesta, pero no podía controlarlo todo.
Al fin y al cabo, sería más escandaloso ignorar a uno de sus compañeros de mesa que socializar con ella.
Lo cual no significaba que socializar fuera todo lo que Elijah pretendía hacer. Ni mucho menos. Había estado observando a Stephanie con el rabillo del ojo desde que comenzó la ceremonia de premios, y estaba disfrutando mucho de la vista.
Era una mujer hermosa, y en aquella sala llena de mujeres tan cuidadosas con su apariencia, ella destacaba.
La mayoría no tenía ni un pelo fuera de lugar.
Stephanie tenía el tipo de cabello que siempre estaba revuelto, grueso y rizado, de un color castaño rojizo que lo cautivaba. Quería hundir las manos en él.
Y ese vestido era impresionante. La forma en que las lentejuelas brillaban hacía imposible apartar la mirada, y eso era una suerte, porque si alguien preguntaba podría mentir y decir que estaba mirando las lentejuelas en lugar de su figura.
Que ella se lo creyera ya era otra historia, pero al menos era plausible.
Sabía que encontraría la forma de pasarlo bien esa noche.
Ahora estaban entregando el último de los premios, y Elijah se inclinó hacia Stephanie.
—Después de esto, habrá baile —murmuró—. ¿Te apetece?
—Podría ser.
Ella lo miró.
—¿Me lo estás pidiendo?
Él sonrió con suficiencia.
—Podría ser.
—No me importaría.
—¿Quieres que salgamos a abrir el baile? No tiene sentido esperar a esta gente, se lo tomarán con calma toda la noche.
Ella apuró su bebida y se puso de pie.
Vaya, era muy divertida. Se había preguntado si tendría que convencerla para que se levantara a bailar, pero parecía que ella tenía tantas ganas de pasarlo bien como él.
Se dirigió a la pista de baile y él la siguió, y para cuando los músicos tocaron las primeras notas, ella ya estaba pisando la pista.
Él le tomó la mano, la hizo girar, la inclinó hacia atrás, y luego adoptó un ritmo sencillo para que pudieran hablar.
—¿Lo estás pasando bien?
Ella vaciló.
—Más de lo que esperaba —dijo al fin—. No pensé que esta fiesta fuera a ser tan divertida.
—Yo tampoco —coincidió—. Pero vine porque no me quedaba otra. Tú no pareces estar aquí por nadie más. No conocías a nadie que aceptara un premio esta noche, ¿verdad?
—No —admitió—. No conocía a nadie. Pero me gustaría ganar uno de estos premios algún día.
No pudo evitarlo: se le escapó una risa.
Ella se echó un poco hacia atrás.
—¿Por qué te hace gracia?
—Lo siento —logró decir—. No me estoy riendo de ti.
Estoy seguro de que podrías ganar uno de estos premios, si eso es lo que quieres.
Es solo que no me imagino deseando algo así.
Para mí todo esto es un aburrimiento tremendo.
O sea, ¿te imaginas tener que venir a esta ceremonia año tras año?
Ya has visto cómo es. Los ganadores anteriores tienen que presentar los premios a los nuevos receptores.
Si ganas uno vas a tener que seguir volviendo aquí una y otra vez para entregar los premios cada año, y nunca te librarás de ello.
Ella se rio.
—Lo haces sonar como si fuera una condena —dijo—. No creo que fuera tan malo. Hasta podría ser agradable poder entregar premios a la gente. Creo que lo disfrutaría.
—Bueno, tú y yo somos diferentes —dijo con firmeza—. Toda esta gente cree que son tan importantes.
—¿Y tú no lo crees?
—No son nada del otro mundo —le dijo—. Han descubierto formas de ganar dinero, eso es todo. No es tan difícil. Cualquiera puede hacerlo con un poco de esfuerzo y un poco de suerte.
Stephanie resopló.
—¿De verdad crees que es así de fácil? ¿Que cualquiera puede triunfar con solo esforzarse? Me sorprende que no haya más ricos si es tan sencillo.
—A mí no me sorprende —dijo—. La gente no quiere trabajar.
—Oh, no, no eres uno de esos —dijo, alejándose de él—. Por supuesto que la gente quiere trabajar.
—Realmente no. No lo digo como un juicio —se apresuró a añadir—.
Odio a esa gente que dice que los pobres solo son pobres porque son vagos.
No es eso a lo que me refiero. Lo que digo es que la gente que va tirando pero no es rica no quiere trabajar más de lo necesario.
Mírame a mí. Preferiría hacer casi cualquier cosa antes que trabajar.
—Pues yo no —dijo Stephanie con vehemencia—. Quiero que mi empresa triunfe, y estoy dispuesta a trabajar para lograrlo.
—Entonces lo conseguirás —le dijo Elijah con serenidad—. Todavía no ha ocurrido, eso es todo. Pero si lo deseas con tanta fuerza, seguirás intentándolo hasta lograrlo.
Ella negó con la cabeza.
—Ojalá las cosas fueran tan fáciles como dices —respondió—.
