CAPÍTULO 3
STEPHANIE
—¿Stephanie Vincent, dice? —El hombre de la puerta consultó su lista y frunció el ceño—. No veo ese nombre. ¿Segura de que tendría que estar en la lista?
—Bueno, no exactamente —Stephanie sonrió con encanto—. Lo que quiero decir es que deberían haberme incluido en la lista, pero sé que no fue así. Fue un descuido.
Se rio.
—Estos organizadores de eventos tienen tantísimo que hacer... Entiendo que pasen estas cosas, pero sé que le complica el trabajo.
El hombre la miró con escepticismo.
Ella extendió la mano y se la apoyó en el brazo.
—No quiero darle más trabajo —dijo—. Y no voy a causar ningún problema.
Ni siquiera me quedaré mucho rato. Solo necesito hacer acto de presencia, o mi jefe se pondrá furioso conmigo.
Ya sabe cómo va esto. Nunca entienden que pequeños descuidos así no son culpa de uno.
Me pasaré semanas oyendo que se suponía que esta noche tenía que hacer contactos y no lo conseguí.
El hombre suspiró.
—No sé —dijo—. Me gustaría ayudarla, Sra. Vincent, pero yo también me juego el puesto.
—¿Cómo se llama?
—Clive.
—No le diré a nadie que lo vi, Clive —prometió—. Si alguien me pregunta, diré que entré por la otra puerta.
Él ladeó la cabeza.
—Sabe, el tipo de esa puerta es un poco creído. Supongo que no me importaría que le cayera un marrón.
—Nadie se va a meter en líos —dijo ella—. Todo el mundo pedirá disculpas cuando se den cuenta de su error. Pero si alguien acaba teniendo problemas, le prometo que me aseguraré de que le caigan a él.
—Se llama Graham —dijo Clive, guiñándole un ojo y apartándose para dejarla pasar—. Que se divierta, Sra. Vincent. No me haga arrepentirme.
—Prometido —aceptó Stephanie, y cruzó la puerta hacia la fiesta.
El ambiente era lujoso y opulento. Aquella gente estaba allí para recibir premios por sus decisiones empresariales, pero saltaba a la vista que eran personas que habían nacido con medio camino ya recorrido hacia el éxito.
Stephanie llevaba el vestido más elegante que tenía, un modelo negro con brillos que le había costado dos meses de sueldo, pero aun así se sentía mal vestida.
Un camarero pasó con una bandeja de copas de champán. Stephanie cogió una y se bebió la mitad de un trago. Iba a ser una noche difícil, y necesitaba estar relajada para afrontarla.
«Muy bien. Basta de perder el tiempo. Has venido por algo. Querías codearte con esta gente, hacerte un nombre. Hazlo».
Echó un vistazo a la sala, localizó un grupo charlando y se acercó a unirse.
Eran tres hombres a los que no había visto en su vida, y charlaban animadamente. Stephanie se abrió paso hacia el grupo.
—¿De qué va tanto revuelo, chicos? —preguntó con una sonrisa, agradeciendo que los hombres casi siempre fueran tan fáciles de encandilar.
Y, efectivamente, los tres dejaron lo que estaban haciendo y se volvieron hacia ella.
Uno de ellos ni siquiera intentó disimular que la estaba repasando, mirándola de arriba abajo como quien evalúa un plato.
Stephanie se puso los brazos detrás de la espalda para realzar su figura y les dedicó su mejor sonrisa.
—¿Y tú quién eres? —preguntó uno de los hombres, devolviéndole la sonrisa.
—Stephanie Vincent —dijo—. Soy la fundadora y directora ejecutiva de SilkSoft Skincare.
—Nunca he oído hablar de eso —dijo el hombre, aunque sin desdén. Había un deje de interés en su voz. Probablemente solo le interesaba porque le parecía atractiva, pero Stephanie se conformaba con eso. Por algo se empezaba.
—Somos una marca de cosmética en alza —le dijo.
—¿Te dan algún premio hoy?
Ella se rio con modestia.
—No, qué va —dijo—. No me han nominado para nada. Este año no. Pero cuando recibí la invitación, quise venir de todos modos, para pasar tiempo con la gente más exitosa de San Valentino. Al fin y al cabo, la gente de este evento es en quien quiero convertirme algún día, ¡cuando despegue de verdad!
