Un bebé para el jefe de la mafia multimillonario LA FURIA DE DAMIANO #2
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LA FURIA DE DAMIANO #2

Tiene el aspecto que yo tengo por dentro.

—¿Puedo entrar?

Me aparto. Él entra y cierro la puerta detrás de él.

Nos quedamos de pie en el pequeño salón de Simone, a medio metro el uno del otro, con un océano de palabras entre nosotros.

—Has apagado el móvil —dice.

—Necesitaba espacio.

—¿Durante horas?

—Sí.

—¿Tienes alguna idea de…?

Se detiene y respira hondo.

—¿Cómo te encuentras?

—Estoy bien.

—No estás bien. Te escondes en casa de tu amiga porque Julian se te ha metido en la cabeza.

—Julian me contó muchas cosas.

Cruzo los brazos sobre el pecho.

—Julian te contó mentiras.

—¿Ah, sí? ¿Mintió cuando dijo que eres peligroso? ¿Que tus enemigos irán a por mí y que estar contigo me pone en peligro?

—No —admite Damiano—. Eso es verdad. Ya lo hablamos y aceptaste darnos una oportunidad. El resto de lo que te dijo eran mentiras. Eso de que te estoy utilizando, de que eres un peón… es una gilipollez y lo sabes.

—¿Lo sé? —Se me quiebra la voz—. ¿Cómo puedo saberlo, Damiano? Llevamos seis semanas juntos. Tú conoces a Julian desde hace quince años. ¿Cómo sé que no es un juego montado entre vosotros dos? ¿Cómo sé que no estoy atrapada en medio?

Se acerca. Yo no retrocedo.

—Lo sabes —dice en voz baja— porque te presenté a mi madre. Te enseñé a defenderte y no salí corriendo cuando descubrí que estabas embarazada. Joder, os reclamé como míos, a ti y a nuestro bebé, porque te quiero.

Quiero creer sus palabras. Las de Julian han calado hondo y no consigo quitármelas de la cabeza, pero, al mismo tiempo, las suyas cargan con el peso del rechazo de mi familia, mientras que las de Damiano traen esperanza.

—Ya no sé qué creer.

—Entonces cree esto.

Me toma el rostro entre las manos y me obliga a mirarlo a los ojos.

—Estoy enamorado de ti. Lo estoy desde que eras demasiado joven para que yo pudiera desearte, y me odiaba por sentirme así.

Cuando volviste a Nueva York, cuando apareciste en mi puerta destrozada y llorando, intenté mantenerme alejado, ser noble.

Fracasé porque te deseaba más de lo que deseaba hacer lo correcto.

—Damiano.

—No te estoy utilizando ni estoy jugando contigo. Soy un hombre enamorado de una mujer que me hace querer ser mejor de lo que soy. Que me hace querer construir algo bueno en lugar de limitarme a proteger lo que es mío.

Me acaricia la mejilla con el pulgar.

—No eres un peón, Kayla. Eres mi todo, cariño.

Las lágrimas me corren por la cara.

—Él dijo que en realidad no me querías. Que solo soy su hermanita problemática. Que un hombre como tú…

—Es el desgraciado con más suerte del mundo porque tú me elegiste.

Me besa la frente.

—Julian se equivoca, y él y tus padres siempre se han equivocado contigo. Eres brillante, fuerte, una luchadora. No eres un problema. Eres un regalo. Y pasaré el resto de mi vida demostrándotelo, si me dejas.

Doy un salto de fe.

—Te creo —susurro—. Y tengo miedo. Ayer alguien me seguía.

Se le ensombrece la expresión.

—Lo sé. Te han identificado como mi punto débil. Por eso necesito que vuelvas a casa conmigo y me dejes protegerte como es debido.

—¿A casa?

—A mi ático. O te buscamos un sitio nuevo. Un lugar al que no puedan llegar.

Baja las manos hasta mi vientre.

—Un lugar seguro para nuestro bebé.

—Has hablado con Julian.

—Sí.

—¿Qué le dijiste?

—Que se mantenga alejado de ti y que, si vuelve a hacerte daño, nuestra amistad se acaba.

A Damiano se le tensa la mandíbula.

—Le dije que ahora eres mía y que estás bajo mi protección. Que eres terreno prohibido.

—No soy una propiedad. Recuerda: la esclavitud —bromeo.

—Lo sé. No he olvidado que somos un equipo. Julian no entiende nada salvo el poder y la posesión, así que ese es el lenguaje que he usado.

Apoya la frente contra la mía.

—Pero, Kayla, tienes que entender que para mí esto no es un juego. Los Romano ya saben de tu existencia y te utilizarán para llegar hasta mí si pueden. Necesito mantenerte a salvo. Por favor. Déjame protegerte.

Pienso en el hombre de la cazadora de cuero. En cómo me miró. En el miedo que se me ha instalado en el pecho desde ayer.

—Mi familia te quiere —continúa Damiano—. Mi madre me llama todos los días para preguntarme cuándo vuelves a cenar. Gianna quiere llevarte de compras a por ropa premamá y Sofia ya está tejiendo mantitas para el bebé.

Se le quiebra un poco la voz.

—No eres un peón, cariño. Ahora formas parte de la familia, y nosotros protegemos a los nuestros.

Eso me derrumba.

Nunca he tenido una familia. No de verdad. Pero los Moretti son ruidosos, caóticos y muy dados a los abrazos. Me hicieron sentir, por primera vez en mi vida, que tenía un sitio.

—Tengo miedo —susurro.

—Lo sé. Yo también.

Me estrecha contra su pecho y me rodea con los brazos.

—Pero lo solucionaremos. Juntos. Te juro que os mantendré a salvo. A los dos.

Dejo que me abrace y me permito creer que Damiano me quiere de verdad. Que no soy solo un peón en el juego de otro.

—Vale —digo contra su pecho.

—¿Vale?

—Vale. Me iré contigo y dejaré que refuerces la seguridad. Lo que haga falta.

Me aparto para mirarlo.

—Pero, Damiano, somos compañeros. Iguales. No vas a encerrarme ni a tomar todas las decisiones. Lo hablamos todo y decidimos los dos. Juntos.

—Juntos —acepta con voz firme—. Te lo prometo.

—Y deja a Julian en paz. Es un capullo, pero sigue siendo mi hermano. No quiero que os destruyáis mutuamente por mí.

—No puedo prometerte eso. Te puso en peligro...

—Damiano.

Suspira.

—Está bien. No lo mataré, pero tampoco voy a seguir siendo amable. Que se mantenga alejado de ti. Eso no es negociable.

—Me parece justo.

Me ayuda a hacer la maleta. Veinte minutos después aviso a Simone y ya estamos en su todoterreno, con tres de sus hombres en convoy, rumbo a Manhattan.

De vuelta a su mundo, a que me protejan, me adoren y, probablemente, me controlen un poco, aunque él jure que no.

El bebé vuelve a moverse. O quizá solo sean imaginaciones mías.

He elegido a Damiano, y el camino de formar una familia en esta vida peligrosa, complicada y hermosa.

Tengo que creer que nos mantendrá a salvo.