No tienes ni idea de cómo es. Siempre has estado rodeado de riqueza y privilegios, no sabes lo que se siente cuando tienes que luchar por todo.
No puedes decir que a la gente no le gusta superarse cuando tú nunca has tenido que aspirar a nada.
—Vaya, parece que me conoces muy bien.
Al menos tuvo la decencia de ruborizarse un poco, pero no se echó atrás.
—Conozco bien el perfil —dijo—. El hijo de un padre rico que no ha logrado nada por sí mismo, al margen del apellido de su padre, y al que tampoco le importa hacerlo. ¿Me equivoco?
—No te equivocas, pero no hace falta que seas tan fría conmigo por eso.
La canción terminó y empezó otra. Elijah siguió bailando, y Stephanie no se apartó de él.
Sus comentarios no le habían molestado. De hecho, los encontraba divertidos.
Era muy raro que alguien le plantara cara, y no creía que ella estuviera del todo equivocada.
Era cierto que siempre lo habían mantenido, que siempre había contado con la fortuna de su padre como respaldo.
Era cierto que podía vivir sin preocuparse jamás por conseguir nada por sí mismo.
Pero ella no entendía lo valioso de vivir así. No sabía la paz que daba, y cómo te dejaba libre para dedicarte a lo que de verdad te gustaba. ¿Qué sentido tenía matarse por triunfar cuando podía pasárselo bien?
Se lo demostraría, decidió. Había estado dándole vueltas a si llevarla a casa esa noche o no.
Al fin y al cabo, hacerlo supondría hacerlo delante de las narices de su padre, que no lo aprobaría y se lo echaría en cara durante días.
Pero ahora estaba fascinado por ella, y quería que viera por qué le resultaba tan placentera la vida que llevaba. Quería llevarla a casa.
Esperó a que terminara el baile para atraerla hacia sí y susurrarle al oído:
—¿Nos vamos de aquí? Creo que ya hemos visto todo lo que teníamos que ver.
Ella se tensó entre sus brazos, y Elijah sintió la excitación de siempre al saber que la velada estaba a punto de dar un giro delicioso.
Esos momentos, justo antes de que todo empezara de verdad, eran siempre sus favoritos.
Ya se imaginaba quitándole aquel vestido brillante.
O quizá no lo haría... quizá sería más divertido dejarlo puesto...
Ella se apartó.
—No pienso irme.
—Ah —dijo. No era la respuesta que esperaba, pero sabía adaptarse cuando hacía falta—. ¿Quieres quedarte un rato más antes de irnos? Por mí no hay problema.
—No —dijo ella—. No es eso lo que quiero decir. No pienso irme contigo.
¿Lo habría malinterpretado?
—Me refiero a ir a mi casa o a la tuya un par de horas —dijo, acercándose un poco más.
—Sé perfectamente de qué hablas —le espetó ella—. ¿Te creías que estabas siendo sutil? Tu intención estaba clarísima, la verdad. ¿Acaso hice algo que te diera la impresión de que íbamos a irnos juntos a casa?
La discusión que habían tenido antes había sido en broma, pero ahora en su rostro había auténtica irritación. Elijah no estaba acostumbrado a que las mujeres lo miraran así, ni tampoco al rechazo.
—Pensé que había química entre nosotros —dijo, encogiéndose de hombros—. Pensé que estábamos en sintonía. Supongo que no pillaste mis indirectas.
—No he venido aquí para irme a casa con nadie —dijo—. He venido a hacer contactos de negocios. Por lo visto, eso de las prioridades no va contigo. Pero si lo que buscas es una chica para llevarte a la cama, te has equivocado de persona.
—No pretendía ofenderte.
No sabía si sentirse entretenido o molesto. Ella estaba empezando a levantar la voz, a montar un numerito.
—Quizá sea mejor que nos demos un respiro.
—Sí —dijo ella con voz cortante—. Creo que sería lo más sensato.
Y aunque estaban en mitad de una canción, se dio media vuelta y abandonó la pista sin decirle una palabra más.
Elijah se quedó mirándola mientras se alejaba, preguntándose cómo había podido salir todo tan mal.
No era ningún novato con las mujeres. Sabía leerlas, y había habido una chispa entre ellos.
No era solo que estuviera buena, que lo estaba.
Elijah tenía buen ojo para las mujeres atractivas, pero no solía dejarse cegar por eso.
Una mujer también necesitaba tener buena personalidad, y Stephanie sin duda la tenía.
El tira y afloja entre ellos había sido muy estimulante.
Sentía que podría haber estado hablando con ella toda la noche.
Era evidente que ella no sentía lo mismo.
Suspirando, volvió a su mesa. Al menos aún quedaba el postre. La noche no sería una pérdida total.
Pero al sentarse, se dio cuenta de que su padre lo observaba desde el otro lado de la sala, y cayó en que el viejo probablemente había visto todo lo que acababa de pasar, y que seguramente estaría regodeándose de que Elijah se hubiera llevado un chasco.
De algún modo, eso lo hacía todo cien veces peor.
Quizá debería largarme de aquí yo solo.