—Bueno, quédate con nosotros —dijo el hombre que la había estado mirando—. Te enseñaremos cómo va esto. Soy Greg, por cierto. Estos son Harry y Nate.
—Encantada de conoceros.
—Estábamos hablando de cómo asignan las mesas en estos eventos, y de que siempre acaban sentando juntas a las mismas personas.
—¿En serio? —preguntó Stephanie.
—Sí —dijo Greg—. Por ejemplo, apuesto a que te han puesto en una mesa del fondo, ¿a que sí? Seguro que de las veintitantas.
—La veintitrés —mintió Stephanie.
—Exacto —dijo Greg—. Ahí es donde meten a toda la gente que no conocen.
Los novatos, cualquiera que aún no haya dejado huella.
Y luego las mesas uno y dos estarán llenas de la gente más influyente.
Cualquiera diría que lo mezclarían un poco, que dejarían que los que aún no se han hecho un nombre conozcan a los que sí.
Eso es lo que te gustaría, apuesto... la oportunidad de pasar tiempo con gente que pueda echarte un cable. ¿Me equivoco?
Stephanie emitió un murmullo evasivo, tomando nota mental de la información. Así que la gente más influyente e importante iba a estar en las mesas uno y dos. Bueno era saberlo.
Pasó la siguiente hora circulando, estrechando manos, compartiendo detalles sobre su empresa aquí y allá y conociendo a la gente de alrededor.
Conoció a restauradores, cerveceros artesanales y diseñadores de aplicaciones —más diseñadores de aplicaciones de los que había visto juntos en su vida—.
No sabía que existieran tantas aplicaciones en el mundo.
¡Y ella que pensaba que el mercado del cuidado de la piel estaba sobresaturado! ¡No sabía ni la mitad! Menos mal que no estaba intentando comercializar una aplicación.
Finalmente, la gente comenzó a dirigirse hacia las mesas, con las bebidas aún en la mano. Stephanie se mordió el labio y se quedó un momento junto a la barra libre, decidiendo qué hacer.
—Aquí tiene, señora —dijo el camarero, deslizando el whisky con soda hacia ella por la barra.
Stephanie asintió a modo de agradecimiento y tomó su decisión. Había venido por una razón. Si desperdiciaba una oportunidad —cualquier oportunidad—, se estaría fallando a sí misma. Cogió la bebida y se dirigió a la mesa número dos.
La suerte estaba de su lado. Había un asiento vacío.
Se dejó caer en él, cogió la tarjeta con el nombre que había sobre la servilleta y la arrugó en el puño sin mirarla.
No llevaría su nombre, pero quienquiera que debiera ocupar ese sitio estaba claramente en otro lugar.
Quizá no era la única que había decidido improvisar con la distribución de asientos.
Aunque, claro, quizá quienquiera que fuera apareciera en cualquier momento y le ordenara moverse.
Bueno, más le valía aprovechar la situación mientras pudiera. Sonrió a sus compañeros de mesa.
—Buenas noches —dijo—. Menuda fiesta, ¿verdad?
Un par de ellos la miraron con evidente desconcierto. Pero el hombre sentado a su lado le devolvió la sonrisa.
—Menuda fiesta —dijo—. Pero tú no eres Oliver Norcross.
Se le encogió el estómago. No puede ser. ¿Estaba sentada en su sitio?
Forzó una risa.
—Me has pillado —admitió, intentando quitarle hierro al asunto—. ¿Cómo te has dado cuenta?
—Es más alto que tú —el tipo sonrió—. No te preocupes, no se lo diré a nadie. Está en la mesa uno, haciendo contactos. Creo que hasta ha acercado una silla para sentarse con ellos, y seguro que les dice a los camareros que le lleven el plato allí. Y lo harán. Consigue todo lo que quiere.
—Lo conoces bastante bien —observó Stephanie.
—Bueno, claro. Debería conocerlo —dijo el tipo, y ahora su sonrisa era casi una mueca—. Es mi padre. —Le tendió la mano—. Elijah Norcross.
