EL INTERÉS DEL RIVAL
Damiano
Los imperios no caen con estruendo: se apagan en silencio; a Vic le di silencio y recuperé mi ciudad.
El soplo llega a las tres de la madrugada.
Estoy en la cama con Makayla, donde lleva los últimos tres días, desde que la traje de casa de Simone. Está acurrucada contra mi costado, con una mano sobre la pequeña barriga, que ya se le marca incluso dormida. Su instinto protector es fuerte desde el principio.
Me vibra el teléfono. Es Marco. Sabe que no debe llamarme a las tres de la madrugada a no ser que sea algo crítico.
Salgo de la cama con cuidado, para no despertarla, entro en mi despacho y cierro la puerta.
—Habla.
—Los Romano lo saben. —La voz de Marco suena sombría—. La siguieron hasta la clínica de la mujer hace dos semanas y le hicieron fotos entrando y saliendo. La vigilan desde entonces y están montando un expediente.
El hielo me inunda las venas.
—¿Muy detallado?
—Lo suficiente. Saben que está embarazada y que el bebé es tuyo. También parecen saber que está de doce semanas. —Hace una pausa—. Jefe, están planeando algo. Corre la voz de que la ven como la baza perfecta. ¿La novia embarazada del Don de los Moretti? Es una oportunidad de oro para ellos.
Cierro los ojos. La rabia y el miedo libran una batalla en mi pecho.
—¿Sabemos qué están planeando?
—Todavía no conozco los detalles. Pero Vic Romano lleva toda la semana reuniéndose con sus capitanes. Se avecina algo.
Vic Romano. El jefe actual, desde la muerte de su padre el año pasado. Joven, ambicioso y lo bastante estúpido como para creer que puede ir a por lo que es mío.
—Duplica su seguridad. Quiero seis hombres por turnos, no tres. Y, Marco, quiero vigilancia sobre todas las propiedades de los Romano, sobre todos los sitios donde hagan negocios. Si estornudan, quiero saberlo.
—Ya estoy en ello. Pero, jefe, hay más.
—¿Qué más?
—Tienen fotos de ella en la consulta de terapia artística y en la cena del domingo con tu familia. También entrando en tu edificio. —La voz de Marco es cautelosa—. Llevan tiempo documentando su rutina. Saben dónde trabaja, dónde vive y quiénes son sus amigos.
Aprieto el teléfono con fuerza.
—¿La han estado acechando y nosotros sin saberlo?
—Fueron cuidadosos. Usaron personas distintas, vehículos distintos. Detectamos parte, pero no todo. —Suena frustrado—. No son aficionados, Damiano. Vic es joven, pero es listo. Aprendió de su padre.
—No tan listo, si cree que puede tocar lo que es mío y seguir con vida.
—¿Qué quieres hacer?
Me lo pienso un instante, calculando.
—Convoca una reunión con mis capos. Mañana a las siete de la mañana. Y consígueme todo lo que tengamos sobre Vic Romano: sus hábitos, sus operaciones y cualquier punto débil que podamos aprovechar. Si quiere jugar a esto, lo destruiré.
—¿Estás pensando en un ataque preventivo?
—Estoy pensando en dar un escarmiento a cualquiera que se atreva siquiera a mirar mal a Makayla. —Miro hacia el dormitorio, donde ella duerme—. Lleva a mi hijo dentro, y eso la vuelve intocable. Necesito que los Romano y todas las demás familias de Nueva York lo entiendan.
—Entendido. Lo tendré todo listo por la mañana.
Cuelgo y me quedo de pie en la oscuridad, con la mente desbocada.
Los Romano saben que está embarazada. La han vigilado, lo han documentado todo y han ido montando el argumento de por qué les sirve como baza. No lo paré lo bastante rápido.
Es culpa mía. Debería haberla trasladado a un lugar seguro en cuanto me enteré de lo del bebé. Debería haber controlado sus movimientos y haberla apartado de la vista de todos.
No quería enjaularla ni convertirme en el cabrón controlador que Julian me acusó de ser. Así que llegué a un término medio: reforcé su seguridad, pero le dejé seguir trabajando, conservar su independencia y seguir con su vida.
