LA FURIA DE DAMIANO
Damiano
Los Romano han encontrado mi punto débil; ahora van a descubrir cómo esa debilidad se convierte en mi mejor arma.
Doce horas.
Doce horas desde que Makayla apagó el móvil. Doce horas llamando, mandando mensajes y sin recibir nada a cambio. Doce horas de rabia acumulándose en mi pecho como un reactor nuclear a punto de estallar.
Estoy en mi despacho a las seis de la mañana, no he dormido y Marco me da su informe matutino con el tono cauteloso que se usa cerca de los explosivos.
—Se quedó toda la noche en casa de Simone. Ningún movimiento. El móvil sigue apagado.
—¿Y Julian?
—Se fue a su ático sobre las nueve de la noche. Solo. No ha salido desde entonces.
Me reclino en la silla, junto las puntas de los dedos y empiezo a hacer cálculos. Julian la recogió. Se enfrentó a ella. Le dijo algo que la hizo huir de mí. Algo que la llevó a apagar el móvil y esconderse.
¿Qué coño le dijo?
—Hay algo más —dice Marco con cautela—. Tony informó ayer de actividad inusual cerca del edificio de Makayla. Vieron a un soldado de los Romano en su manzana alrededor del mediodía. Estaba vigilando.
Todos los músculos de mi cuerpo se tensan.
—¿Los Romano saben de ella?
—Eso parece. Se ha corrido la voz de que tienes una relación con alguien. Llevan tiempo vigilando, esperando confirmarlo —la expresión de Marco es sombría—. Ayer lo confirmaron. Ahora está en su radar.
Se me hiela la sangre en las venas. No es pánico; yo no entro en pánico. Es furia fría y calculada.
Los Romano han identificado a Makayla como mi punto débil. Y ahora ella no está conmigo ni protegida, sino escondida en casa de su amiga porque mi socio la ha puesto en mi contra.
—¿Cuántos hombres tenemos en el edificio de Simone?
—Tres. Se turnan. Son buenos.
—Que sean seis. Y quiero ojos en cada entrada, cada ventana y cada posible acceso o salida —me pongo en pie y cojo la chaqueta—. Organiza una reunión con Julian. Esta noche. En algún sitio privado.
—¿Privado hasta qué punto?
—Lo bastante privado como para que nadie le oiga gritar.
Marco asiente.
—Dalo por hecho.
—Y consígueme todo lo que Julian le dijo ayer. Me da igual cómo lo hagas: el conductor, una grabación o leyendo los labios en imágenes de satélite. Quiero saber cada palabra.
—Ahora mismo, jefe.
Me dirijo a la puerta. Marco me detiene.
—¿Jefe? ¿Piensas traerla de vuelta por la fuerza?
Me detengo.
—No. Pienso hacerle entender que conmigo está más segura que en cualquier otro sitio. Después acabaré con cualquiera que la amenace. Empezando por los Romano.
—¿Y Julian?
—Julian ya no es mi amigo. Desde ayer, no es más que otro riesgo que tengo que gestionar.
Al mediodía ya tengo la transcripción. El conductor de Julian lo ha vendido por veinte mil dólares, porque la lealtad solo llega hasta cierto punto.
Leo cada palabra. Cada manipulación cruel. Cada mentira pensada para que Makayla dudara de mí.
«¿De verdad crees que un hombre como Damiano Moretti está interesado en ti? ¿En mi hermanita? ¿En la chica que no ha sido más que un problema en toda su vida?».
Estrujo el papel entre las manos.
«Es una jugada de poder. Tú eres un peón».
Voy a matarlo.
No metafóricamente. No profesionalmente. Voy a matarlo de verdad.
Marco debe de notarlo en mi cara, porque se interpone entre la puerta y yo.
—Piénsalo bien, jefe. Es Julian Hartwell, un empresario muy conocido. Su muerte atraería una atención que no nos hace falta.
—Me da igual.
—Te importará cuando el FBI empiece a husmear —la voz de Marco es firme—. Y Makayla jamás te perdonará que mates a su hermano, aunque sea un pedazo de mierda.
Tiene razón. Maldita sea, tiene razón.
—Está bien —me obligo a respirar—. No lo mataré. Pero haré que desee que lo hubiera hecho.
La reunión queda fijada a las ocho de la tarde en un almacén de Red Hook. Mi territorio. Mis reglas.
Julian llega puntual, entra como si el sitio fuera suyo. Se le ve seguro y sereno. No sabe que yo sé lo que hizo. Todavía cree que somos amigos y socios. Ya va siendo hora de sacarle esa idea de la cabeza.
Dos de mis hombres flanquean la entrada. Marco está a mi lado. Julian viene solo; es lo bastante listo para saber que traer matones sería un insulto.
—Damiano —se detiene a tres metros—. Supongo que esto es por Makayla.
—Supones bien.
—Mira, sé que estás enfadado.
—¿Enfadado? —mi voz suena peligrosamente tranquila—. ¿Crees que estoy enfadado? No, Julian. Enfadado te pones cuando alguien te cierra el paso en el tráfico. Yo estoy a un latido de romperte todos los huesos del cuerpo.
Aprieta la mandíbula.
—¿Me estás amenazando?
—Estoy constatando hechos —acorto la distancia entre nosotros.
Él no retrocede; eso se lo reconozco—. Acorralaste a mi novia embarazada.
Le metiste en la cabeza la mentira de que yo la estaba utilizando, le hiciste creer que no vale nada y luego la dejaste tirada en la calle, porque tu imagen y tus negocios te importan más que tu hermana.
