Un bebé para el jefe de la mafia multimillonario EL SECRETO DESCUBIERTO #2
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EL SECRETO DESCUBIERTO #2

—Parece que era una revisión prenatal. De un embarazo reciente.

El mundo se detiene.

Embarazada.

Makayla está embarazada.

De mi hijo.

Y no me lo ha dicho.

Makayla

Han pasado dos semanas desde que me enteré. Dos semanas escondiéndolo, mintiendo, inventando excusas; dos semanas de náuseas matutinas, agotamiento y pánico por el futuro.

Ya estoy de doce semanas. La barriga es pequeña, pero se nota cuando estoy desnuda.

Tengo los pechos claramente más llenos y sensibles.

Los vaqueros de siempre ya no me abrochan.

No es que no me quepan, es que me sientan raros en la tripa (y no raros de gracioso, sino raros de extraño). Pronto será imposible esconderlo.

Sé que tengo que decírselo. Esta noche. Se lo diré esta noche.

Damiano viene a cenar. Prepararé algo sencillo, nada con olores fuertes que me den náuseas. Comeremos, hablaremos y se lo diré.

Practico las palabras frente al espejo: «Estoy embarazada». Sencillo. Directo.

¿Por qué me cuesta tanto decirlo?

Porque todo cambia en cuanto lo diga. Nuestra relación deja de ser algo hermoso y apasionado para enredarse en responsabilidades y obligaciones. Querrá casarse conmigo. Protegerlo y controlarlo todo.

Perderé mi autonomía cuando apenas acabo de encontrarla.

El bebé necesita un padre, y Damiano merece saber que va a ser padre.

Llaman a la puerta a las siete de la tarde en punto. Es Damiano, con bolsas de comida para llevar: italiana, siempre italiana, probablemente de ese sitio del Bronx que su madre jura que es el mejor.

Pero, al abrir, sé de inmediato que algo va mal.

Tiene la cara indescifrable. Deliberadamente inexpresiva, de esa forma que delata que está conteniendo algo muy gordo.

—Hola —digo—. Justo estaba…

—¿Estás embarazada?

Las palabras me golpean como un puñetazo.

—¿Qué?

—¿Estás embarazada, Kayla?

Entra, va a la cocina y deja la comida en la isla.

—Sí o no.

Abro la boca. La cierro. El corazón me late tan deprisa que me retumba en los oídos.

—¿Cómo te has…?

—Responde a la pregunta.

—Yo… —Se me llenan los ojos de lágrimas—. Sí.

Cierra los ojos y respira hondo. Cuando vuelve a abrirlos, hay tanta emoción en ellos que no consigo descifrarla toda. Ira. Miedo. Asombro. Dolor.

—¿Desde cuándo lo sabes?

—Dos semanas. Pero llevo doce semanas embarazada. No me di cuenta. Estaba tan ocupada con la consulta que ignoré todos los síntomas. Pensé que solo era estrés. —Las lágrimas me corren por la cara—. No lo descubrí hasta hace dos semanas.

—Doce semanas. —Le sale la voz áspera—. Estás embarazada de doce semanas.

—Sí.

—Iba a decírtelo.

—¿Cuándo? ¿Cuándo pensabas decirme exactamente que estás esperando un hijo mío? —Habla con la voz contenida—. ¿Pensabas decírmelo alguna vez? ¿O ibas a desaparecer un día sin más?

—¡No! Dios, no. Iba a decírtelo esta noche. Te lo juro.

—¿Y por qué iba a creerte? Llevas dos semanas mintiéndome. Inventando excusas. Ocultándome esto.

—¡Necesitaba tiempo para asimilarlo yo misma! —Las palabras me salen de golpe—. ¡Necesitaba tiempo para saber qué quería antes de que tomaras el control y decidieras todo por mí!

—¿Eso es lo que piensas? ¿Que tomaría el control?

—¡Sí! Porque es lo que haces, Damiano. Controlas las cosas. Las proteges controlándolas. Y lo sabía… ¡sabía que en el momento en que te dijera que estaba embarazada querrías encerrarme en algún sitio seguro y decidir sobre mi cuerpo y mi futuro sin preguntarme qué quiero yo!

—Eso no es justo.