Y ahora mis enemigos saben exactamente cómo hacerme daño.
Makayla
Me despierto sola.
La cama está fría en el lado de Damiano. Me incorporo y llevo automáticamente una mano a la barriga. Ya estoy de trece semanas. Se me nota un poco más cada día. Pronto necesitaré ropa premamá de verdad en vez de camisetas holgadas.
Lo encuentro en el despacho, con la mirada fija en la pantalla del ordenador y la mandíbula tensa.
—Hola. —Me apoyo en el marco de la puerta—. ¿Todo bien?
Alza la vista y lo veo de inmediato. Algo va mal.
—Ven aquí.
Me acerco y me sienta en su regazo. Me rodea con los brazos.
—Los Romano saben lo del bebé —dice en voz baja.
Se me hiela la sangre.
—¿Cómo?
—Te siguieron hasta la cita prenatal, te hicieron fotos y te han vigilado desde entonces, documentando tu rutina.
—¿Por qué yo?
Me aprieta más contra él.
—Para presionarme. Estás embarazada de mi hijo, y eso te convierte en algo valioso para ellos. Te usarán para arrancarme concesiones: territorio, dinero, armas, drogas. O para debilitarme, para dejarme vulnerable y poder matarme.
El miedo me trepa por la espalda.
—¿Van a secuestrarme?
—No van a tocarte. —Su voz es de acero—. Te lo juro por Dios, Kayla, no se acercarán a ti, pero tenemos que hacer cambios. De inmediato.
—¿Qué clase de cambios?
Gira la pantalla del ordenador hacia mí. Fotos. Docenas. Yo entrando en la consulta. Yo en la tienda de la esquina. Yo subiendo al coche de Damiano. Yo en la cena del domingo con los Moretti, de pie en el porche, riéndome de algo que había dicho Gianna.
Todas tomadas a distancia. Todas de vigilancia.
—Me estaban vigilando —susurro.
—Sí.
—¿Y tú no lo sabías?
—No todo. Detectamos algo de movimiento, pero iban con cuidado. Utilizaron a gente distinta, vehículos distintos. —Se le tensa la mandíbula—. Debería haberme dado cuenta antes.
Me quedo mirando las fotos. Mi vida, documentada por unos enemigos de cuya existencia ni siquiera sabía hace dos meses. Mi embarazo y mi bebé convertidos en un arma contra el hombre que amo.
—Esto es por mi culpa —digo en voz baja—. Porque estoy contigo y porque estoy embarazada de tu hijo.
—Esto es porque los Romano son buitres oportunistas que ven una debilidad e intentan aprovecharla. —Se vuelve hacia mí—. Tú no tienes la culpa. No pediste nada de esto.
—Pero nuestro bebé… —Se me quiebra la voz—. Nuestro bebé ni siquiera ha nacido y ya lo están usando contra ti.
—Nuestro bebé estará bien. Tú estarás bien, porque voy a eliminar esta amenaza antes de que vaya a más. —Me sostiene la cara con la mano—. Necesito que confíes en mí. ¿Puedes hacerlo?
—¿Qué vas a hacer?
—Lo que sea necesario. —Tiene la mirada dura—. Para empezar, mejorar tu seguridad. Vas a tener un equipo propio: seis hombres en turnos rotativos. Estarán contigo en todas partes. En la consulta, en casa y allá donde vayas.
—¿Seis hombres?
—Seis hombres. Y te vas a mudar.
—¿Adónde?
—A un sitio más seguro. Hoy voy a ver propiedades, sitios con mejores medidas de seguridad y acceso restringido. Un lugar donde los Romano no puedan llegar a ti.
Siento que las paredes se me vienen encima.
—Me estás encerrando.
—Te estoy protegiendo—
—Controlando dónde vivo, quién está a mi alrededor y lo que puedo hacer. —Me pongo en pie y me aparto de él—. Esto es exactamente lo que temía. En cuanto me quedara embarazada, me convertirías en una especie de mujer mantenida en una jaula de oro.
—No es eso.
—¿Ah, no? —Me tiemblan las manos—. Seis guardaespaldas. Mudarme a un lugar seguro. ¿Y qué viene después? ¿Que no puedo trabajar? ¿Que no puedo ver a Simone? ¿Que no puedo salir de casa sin tu permiso?