—Yo la estaba protegiendo…
—¡La estabas manipulando! —Mi voz retumba contra las paredes del almacén—. Querías separarnos. Que dudara de mí. Alejarla, porque lo que ha pasado entre nosotros afecta a tu visión egocéntrica del mundo. La has abandonado toda su vida.
—Es mi hermana…
—Dejó de ser tu hermana cuando te negaste a acogerla a los doce años, cuando permitiste que tus padres la mandaran a un internado mientras tú construías tu imperio. La rechazaste una y otra vez, hasta que aprendió a dejar de suplicar tu amor o el de tus padres.
Julian se estremece. Bien.
—Ahora no te hagas el hermano preocupado —continúo—. Perdiste ese derecho hace años. Ya no te corresponde protegerla, Julian. Ahora es mía.
—¿Tuya? —La voz de Julian se eleva—. Es una Hartwell, nos pertenece y siempre nos pertenecerá. Solo haces esto para ganar más terreno en la dinastía Hartwell.
Me río, porque si no me riera le partiría la cara.
—No es una propiedad, Julian. Es un ser humano, con sentimientos y pensamientos.
—No es nada sin el apellido Hartwell —suelta Julian con desdén—. No sabe protegerse sola y ahora la has dejado embarazada. A mis padres les va a dar un ataque, porque la has convertido en una vergüenza para la familia.
—No me des lecciones sobre su libertad de decidir.
Yo le enseñé a disparar y a defenderse. La presenté a mi familia, le conté la verdad sobre mi mundo y la dejé elegir.
—Doy un paso adelante e invado su espacio—.
¿Y tú? Tú le mentiste. Le dijiste que la estoy utilizando y que un hombre como yo no podía desearla de verdad.
—Porque es verdad…
Lo agarro por el cuello. No para asfixiarlo. Para dejar algo claro.
—Escúchame muy bien —digo con voz de hielo—. Estoy enamorado de tu hermana y pienso convertirla en mi esposa. Está esperando un hijo mío. Esos son los hechos. No son juegos de poder. Son hechos.
Abre mucho los ojos.
—Puedo encargarme de que interrumpan el embarazo. No tiene por qué ser un problema.
Le aprieto el cuello hasta que se le pone la cara roja, luchando contra el impulso de acabar con él.
—Está embarazada de doce semanas. Va a tener al bebé.
Se queda conmigo. Lo único que has conseguido es poner en peligro a ella y a nuestro hijo.
—Bajo la voz hasta un susurro helado—. Vuelve a hacer una gilipollez así y se acabó: la amistad, los negocios, todo.
Sacaré a la luz todos los negocios sucios que has hecho en tu vida. Justo antes de matarte.
Lo suelto. Retrocede tambaleándose y se frota el cuello.
—¿Me amenazas con destruirme por una mujer?
—Te prometo que te destruiré si vuelves a hacerle daño a mi mujer.
—Me aliso la chaqueta—. Makayla está bajo mi protección, y eso significa que tú y tu puta familia la tenéis prohibida.
No hablarás con ella ni le mandarás mensajes a través de intermediarios.
Si tienes algo que decirle, pasa por mí primero.
—No puedes apartarme de mi propia hermana…
—Ponme a prueba. —Me doy la vuelta para marcharme, pero me detengo—. Ah, y otra cosa, Julian: los Romano la han identificado. Ayer tenían a alguien vigilando su edificio, así que tu numerito la puso en un peligro aún mayor. Estaba sola y sin protección porque tú hiciste que huyera de mí.
El color desaparece de su rostro.
—¿Los Romano saben de ella?
—Ahora sí, lo que significa que tengo que llevarla a un sitio seguro y asegurarme de que no vuelva a quedarse sola nunca; todo gracias a que no querías pasar vergüenza porque esté conmigo.
—Lo miro fijamente a los ojos—. En lugar de estar protegida del todo, pasó la noche escondida en casa de su amiga, aterrorizada y confundida, mientras mis enemigos rondaban.
—No lo sabía…
—No te importaba. Querías controlarla. Enhorabuena. Has puesto en peligro a tu hermana y al hijo que lleva dentro. —Camino hacia la salida—. Aléjate de ella, Julian. No te lo advertiré otra vez.
—Damiano…
—Aquí hemos terminado.
Lo dejo ahí plantado, con Marco a mi espalda y la rabia apenas contenida.
—Ha ido mejor de lo que esperaba —comenta Marco—. Al final no lo has matado.
—La noche no ha acabado todavía.
Makayla
Estoy preparando café en la cocina de Simone cuando llaman a la puerta.
Golpes fuertes. Insistentes. No es el toque amable de un vecino.
Simone está trabajando. Estoy sola.
Llevo la mano al móvil, que sigue apagado desde ayer. Lo enciendo y empieza a vibrar con las notificaciones. Decenas de llamadas perdidas. Y aún más mensajes.
Todos de Damiano.
Vuelven a llamar.
—Makayla. Sé que estás ahí. Abre la puerta.
La voz de Damiano. Ronca. Desesperada.
Debería sentir alivio. En cambio, me resuenan en la cabeza las palabras de Julian.
«Te está utilizando. Eres un peón».
Pero el bebé da una patadita; bueno, una patada no, es demasiado pronto, pero juro que siento algo en respuesta. Un revoloteo. Un recordatorio de lo que compartimos.
El bebé también es de Damiano. Tiene derecho a verme. Por muy enfadada que esté con él, creo que debería dejar que me hable.
Abro la puerta.
Parece que no ha dormido. El traje arrugado, el pelo revuelto, como si se hubiera pasado las manos por él mil veces. Y unas ojeras marcadas.