Un bebé para el playboy (Multimillonarios de San Valentino) CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

ELIJAH

—Vas a ir a la ceremonia de premios esta noche, ¿verdad?

Elijah Norcross apartó el teléfono un momento para que su padre no oyera su suspiro de exasperación.

—Te dije que iba a ir —respondió—. ¿Crees que no sé lo importante que es para ti? Llevas semanas hablando de ello, papá.

—Sí, pero nunca sé si me estás escuchando —dijo Oliver Norcross—. Y, de hecho, casi nunca lo haces. Por lo general, solo estás buscando la manera de meterte en líos.

Elijah se picó.

—Que los problemas me encuentren de vez en cuando no significa que ande buscándolos.

—Bueno, desde luego no los estás evitando —replicó su padre con aspereza—. Después de lo que pasó en la última fiesta de la empresa a la que te dejé ir, ¿puedes culparme por desconfiar de ti?

—Ni siquiera fue para tanto —dijo Elijah con irritación.

Abrió el frigorífico y contempló su contenido.

Estaba casi vacío. Había una botella de vodka a medias, unas cuantas manzanas y un trozo de queso cheddar que igual estaba caducado o igual no.

Ya lo comprobaría más tarde. De momento, sacó una de las manzanas y cogió un cuchillo de pelar del fregadero.

Lo enjuagó rápidamente y empezó a cortar la manzana, pensando que probablemente tendría que contratar a alguien para que le hiciera la compra.

Quizás incluso para que le preparara la comida. Aquello no era forma de vivir.

—La fiesta de la empresa fue divertida —dijo, evocando el recuerdo.

La verdad era que lo tenía todo bastante borroso.

Se acordaba de dar vueltas en la pista de baile, tan rápido que había pensado que se iba a caer.

Se acordaba de Mackenzie Knight, la influencer de moda que lo había acompañado a varios eventos últimamente, paseándose con un plato lleno de gambas y riéndose porque era la reina del cóctel de gambas.

En su momento le había parecido más gracioso.

Ahora mismo no conseguía recordar cuál era la gracia.

La voz de su padre se volvió severa.

—Divertida no es la palabra —dijo—. Fuiste ruidoso y desagradable. Puede que tú te lo pasaras bien, pero los demás no, y la culpa es tuya. No quiero que traigas acompañante a esta.

—No te preocupes —dijo Elijah—. Mackenzie y yo ya no quedamos.

Lo suyo nunca había sido nada serio. Ella era guapa, con el pelo rubio, ojos verdes y un cuerpazo, y a él le molaba ir con ella por ahí y salir en sus redes sociales. Pero tampoco era que sintiera nada especial por ella. Podía ser muy exigente, y no merecía la pena.

—No me refiero solo a esa chica —dijo su padre—. Me refiero a cualquier chica. A este evento vienes solo. Voy a recibir un premio a toda una trayectoria empresarial, ¿sabes?

—Por supuesto que lo sé.

Su padre no había hablado de otra cosa desde que le comunicaron que iba a recibir el premio. Elijah estaba orgulloso de él, pero al mismo tiempo estaba harto de oír hablar del tema, y harto de saber que su padre estaba decepcionado porque él no tenía logros similares ni los tendría nunca.

—Bueno, no quiero que montes un numerito esta noche y vuelvas a salir en las noticias —dijo su padre—. Así que ni chicas ni alcohol. Vienes, te sientas en nuestra mesa, sonríes para las cámaras, aplaudes cuando recoja mi premio y luego te vas directo a casa cuando termine.

—O sea, nada de diversión —refunfuñó Elijah.

—Exacto. Esta noche no va de que tú te diviertas. No todo va de eso, ¿sabes? Solo intenta comportarte una noche. Hasta tú puedes conseguirlo.

Elijah sabía que podía, aunque eso significaba que una fiesta ya de por sí aburrida iba a ser tan tediosa que corría el riesgo de quedarse dormido en su carísima mesa.

—De acuerdo —le dijo a su padre—. Sé lo mucho que significa esta noche para ti. Iré solo y ni siquiera beberé, aunque me parece que te estás pasando un poco pidiéndome eso. No pierdo la cabeza cada vez que bebo, ¿sabes?

—Lo sé —admitió su padre—. Te he visto beber con moderación muchas veces.

Te tomas una cerveza, te relajas y te lo pasas bien.

Mi problema con que bebas no es que no pueda fiarme de ti con el alcohol, Elijah.

Es que no puedo fiarme de ti en general.

No tengo forma de saber si de repente vas a decidir que esta es la noche en que quieres tomarte diez copas y ponerte a hacer breakdance en medio de la sala.

—Yo nunca he hecho nada parecido.

Elijah estaba irritado.

—O decides que quieres soltar un discurso —prosiguió su padre—. Eso sí lo has hecho.

Elijah notó que se le encendía la cara al recordarlo.

Eso era algo de lo que realmente se había avergonzado.

Se había despertado la mañana siguiente a aquel evento —la fiesta de Navidad de la empresa de su padre— con el recuerdo de las historias que había contado la noche anterior cuando se había hecho con un micrófono, y se había sentido como un completo idiota.

—No tienes que preocuparte por nada de esto —le reiteró a su padre—. Nada de alcohol. Nada de chicas. Nada de juerga. Esta noche no. Tienes mi palabra. ¿Te basta con eso?

—Me basta —dijo su padre—. A las seis pasará un coche a recogerte.

—No hace falta que mandes un coche, papá. Pensaba ir conduciendo, y si no voy a beber, ¿qué más da?

—Para eso tenemos recursos, Elijah. No deberías avergonzarte de usarlos. Podemos permitirnos un coche, así que deja que te mande uno.