Se pone en pie y se acerca a mí.
—Eso no es lo que he dicho.
—Estás hablando de poner mi vida entera patas arriba porque tus enemigos me amenazan. Pues ¿sabes qué, Damiano? No soy una damisela a la que haya que encerrar en una torre. Soy una mujer adulta y sé tomar mis propias decisiones.
—Eres una mujer embarazada que lleva a mi hijo dentro, y mis enemigos quieren usarte contra mí. —Alza la voz—. ¡Perdona que quiera manteneros vivos a los dos!
Nos quedamos mirándonos, los dos respirando agitados.
—Sé que tienes miedo —dice, ahora más suave—. Yo también lo tengo, pero no puedo protegerte si no me dejas.
—Protegerme y controlarme son cosas distintas.
—Lo sé.
—¿De verdad? Porque desde donde yo estoy, parece lo mismo.
Se pasa la mano por el pelo, frustrado.
—¿Qué quieres que haga, Makayla? ¿Que finja que la amenaza no existe? ¿Que te deje ir a trabajar todos los días sabiendo que los Romano te vigilan y esperan la ocasión de secuestrarte? ¿Que ponga en peligro a nuestro bebé porque necesitas independencia?
Las palabras me caen como una bofetada.
—Eso no es justo.
—Nada de esto es justo, pero es nuestra realidad ahora mismo. No será así para siempre.
El silencio se alarga entre nosotros.
Tiene razón. Sabía que su mundo era peligroso y que habría consecuencias. Pero saberlo en abstracto y vivirlo son cosas muy distintas.
—No quiero perderme a mí misma —susurro por fin—. Acabo de encontrarme. He montado mi consulta, he hecho amigos, he empezado una vida que es mía. Y ahora…
—Ahora tienes que adaptar esa vida a un peligro real. —Se acerca y me pone la mano en la barriga—. No intento controlarte. Intento mantenerte con vida. Hay una diferencia.
¿La hay? ¿O es lo que se dicen a sí mismos los hombres controladores?
Le miro la cara —el miedo debajo de la rabia, la necesidad desesperada de proteger— y me doy cuenta de que no pretende enjaularme. Le aterra perderme.
—Está bien —digo en voz baja—. Pero no voy a mudarme a ninguna fortaleza. Necesito ventanas. Luz del sol. Espacio para pintar. Y sigo trabajando, al menos hasta que deje de ser seguro.
—Hecho.
—Y me enseñas más defensa personal. No voy a esconderme detrás de unos guardaespaldas y nada más. Necesito poder protegerme a mí misma y a nuestro bebé.
—Te ensañaré todo lo que sé.
—Y tu familia… quiero tenerla cerca. A tu madre, a tus hermanas. Si voy a estar aislada, quiero que estén conmigo.
Algo se suaviza en su expresión.
—A mi madre le va a encantar. Me llama todos los días para preguntar cuándo vuelves a cenar.
—Pues organízalo. Cena familiar todos los domingos. Toda tu familia. Lo necesito.
—Dalo por hecho.
Respiro hondo.
—Enséñame las propiedades que estás considerando. Y los protocolos de seguridad. Quiero entender qué planeas.
Abre unos archivos en el ordenador. Tres propiedades distintas: todas en edificios seguros, todas con sistemas de seguridad reforzados. Una está en Manhattan y dos, en zonas más seguras de Brooklyn.
—Esta —señalo una casa de piedra rojiza en Brooklyn—. Tiene jardín. Con el tiempo, el bebé tendrá sitio para jugar. Y no está demasiado lejos de la consulta.
—También tiene puertas reforzadas, ventanas antibalas y una habitación del pánico —abre más detalles—. El edificio solo tiene cuatro viviendas, todas propiedad de gente de mi confianza. Vigilancia en cada entrada. Acceso controlado.
—Es como una fortaleza disfrazada de casa.
—Exacto.
La estudio durante un buen rato.
—Vale. Vamos a verla hoy.
—¿De verdad?
