Un bebé para el jefe de la mafia multimillonario EPÍLOGO #2
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EPÍLOGO #2

La verdad se me asienta en el pecho, liberadora y dolorosa a la vez.

—Tengo una familia de verdad que me quiere. Los Moretti me acogieron, me quisieron y me protegieron sin pedirme nada a cambio. La madre de Damiano me trata como a una hija. Sus hermanas me tratan como a una hermana. Eso es la familia, Julian. No la obligación ni los negocios, sino el amor.

—Son criminales.

—Son mi familia. Acéptalo.

Me levanto, y Damiano se levanta conmigo.

—Porque me han demostrado más cariño sincero en cuatro meses que tú y nuestros padres, tan respetables y ajenos al crimen, en veintisiete años.

Julian se pone de pie también.

—¿Eso es todo? ¿Hemos terminado?

—Terminamos cuando yo tenía doce años. Tú simplemente nunca te diste cuenta.

Inspiro, y el aire me recorre el cuerpo en un temblor.

—Te perdono, Julian. No por ti, sino por mí. Para poder dejar atrás la rabia y el dolor y seguir adelante. Pero perdonar no es reconciliarse. No significa que vayas a formar parte de mi vida ni de la de mi hijo.

—Makayla, por favor.

—Diles a nuestros padres que soy feliz. Diles que su hija accidental ha encontrado una familia de verdad. Diles que su nieto crecerá rodeado de amor, de aceptación y de todo lo que ellos nunca me dieron.

Lo miro a los ojos una última vez.

—Y luego diles que se olviden de que existimos, que no debería costarles mucho, porque tú y ellos lleváis toda mi vida haciéndolo.

Me doy la vuelta para marcharme. Julian me llama.

—Te quiero, Makayla. Sé que no me crees, pero te quiero. A mi manera, rota y egoísta, siempre te he querido.

Me detengo en la puerta, pero no me doy la vuelta.

—Eso es lo más triste de todo —digo en voz baja—. Tu amor estaba tan condicionado, tan enredado con tus propios intereses, que yo no era capaz ni de sentirlo. Eso no es amor, Julian. Eso es posesión. Y yo no soy de tu propiedad.

La mano de Damiano se posa en mi espalda, cálida y firme, y salimos juntos.

Consigo llegar al coche antes de derrumbarme.

Los sollozos llegan de repente, violentos, y me sacuden todo el cuerpo. Damiano me atrae contra su pecho y lloro sobre su camisa carísima, que queda arruinada de lágrimas y rímel. A él no le importa. Me abraza sin más en la parte de atrás del todoterreno mientras el chófer se aleja del hotel.

—Lo has hecho bien —murmura contra mi pelo—. Muy bien.

—Duele —digo entre sollozos—. ¿Por qué sigue doliendo?

—Porque estás de duelo. No por él, porque nunca lo tuviste, sino por el hermano que deberías haber tenido. Por la familia que merecías. —Me abraza más fuerte—. Eso sí merece un duelo.

Lloro aún más al oírlo. Veintisiete años de rechazo y de intentar ser suficiente se me salen del cuerpo al amparo de los brazos de Damiano. Él no intenta frenarme ni arreglar nada. Se limita a abrazarme hasta que pasa.

Diez minutos después, cuando por fin las lágrimas ceden, me aparto. Debo de tener la cara hecha un desastre, manchada e hinchada, pero noto algo distinto en el pecho.

Paz.

—Se acabó —digo en voz baja—. Se acabó esperar a que me quieran y achicarme para encajar en su mundo.

—Bien.

—Ahora tengo a tu familia, a nuestro bebé y a ti. —Le toco la cara—. Es suficiente. Más que suficiente.

—Lo es todo —me corrige, y me besa la frente.

Viajamos un rato en un silencio cómodo, con mi cabeza en su hombro y nuestro bebé creciendo dentro de mí. Los pequeños aleteos que noto últimamente parecen más fuertes, como si el bebé supiera que acaba de pasar algo trascendental.

—¿Crees que lo decía en serio? —pregunto al cabo de un rato—. Lo de que me quiere.

—¿Importa?

Lo pienso un momento.

—No. Supongo que no. El amor sin hechos no es más que una palabra bonita. Y Julian nunca respaldó sus palabras con hechos. Conmigo, nunca.

—Mi madre dice que el amor es un verbo —apunta Damiano—. Es lo que haces, no lo que dices.

—Tu madre tiene razón. —Me incorporo y me seco la cara—. Casi siempre la tiene.

—No se lo digas. Ya es bastante insoportable.

Eso me saca una risita. La primera de verdad desde que salimos del hotel.

—Así que de verdad se va de Nueva York —digo, probando las palabras—. Lo está liquidando todo. Se muda a California.

—Sí. Hablamos y le pareció mejor marcharse lejos de ti. Si quieres ponerte en contacto con él, tengo su nuevo número, pero eso lo decides tú.

—Supongo que no volveré a verlo.

—¿Y eso es malo?

—No. Solo... raro. Toda mi vida ha sido una sombra que se cernía sobre mí, un recordatorio constante de que yo no era suficiente. Y ahora, de pronto... ya no está.

—Eres libre —señala Damiano.

Lo miro y algo se mueve en lo más hondo de mi pecho.

—Sí. Soy libre.

Esa noche, en la finca, rodeada de la familia de Damiano en otra caótica cena de domingo (en jueves, porque Lucia no cree en esperar siempre al domingo), les cuento mi encuentro con Julian.

—Bien —dice Lucia con firmeza—. Ese no es familia. La familia está presente y quiere sin condiciones.

—La sangre no hace la familia —añade Gianna—. La hace la elección. Y nosotros te elegimos, Makayla. Todos los días.

—¿Incluso cuando el bebé esté gritando a las tres de la madrugada? —bromeo sin fuerza.

—Sobre todo entonces —se ríe Sofia—. Es cuando más falta hace la familia.

La tía Angela alarga el brazo y me da unas palmaditas en la mano.

—¿Sabes lo que creo? Que ese bebé tiene suerte. Crecerá con unos abuelos que lo adorarán y primos con los que jugar. Nunca dudará de que lo quieren.

—Nunca lo mandarán a un internado —digo en voz baja.

—Nunca —afirma Lucia con ferocidad—. Este bebé se queda con su familia. Siempre.

Miro a mi alrededor, a estas personas que me acogieron sin preguntar nada, que lucharon por protegerme y me tratan como si siempre hubiera pertenecido aquí.

—Gracias —digo, y las lágrimas vuelven a amenazar. Malditas hormonas del embarazo—. A todos vosotros. Por ser la familia que nunca tuve.

—Siempre nos has tenido —dice Damiano con su mano sobre la mía—. Solo tenías que encontrarnos.

Tony levanta su copa de vino.

—¡Por la familia que uno elige!

—Por la familia que uno elige —corean todos.

Yo levanto mi vaso de agua, porque todavía me quedan seis meses sin vino.

—Por la familia que uno elige.

El brindis resuena en el comedor, seguido de risas y conversaciones. El hermoso caos de demasiada gente hablando a la vez.