Un bebé para el jefe de la mafia multimillonario EL AJUSTE DE CUENTAS #4
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EL AJUSTE DE CUENTAS #4

Las lágrimas me corren por la cara. Alivio. Gratitud. Agotamiento.

—¿De verdad se ha acabado?

—De verdad se ha acabado. —Me estrecha contra él—. Estás a salvo. Nuestro hijo nacerá en un entorno seguro, rodeado de una familia que lo protegerá.

Lucia emite un sonido a medio camino entre un sollozo y una oración y nos abraza a los dos.

—Grazie a Dio. Mi nieto estará a salvo.

Gianna y Sofia aparecen en la terraza, atraídas por el alboroto. Cuando ven nuestras caras, lo comprenden.

—¿Ha terminado? —pregunta Sofia.

—Ha terminado.

Bajan corriendo y, de repente, me veo rodeada de mujeres Moretti, todas llorando, riendo y dando gracias a Dios. Esta familia ruidosa, caótica y cariñosa que me eligió cuando la mía no pudo hacerlo.

—Ven —dice Lucia, secándose los ojos—. Vamos a celebrarlo. Prepararé un banquete. Llama a todos. Esta noche tendremos una auténtica cena de domingo.

—Mamá, es jueves…

—Me da igual qué día sea. Celebramos la familia. Celebramos que estamos a salvo. Celebramos a este bebé, que crecerá conociendo únicamente el amor. —Me acaricia la mejilla—. Tú ve a descansar. Yo cocino.

Damiano me lleva dentro y subimos a nuestra habitación. La que han limpiado y reparado. Nuestro refugio.

—¿Cómo te sientes? —me pregunta cuando estamos solos.

—Agotada. Aliviada. Con miedo de que no se haya acabado de verdad.

—Se ha acabado. Te lo prometo…

—No. —Le apoyo los dedos en los labios—. No prometas cosas que no puedes controlar. Tu mundo es peligroso. Nuestro hijo crecerá rodeado de ese peligro. Siempre habrá amenazas.

—Kayla…

—Confío en ti, en que te ocuparás de ellos y nos protegerás. —Le cojo la mano y la poso sobre mi barriga—. Con eso me basta.

Me besa. Suave. Tierno. Una promesa que no necesita decir en voz alta.

—Te quiero —murmura—. A los dos.

—Y nosotros a ti.

Nos tumbamos juntos; él me envuelve con el cuerpo y no aparta la mano de nuestro bebé. Fuera oigo que Lucia ya está dando órdenes a gritos en la cocina. Gianna y Sofia se ríen de algo. El sonido de una familia.

Esta vida no es fácil. No es segura. No es lo que imaginaba cuando regresé a Nueva York hace cuatro meses.

Pero es mía. Nuestra.

Y eso lo es todo.

Esa noche la finca se llena de Moretti.

No solo la familia más cercana: todos. Tías, tíos, primos, primos segundos. Los capos de Damiano con sus familias. Niños correteando por las habitaciones. El italiano llenando cada rincón.

Lucia preside un banquete capaz de alimentar a cien personas. Pasta. Pollo. Salchichas. Verduras. Pan. Postres. Vino —que yo no puedo tomar, pero que los demás beben sin reparos.

—¡Por Damiano! —Tony alza la copa—. ¡Por proteger a la familia!

—¡Por Makayla! —añade la tía Angela—. ¡Por unirse a nuestra familia!

—¡Por el bebé! —exclaman varias voces.

—¡Por la familia! —dice Damiano, rodeándome con el brazo—. Siempre la familia.

La casa estalla en vítores. Las copas chocan. Alguien empieza a cantar. Alguien más se une.

Estoy ahí de pie, embarazada de trece semanas del hijo de un jefe de la mafia, rodeada de criminales y de sus familias, y nunca me he sentido más en casa.

Damiano se acerca y se inclina hacia mí, con los labios junto a mi oído.

—¿Estás bien?

—Estoy perfecta.

—Sí. —Me besa en la sien—. Lo estás de verdad.

La fiesta continúa hasta bien entrada la noche. Al final tengo que sentarme: se me están hinchando los pies y el embarazo empieza a pasarme factura. La madre de Damiano aparece de inmediato con un reposapiés y le ordena que me dé un masaje.

—Mamá, yo soy el jefe…

—Soy tu madre. Masajea los pies de tu mujer. Ahora.

Él obedece, y yo intento no reírme con la imagen de uno de los hombres más peligrosos de Nueva York a las órdenes de su madre de setenta años.

Más tarde, mientras observo a solas la fiesta de los Moretti, me invade una punzada de melancolía. Mis padres biológicos y mi hermano podrían aprender mucho de esta gente.

—Ve acostumbrándote —dice Gianna, que se sienta a mi lado e interrumpe mis cavilaciones—. Cuando nazca el bebé, mamá será aún peor.

—No me importa.

—Mejor, porque ya no te libras de nosotros. —Sonríe de oreja a oreja—. Bienvenida a la familia, hermana.

Hermana. La palabra me oprime el pecho.

Nunca he tenido una hermana ni esta familia cálida y bulliciosa que me acepta sin reservas.

—Gracias —susurro.

—¿Por qué?

—Por todo: por estar aquí, por protegerme y por hacerme sentir parte de algo. Nunca he sido parte de nada.

A Gianna se le dulcifica la mirada.

—Ahora sí lo eres. Llevas dentro un bebé Moretti y Damiano está loco de remate por ti. Eso te convierte en familia, y nosotros protegemos a la familia. Siempre.

Observo a Damiano al otro lado de la sala, enfrascado en una conversación con Marco y Tony. Planeando. Trazando estrategias. Asegurándose de que la paz se mantenga.

Mi peligroso protector y el padre de mi hijo.

Por primera vez desde que empezó todo esto, me relajo del todo.

La guerra ha terminado. Las amenazas están neutralizadas. Nuestro bebé nacerá a salvo.

Rodeado de una familia que lo querrá y lo protegerá.

No es la vida que imaginaba.

Pero es la vida que elijo.

Y eso lo cambia todo.