—De verdad. Pero, Damiano, acepto esto porque quiero que nuestro bebé esté a salvo. No porque vaya a permitir que me controles. Hay una diferencia.
—Lo sé. —Me besa la frente—. Gracias.
—No me des las gracias todavía. Aún tienes que convencerme de que la cocina es lo bastante grande.
Se ríe y parte de la tensión se disipa.
—Mi madre tendrá su opinión al respecto.
—Tu madre tiene opinión sobre todo.
—Cierto.
Esa misma tarde, Damiano convoca una reunión con sus capos. No estoy invitada, pero oigo el murmullo de voces desde su despacho. Planean. Trazan estrategias. Se preparan para lo que venga.
Lucia aparece a las dos de la tarde con comida suficiente para alimentar a un ejército.
—Mi hijo me ha llamado —dice mientras irrumpe en la cocina—. Dice que los Romano están causando problemas. Dice que necesitas tener cerca a la familia.
—Es muy amable por tu parte, pero no tienes por qué…
—Me quedo. —Empieza a sacar recipientes—. Gianna y Sofia vienen mañana. Nos turnaremos. No estarás sola nunca. ¿Capisce?
—Lucia, tengo guardias…
—Los guardias son guardias. Tú necesitas una familia. —Me toma la cara entre las manos—. Llevas dentro a mi nieto. Eso te convierte en familia. Nosotros protegemos a nuestra familia.
Se me llenan los ojos de lágrimas.
—Gracias.
—Nada de gracias. Esto es lo que hacemos. —Me suelta y empieza a organizar la comida—. Ahora comes por dos. Necesitas proteínas. Hidratos. Buena comida. No esa basura americana con la que seguramente te alimenta Damiano.
A pesar de todo —el miedo, las amenazas, las fotos de vigilancia—, sonrío.
Esto es lo que nunca he tenido. Una familia que aparece cuando la necesitas. Una familia que protege. Una familia que te da de comer, te manda y te hace sentir que formas parte de algo.
Damiano
La reunión con mis capos se prolonga hasta las seis de la tarde. Lo revisamos todo: la vigilancia de las propiedades de los Romano, los puntos débiles de su organización, los aliados que podemos poner de nuestro lado y las oportunidades de atacar.
—Primero los golpeamos en lo económico —decido—. Sus negocios de apuestas y sus préstamos usurarios. Que sangren dinero. Después iremos a por sus cadenas de suministro.
—¿Y si contraatacan? —pregunta Tony.
—Lo harán. Pero estaremos preparados. —Me echo hacia atrás en el asiento—. Duplicad las patrullas en nuestro territorio. Aumentad la seguridad de todos los negocios de la familia. Y si alguien mira mal a Makayla, quiero saberlo de inmediato.
—¿Y el propio Vic Romano? —pregunta Marco.
—Ahora mismo, Vic es intocable. Eliminar a un jefe sin la aprobación de las demás familias desataría una guerra. —Hago una pausa—. Pero ¿sus capitanes? ¿Sus soldados? Con ellos tenemos vía libre.
Los hombres asienten. Lo entienden.
—Una cosa más —digo—. Mi madre se queda aquí. Mis hermanas irán turnándose. Cualquiera que tenga familia dentro de la organización Moretti —esposas, hijos, padres—, aseguraos de que también estén protegidos. Si los Romano van a por Makayla, podrían ir a por otras familias para enviar un mensaje.
—Hecho —confirma Marco.
Cuando se marchan, encuentro a Makayla en la cocina con mi madre. Están cocinando o, mejor dicho, mi madre cocina y Makayla observa, pregunta y aprende.
—Necesitas más ajo —dice mi madre mientras echa otros tres dientes en lo que sea que estén preparando—. Siempre hace falta más ajo.
—¿No será demasiado?
—¿Demasiado? ¡El ajo es vida! Aprende esto y no lo olvides.
Makayla cruza la mirada conmigo y sonríe. A pesar de todo —las amenazas, el miedo, el vuelco que ha dado su vida—, parece feliz.
Por eso estoy luchando. Por esa sonrisa. Por esa felicidad. Por la vida que estamos construyendo.
Y reduciré el mundo a cenizas antes de permitir que los Romano nos la arrebaten.