Un bebé para el jefe de la mafia multimillonario EL DESCUBRIMIENTO DE JULIAN #2
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EL DESCUBRIMIENTO DE JULIAN #2

—¿Puedo quedarme esta noche en tu casa? —Me tiembla la voz—. Creo que alguien me está siguiendo y yo… necesito un sitio seguro.

—¿Dónde estás?

—En Midtown, cerca de Times Square.

—Quédate en un sitio público. Voy a buscarte. Mándame la ubicación exacta por mensaje. —Su voz es tranquila, firme—. Todo va a salir bien.

Le mando mi ubicación. Luego me meto en un Starbucks y me siento donde pueda ver la puerta.

El hombre de la cazadora de cuero pasa por delante. Mira por el escaparate. Me ve.

Nuestras miradas se cruzan.

Y desaparece.

Para cuando Simone viene a buscarme, estoy hecha polvo. No hace preguntas. Simplemente me lleva a su apartamento de Park Slope, me ayuda a entrar y me prepara un té.

—¿Quieres contarme qué pasa? —pregunta al final.

Quiero. Dios, quiero contárselo todo a alguien. Pero ¿por dónde empiezo?

Mi hermano me ha tendido una emboscada en su coche. Me ha dicho que mi novio me está utilizando. Alguien me ha seguido por Manhattan. Estoy embarazada de doce semanas y aterrorizada.

—Problemas familiares —digo en su lugar—. Mi hermano se ha enterado de que salgo con alguien y ha perdido la cabeza. Esta noche solo necesito espacio para pensar.

—Claro. Puedes quedarte todo el tiempo que necesites. —Me aprieta la mano—. Ese alguien con quien sales… ¿te trata bien?

Pienso en Damiano. En cómo me mira. En cómo me abraza. En cómo reaccionó al enterarse de lo del bebé: se enfadó porque no se lo había contado antes, pero al final se mostró protector y cariñoso.

—Eso creo —susurro—. Eso espero.

—¿Pero tu hermano no lo aprueba?

—Mi hermano no aprueba nada de lo que hago.

Simone asiente.

—La familia es complicada. Descansa un poco. Mañana ya veremos qué hacemos.

Pero no duermo. Tumbada en la habitación de invitados de Simone, con el teléfono apagado y una mano sobre la pequeña barriga, me quedo pensando.

En las palabras de Julian. En el hombre que me seguía. En si soy un peón o una compañera.

En si el amor basta cuando el mundo es tan peligroso.

Tengo el teléfono apagado, pero sé que Damiano está llamando. Mandando mensajes. Probablemente esté perdiendo la cabeza porque no contesto.

Una parte de mí quiere encenderlo. Oír su voz. Dejar que lo arregle todo él.

Pero otra parte —esa en la que se han clavado las palabras de Julian— se pregunta si llamarlo es exactamente lo que él quiere. Si mi dependencia de él forma parte del plan.

Ya no sé en quién confiar.

¿En Julian, que nunca ha estado ahí para mí pero ahora dice que intenta protegerme?

¿O en Damiano, que dice que me quiere pero viene de un mundo en el que el amor y la lealtad son moneda de cambio?

Me hago un ovillo en torno al vientre, protegiendo la vida que crece dentro de mí.

A este bebé no le importan las luchas de poder, ni las pruebas de lealtad, ni si yo soy un peón en la partida de alguien.

Este bebé solo necesita que lo mantenga a salvo.

Y ahora mismo ya no sé quién ni qué es seguro.

Damiano

Makayla no contesta al teléfono.

He llamado seis veces. He mandado quince mensajes. Nada.

Tony ha informado de que el chófer de Julian la recogió al salir del trabajo. Ella subió al SUV. Estuvieron dando vueltas veinte minutos y luego ella se bajó en Midtown y Julian se fue.

Desde entonces, nada.

No está en su apartamento. Ni en la consulta. Ni en ninguno de los sitios a los que suele ir.

Tiene el teléfono apagado.

Y estoy a punto de perder la cabeza.

—Tony dice que parecía alterada cuando salió del coche de Julian —informa Marco—. Lo que sea que le dijo Julian, le ha afectado.

—Encuéntrala.

—Jefe…

—Encuéntrala. Ya. —Mi voz suena mortalmente serena—. Quiero saber dónde está, con quién está y si está a salvo. Ahora.

Marco asiente y se marcha.

Doy vueltas por el despacho. ¿Qué demonios le ha dicho Julian? ¿Qué veneno le ha metido en la cabeza?

Sabía que esto iba a pasar. Sabía que Julian acabaría enterándose y se metería por medio. Pero pensaba que tendría más tiempo. Pensaba que Makayla y yo seríamos lo bastante sólidos para aguantar sus manipulaciones.

Y ahora está embarazada, se esconde de mí y no sé si es porque tiene miedo o porque Julian la ha convencido de que yo soy el enemigo.

Suena mi teléfono. Es Marco.

—La he encontrado. Está en el apartamento de Simone, en Park Slope. La amiga de la consulta.

El alivio me inunda.

—¿Está a salvo?

—Eso parece. Fue directa allí desde Times Square.

Times Square. ¿Qué demonios hacía en Times Square?

—Deja a alguien vigilando el edificio. Con discreción. Quiero saber si sale.

—¿Voy para allá?

—Espera, jefe. Sabes que está embarazada. Está a salvo, así que deja que se calme esta noche y hable con su amiga.

Suspiro.

—Puede que este embarazo sea el culpable de que me salgan canas.

—Tranquilo, jefe. Mi hermana ya tiene a Rocco y ahora ella y Enzo no paran de sonreír. Yo pensaba que mi cuñado iba a acabar alcohólico mientras ella estaba embarazada.

—Vale. Gracias, Marco.

Aunque todos mis instintos me gritan que vaya con ella, que arregle lo que Julian haya roto y la traiga a casa, donde debe estar, confío en mi subjefe y amigo.

—Mañana por la mañana quiero saber todo lo que Julian le ha dicho. Todo.

—¿Cómo…

—No me importa cómo. Hazlo.

Cuelgo y me dejo caer en el sillón.

Está a salvo. Eso es lo que importa.

Pero no está conmigo. Y eso es inaceptable.

Makayla es mía. Su bebé es mío.

Y voy a recuperarlos.

Mañana.