EPÍLOGO
Makayla
Todo el mundo tiene a esa persona que le hace sentirse real; la mía resulta que dirige una familia criminal.
Miro fijamente el móvil durante veinte minutos antes de reunir el valor para decirlo.
—Quiero ver a Julian.
Damiano se queda completamente inmóvil a mi lado. Estamos en la cama, en la finca, una semana después del tratado de paz con los Romano. Ahora todo está tranquilo y a salvo: el peligro ha pasado.
Pero este peso en el pecho no se me ha quitado.
—No —dice de inmediato.
—Damiano…
—Te puso en peligro. Te manipuló. Ha estado trabajando con los Romano a nuestras espaldas. —Su voz se endurece con cada palabra—. No lo necesitas en tu vida.
—Lo sé. —Me vuelvo hacia él—. Pero necesito cerrar este capítulo. Necesito mirarlo a los ojos y decirle exactamente lo que me hizo. Lo que me costó. Necesito cerrar esa puerta yo misma.
—Kayla…
—Por favor. —Le cojo la mano—. Me he pasado toda la vida esperando a que Julian y mis padres me eligieran y me trataran como de la familia.
Necesito enfrentarme a él una última vez.
Es como cuando alguien muere. Todo queda en el limbo hasta que bajan el ataúd a la tierra.
Entonces por fin puedes pasar página. Necesito eso con Julian y con mi familia: despedirme de una vez y decirles que para mí están muertos.
Veo la batalla en sus ojos, el instinto protector peleando con la comprensión.
—Está bien —dice al fin—. Pero yo voy contigo. No es negociable. Y nos veremos en un sitio neutral que elija yo, lo bastante público como para que no se ponga a echarte la bronca. No lo pienso permitir, y si digo que la reunión ha terminado, se acabó. Nos vamos. Inmediatamente.
Suspiro. Que Damiano se ponga en plan cavernícola dominante resulta, no sé por qué, tierno.
—Vale.
Me toma la cara entre las manos.
—Ya no necesitas su aprobación. Tienes una familia que te quiere: a mí y a nuestro bebé. Recuérdalo mientras bajas su ataúd a la tierra.
—Lo sé. —Me río y me recuesto en su mano—. Por eso por fin puedo hacerlo, porque ya no los necesito. Solo necesito decírselo.
Damiano pasa tres días organizándolo todo: el lugar, la seguridad, asegurarse de que estaré a salvo incluso en un terreno neutral. Lo pillo al teléfono con Marco, hablando de planes de contingencia y vías de salida. Lo está tratando como una operación militar, y quizá lo sea.
Llegamos con seis guardaespaldas a un comedor privado de un hotel de Midtown.
Me fijo en cómo Damiano se coloca donde puede ver las dos salidas, con el cuerpo ladeado para cubrirme si hace falta.
Tampoco se me escapa que Marco anda cerca con un equipo.
Ya me conozco sus costumbres: nunca va a ninguna parte sin refuerzos cuando se trata de mí.
Julian ya está allí cuando llegamos, sentado a una mesa para cuatro con su habitual traje caro. Está mirando el móvil como si esto fuera una reunión de negocios.
Quizá para él siempre lo fue.
Alza la vista cuando entramos. Mira primero mi barriga y abre un poco los ojos antes de pasar a la mano de Damiano en la parte baja de mi espalda. Posesiva y protectora a la vez.
—Makayla. —Se pone de pie, pero no hace ademán de abrazarme. Sabe que no debe—. Tienes… buen aspecto.
—Estoy embarazada, Julian. Puedes decirlo.
—Cierto. Embarazada. —Mira a Damiano—. No estaba seguro de que fueras a venir.
—Estoy aquí por ella —dice Damiano con frialdad—, no por ti.
Nos sentamos todos y la tensión se podría cortar con un cuchillo. El silencio se alarga, espeso, cargado de todo lo que no se ha dicho. Me fijo en el discreto barrido que Damiano hace de la sala, en la ligera tensión de sus hombros, la señal de que está listo para lo que venga.
—Bueno —dice Julian por fin—, querías que nos viéramos.
—Quería despedirme.
Frunce el ceño.
—¿Despedirte?
—Sí. Despedirme. De esa manera en la que te digo exactamente lo que me hiciste y luego no volvemos a vernos nunca.
—Qué dramática.
—¿Lo soy? —Me sube un poco la voz, pero respiro hondo para recuperar el control de mis emociones—. Porque, desde donde yo lo veo, esto lleva veinte años de retraso.
Se reclina y cruza los brazos. El Julian de siempre, a la defensiva y hermético.
—Está bien. Di lo que tengas que decir.
—Cuando tenía doce años, te supliqué que me dejaras vivir contigo. Nuestra abuela acababa de morir y era la única persona que me quería de verdad. Nuestros padres me mandaban a un internado. Otra vez. Te llamé llorando, suplicándote, y me dijiste que estabas demasiado ocupado montando tu empresa.
—Tenía veintidós años. No podía hacerme cargo de una niña.
—No quisiste hacerte cargo de mí. Hay una diferencia.
—Las palabras me salen ahora a borbotones, con veintisiete años de dolor desbordándose—.
Cada verano volvía a casa esperando que las cosas fueran distintas.
Esperando que por fin me vieras como tu hermana y no como una obligación.
Y cada verano me demostrabas que me equivocaba.