—Oh, Dios.
—No te preocupes —dijo Elijah Norcross con una sonrisa—. Prefiero sentarme al lado de una chica guapa que de mi padre, la verdad. Me arrastró aquí esta noche. Pero no habría protestado tanto si hubiera sabido que iba a conocerte. Perdona, todavía no me has dicho cómo te llamas.
—Stephanie —dijo. Pensó en darle también su apellido, pero decidió no hacerlo. Por si acaso Oliver Norcross no la veía allí, no quería llamar su atención sobre el hecho de que la mujer con la que se había reunido esa misma mañana ahora se estaba colando en fiestas a las que no la habían invitado.
En lugar de eso, observó a Elijah Norcross.
Era un tipo atractivo, con ese aire de familia de abolengo: un físico musculoso que lucía con total naturalidad, como si hubiera nacido con él, y un pelo bien cuidado que claramente había pasado por un corte caro pero que llevaba un tiempo sin retocar.
Si no hubiera sabido quién era su padre, probablemente ya estaría coqueteando con él.
Bueno, ¿y por qué iba a frenarla eso? Oliver Norcross ya le había rechazado el préstamo que quería. No iba a reconsiderarlo ahora solo porque ella se abstuviera de coquetear con su hijo. Más le valía relajarse y pasarlo bien mientras estuviera allí.
De una cosa estaba segura: Elijah Norcross no iba a poder ayudarla a avanzar en sus ambiciones.
Eso quedaba claro solo por su forma de hablar.
No estaba allí porque hubiera triunfado por méritos propios.
Estaba allí para apoyar a su padre, y solo porque este lo había obligado a venir.
No tenía ningún interés en los negocios ni ningún éxito digno de mención.
Pero no pasaba nada. No todas las interacciones tenían que girar en torno a lo que alguien pudiera hacer por ella. Con algunas personas bastaba con pasarlo bien. Y Elijah Norcross era, sin lugar a dudas, el hombre más atractivo de la fiesta.
—¿Seguro que no pasa nada si me siento aquí? —preguntó—. No pretendía quitarle el sitio a tu padre. Parecía vacío y no quería tener que verlo todo desde el fondo de la sala.
—No, tranquila —dijo Elijah—. Me gusta tu descaro, la verdad. Todos los demás aquí se lo toman todo muy en serio. Es agradable conocer a alguien que sepa tomarse las formalidades con un poco de calma.
Stephanie asintió y se acomodó.
—Ese vestido es precioso, por cierto —añadió, recreándose en mirarlo.
Vaya, qué fino. Ahora la estaba repasando con la mirada, igual que había hecho Greg, pero como no había empezado por ahí y le había hecho un cumplido sobre el vestido, resultaba mucho más elegante.
Aunque entendía perfectamente lo que estaba haciendo, descubrió que no le importaba. De hecho, lo disfrutaba un poco.
Sirvieron la cena. Elijah tenía un bistec, y a ella le habían puesto un salmón.
—Es lo que pidió mi padre —explicó Elijah—. Es mejor para el corazón. Pero ¿querías carne? Podemos compartir si quieres.
Ella lo miró.
—¿Seguro que no te importa? Es muy amable de tu parte, teniendo en cuenta que no nos conocemos.
—Es lo que me gustaría que alguien hiciera si estuviera en tu lugar —dijo—. Venga, quiero probar el pescado.
Así que lo cortó por la mitad y deslizó una porción al plato de Elijah, y luego extendió el suyo para recibir la porción de bistec que él le estaba dando.
—Listo —dijo él, dejando ver sus dientes perfectos y parejos al sonreír—. Mar y tierra.
Stephanie se rio.
—Nada mal, ¿eh?
—Desde luego que no —convino él, y empezó a comer.
Ella lo observó un momento y luego centró la atención en su propia comida, pensando que, aunque no sacara nada de aquella velada robada, al menos había conseguido algo bueno. Al menos había tenido la oportunidad de disfrutar de una cena deliciosa y de charlar con un hombre guapo e interesante.
Y eso es más de lo que habría conseguido quedándome en casa. Así que, pase lo que pase a partir de ahora, haber salido esta noche fue la decisión acertada.