—Vale.

En realidad, a Elijah no le importaba ir en coche. Al final de una noche larga y aburrida como aquella, seguro que estaría agotado. Poder sentarse y relajarse mientras lo llevaban a casa le vendría bien.

—De acuerdo —dijo su padre—. Te veo en unas horas. Asegúrate de vestir como es debido.

—Ahora te estás pasando. Nunca me he presentado a un evento sin ir vestido para la ocasión.

—Elijah se tomaba la ropa bastante en serio, porque sabía que era lo primero en lo que la gente se fijaba para juzgarte.

No se lo tomaba tan en serio como Mackenzie Knight; no estaba seguro de que se pudiera hacer toda una carrera en la moda sin acabar repitiéndose.

Pero jamás se habría vestido de forma inapropiada para un evento.

De hecho, la ropa de esa noche ya estaba elegida, y en cuanto colgó el teléfono, fue a su dormitorio a vestirse.

Qué bien sentaba ponerse el traje perfectamente entallado; era el antídoto perfecto contra aquella conversación con su padre, en la que había sentido que todos sus defectos estaban bajo un microscopio.

Puede que no fuera el hijo que su padre siempre había querido, reflexionó, pero le quedaba condenadamente bien un traje, y lo sabía.

Elijah se giró de un lado a otro frente al espejo de cuerpo entero, preparándose mentalmente para los comentarios de su padre sobre su aspecto.

El traje le gustaría, por supuesto, pero pondría pegas con el pelo de Elijah.

Lo tenía rubio oscuro, un poco más largo que la barbilla, y no se lo cortaba con regularidad.

Su padre lo detestaba. Pareces un surfista, se quejaba.

A Elijah no le importaba en absoluto parecer un surfista.

Era un look genial. Pero uno acababa cansándose de ver cómo a su padre se le descomponía ligeramente el gesto cada vez que lo miraba.

Era evidente que albergaba la esperanza de que algún día, al ver a su hijo, se encontraría con un corte de pelo completamente nuevo.

Si Elijah hubiera creído de verdad que cortarse el pelo haría que su padre por fin se sintiera orgulloso de él, lo habría hecho sin dudarlo. Pero Oliver Norcross nunca había estado orgulloso de su hijo. Parecía poco probable que nada fuera a cambiar eso.

Con un suspiro, Elijah cogió la corbata.

Era su única pequeña rebelión de la noche, lo único que hacía a propósito para contrariar a su padre.

Eso haría que todo lo demás fuera soportable.

Desde lejos, nadie vería más que una corbata azul marino lisa, pero de cerca se distinguía un estampado de caritas sonrientes en un tono de azul apenas perceptible, ligeramente más claro.

Era poco probable que nadie lo notara si no lo buscaba expresamente.

Pero Elijah sabía que estaba ahí, y cada vez que la fiesta lo frustrara demasiado, podría bajar la vista y recordarse que no se había limitado a obedecer órdenes.

Seguía siendo Elijah. Aún conservaba ese toque de rebeldía.

Se anudó la corbata y volvió a mirarse en el espejo, contemplando el resultado final. Estaba bien. Impecable. Su padre no tendría de qué quejarse.

Y Elijah haría lo que le habían pedido. Asistiría al acto. Aplaudiría cuando su padre recibiera el premio. Y después se iría a casa.

El móvil vibró con un mensaje. Bajó la vista. Como esperaba, era de su padre.

Tu coche está llegando.

Llegaría temprano si salía ya, por supuesto, y de haber sido por él, no lo habría hecho. Pero si eso era lo que su padre quería, Elijah se plegaría.

«Es la gran noche de papá. Quiero que salga bien, aunque esté harto de su constante desaprobación. Quiero que disfrute recibiendo su premio, y quiero apoyarlo, como él necesite».

Así que, por esta noche, no iba a rechistar. Haría lo que su padre le pedía, y ni siquiera se quejaría; o mejor dicho, no se quejaría más de lo que ya lo había hecho. Probablemente debería haberse mordido la lengua un poco en esa llamada.

Aun así… quizá hubiera alguna forma de pasárselo bien esa noche.

Todavía no se le ocurría qué podría ser, pero si había algo que se le daba bien a Elijah Norcross, era encontrar la diversión.

Siempre había tenido ese don, desde muy pequeño.

Sabía cómo meterse en situaciones que, en apariencia, iban a ser un aburrimiento, y encontrar la manera de convertirlas en un buen rato.

Confiaba en su capacidad para hacerlo también esa noche.

Aún no sabía qué forma tomaría, pero ya lo averiguaría.

Tras echarse un último vistazo en el espejo y pasarse las manos por el pelo, se dio la vuelta y salió a toda prisa hacia el coche que lo esperaba.

Se deslizó en el asiento trasero. El conductor no le dirigió la palabra, por supuesto; los conductores rara vez lo hacían. El coche simplemente se puso en marcha. Elijah se recostó contra la ventanilla y contempló la ciudad desfilando ante sus ojos.

Era una noche cálida. San Valentino estaba iluminada, empezando a cobrar vida. Las discotecas estarían preparándose para abrir. Habría gente en la playa con neveras de cerveza y tablas de surf. Hombres como él estarían de cita con mujeres guapas, fantaseando ya con cómo acabaría la noche.

Y Elijah estaba atrapado en una cena de entrega de premios.

Sí, era capaz de crear su propia diversión dondequiera que fuese.

Y estaba seguro de que lo haría. Pero, no por primera vez, se descubrió fantaseando con una vida diferente.

Una en la que nunca tuviera que esforzarse para pasarlo bien.

Una en la que los buenos ratos abundaran, porque tendría libertad para hacer lo que le diera la gana.