—Makayla…
—No he terminado. —Me tiemblan las manos bajo la mesa hasta que la mano de Damiano encuentra la mía y me serena—.
Cuando tenía dieciséis años, ni siquiera te molestaste en hablar conmigo en la cena que dieron nuestros padres.
Demasiado ocupado haciendo contactos con gente que te importaba más que tu hermana pequeña.
A Julian se le tensa la mandíbula.
—Eso no…
—Luego me fui a la universidad. Cuatro años.
Nunca viniste a verme. Nunca llamaste. Me gradué summa cum laude y ni siquiera me mandaste una tarjeta.
—Se me quiebra la voz—. Me admitieron en el mejor posgrado de arteterapia de Londres, y no lo sabías porque nunca preguntaste.
Cuatro años allí, y la única vez que diste señales de vida fue cuando mamá te dijo que volvía a Nueva York.
—He estado ocupado.
—Llevas toda la vida evitándome.
La presa se rompe del todo.
—Y eso estaría bien. Podría aceptarlo. Salvo que luego volví y de repente decidiste hacer de hermano preocupado, no porque yo te importara, sino porque mi relación con Damiano afectaba a tus intereses empresariales.
—Eso no es verdad.
—Hacías negocios con los Romano.
Mi voz rebota en las paredes.
—Sabías que eran peligrosos y que eran rivales de los Moretti, y te dio igual.
Cuando el dinero de Damiano empezó a escasear, te buscaste a otro, sin más.
Sabías que tenían disputas territoriales con Damiano y no dijiste nada.
Dejaste que me metiera en peligro porque tus negocios te importaban más que mi seguridad.
Se le enrojece la cara.
—No sabía que irían a por ti.
—Pero sabías que podían hacerlo. Y preferíste tus beneficios a avisarme.
Se me escapa una risa amarga y quebrada.
—Dios, incluso cuando intentaste «protegerme» separándonos a Damiano y a mí, tampoco lo hiciste por mí. Lo hiciste por tus relaciones empresariales, tu reputación y tu cuenta de resultados.
—Intentaba mantenerte a salvo.
—Intentabas mantener intactos tus acuerdos.
Doy un golpe en la mesa con la mano.
—Todo lo que has hecho en la vida ha girado en torno a ti, Julian. Tu imperio y tu éxito. Para ti nunca he sido más que una carga. Una vergüenza. Un problema que gestionar.
—Eso no es...
Se detiene. Se pasa una mano por la cara y, por primera vez desde que lo conozco, Julian parece cansado.
—Tienes razón.
Parpadeo.
—¿Qué?
—Tienes razón.
Me sostiene la mirada.
—He sido un hermano terrible. Elegí mis negocios antes que a ti todas y cada una de las veces.
Me decía que te protegía manteniendo las distancias, no dejándote entrar en mi mundo.
Pero ¿la verdad? Que me protegía a mí mismo de la responsabilidad y de las emociones.
De tener que preocuparme de verdad por alguien que no fuera yo.
La confesión queda suspendida entre nosotros. Siento que Damiano se mueve ligeramente a mi lado y percibo un destello de algo en su expresión: sorpresa, quizá incluso un instante en el que se plantea si esto podría ser verdad.
—Cuando los Romano fueron a por ti —continúa Julian en voz baja—, cuando me enteré del ataque a la finca, comprendí lo que había hecho.
Mi relación de negocios con ellos les dio información.
Acceso. La confianza suficiente para moverse contra Damiano, porque creían que los apoyaría o que, al menos, me mantendría neutral.
Siento que Damiano se tensa a mi lado, pero no dice nada.
Julian sigue.
—Te fallé, Makayla. No solo últimamente. Toda tu vida. Estaba tan obsesionado con construir mi imperio y demostrar mi valía que olvidé lo único que debería haber importado. Eres mi única hermana. Y lo tiré todo por la borda por un dinero y un poder que no significan nada.
Me arden los ojos por las lágrimas, pero no pienso dejarlas caer. Todavía no.
—¿Por qué debería creerte? ¿Por qué iba a pensar que esto es algo más que un intento de salvar tus negocios?
—Porque lo dejo todo.
Saca una carpeta y la desliza por la mesa.
—Documentos de traspaso. Me voy a California y estoy liquidando todos mis negocios de Nueva York. Voy a empezar de cero en un sitio donde ya no pueda hacerte daño.
Abro la carpeta con las manos temblorosas. Traspasos inmobiliarios. Ventas de empresas. No se marcha, sin más: está borrando toda su existencia en Nueva York.
—Esto no arregla veintisiete años de rechazo —digo en voz baja.
—Lo sé. Nada puede arreglarlo.
Se inclina hacia delante.
—Pero... ¿podríamos intentarlo otra vez? ¿Empezar de cero? Podría ir a veros cuando nazca el bebé y ser el hermano que debería haber sido.
—No.
La palabra sale firme y definitiva. Veo que Damiano se relaja un poco, como si hubiera estado aguantando la respiración mientras esperaba mi respuesta.
A Julian se le descompone la cara.
—Makayla.
—No puedes desaparecer durante toda mi vida y presentarte luego cuando te conviene. No puedes reclamar a este bebé después de rechazarme una y otra vez.
Cierro la carpeta.
—Necesitaba un hermano cuando tenía doce años y estaba asustada y sola. Necesitaba apoyo mientras me construía una vida y una carrera. No me diste nada de eso.
—Lo sé.
—Ahora no te necesito.