—¿Ah, no? —Ya estoy llorando: dos semanas de miedo y estrés que se me desbordan—. Querrías casarte conmigo de inmediato. Llevarme a algún sitio seguro. Ponerme más guardaespaldas y obligarme a dejar de trabajar. Convertirme en una mujer mantenida en una jaula dorada.

—¡Quiero mantenerte a salvo!

—¡Quieres controlarme! —Me seco los ojos—. Me pasé la infancia entera bajo el control de los demás. De todos los que creían saber qué era lo mejor para mí. Por fin soy libre, por fin estoy construyendo mi propia vida, y sabía que este embarazo acabaría con todo eso.

Me mira fijamente.

—Entonces, ¿qué pensabas hacer? ¿Criar sola a mi hijo? ¿Dejarme fuera por completo?

—No. Iba a decírtelo. Esta noche. Solo necesitaba tiempo para aclarar primero lo que sentía yo.

—Lo que sentías tú. —Lo dice en un tono peligrosamente bajo—. ¿Y lo que siento yo, qué? Soy el padre. Tenía derecho a saberlo. Llevas tres meses embarazada.

—¡No lo sabía durante casi todo ese tiempo! Estaba tan ocupada, tan absorta en todo, que ignoré todas las señales. Y cuando por fin me di cuenta, hace dos semanas, entré en pánico.

—¿Sí? Porque parece que decidiste que no se me podía confiar esta información y que, de algún modo, lo echaría todo a perder. —El dolor que hay en su voz me rompe el corazón.

—Lo siento —susurro—. Lo siento muchísimo. Tenía miedo, entré en pánico y tomé la decisión equivocada. Pero, Damiano, iba a decírtelo. Te juro que sí.

Se queda callado un buen rato, respira hondo un par de veces y luego pregunta:

—¿Vas a tenerlo?

—Sí, por supuesto.

—¿Estás segura?

—Sí, voy a tener a nuestro bebé. En ningún momento se me pasó por la cabeza otra cosa. No voy a deshacerme de él ni a darlo en adopción. Es nuestro hijo y lo quiero. Solo necesitaba un poco de tiempo para asimilarlo.

Algo cambia en su expresión. Se suaviza.

—Vale —dice en voz baja.

—¿Vale?

—Vale.

Se acerca un poco más.

—Marco dijo que no estabas pensando con claridad por todas esas hormonas de más que te corren por el cuerpo.

Me contó que, cuando su hermana se quedó embarazada, decidió hacer un viaje en tren de costa a costa en vez de decírselo a su marido.

Y luego lloró durante todo el trayecto de vuelta, cuando su marido fue a buscarla.

Asiento despacio.

—Yo no pensaba irme de viaje. Es que… tengo miedo, Damiano. No sé si seré una buena madre. Mi madre me trató tan mal que no sé qué pensar.

—Vas a ser una madre estupenda. Y, además, cuando se enteren mi madre, mis tías, mis primas y mis hermanas, vas a tener tanta ayuda y tantos consejos que no sabrás qué hacer con todo.

Apoya la palma de la mano en mi abdomen. Sigue plano, pero ahí dentro hay un bebé. Nuestro bebé.

—¿De cuánto estás?

—De doce semanas. Salgo de cuentas a principios de mayo.

—Me quedo contigo, ¿sabes? —dice por fin—. Con los dos. ¿Lo entiendes? Ahora sois míos. Los dos. Y voy a protegeros, te guste o no.

—Damiano…

—No.

Su voz es firme.

—Esto no se discute. Estás embarazada de mi hijo. Eso significa que estás bajo mi protección. Voy a reforzar la seguridad. Te vienes a vivir conmigo…

—¡No me voy a mudar contigo!

—…o me instalo yo aquí. Tú eliges. Pero no vamos a vivir separados. No mientras lleves a mi bebé.

—¡Esto es exactamente lo que me daba miedo!

Me toma el rostro entre las manos y me obliga a mirarlo.

—Eres lo más importante de mi vida. Ahora tú y este bebé sois lo más importante. No voy a pedir perdón por querer manteneros a salvo.

—No quiero perderme a mí misma…

—No vas a perderte. Te lo juro. Pero, Kayla, tienes que entenderlo: en cuanto mis enemigos se enteren de que estás embarazada, te convertirás en el mayor objetivo de Nueva York. Irán a por ti para llegar hasta mí. No puedo permitirlo.

El miedo en su voz es real. Crudo.

—Tengo miedo —susurro.

—Lo sé. Yo también.

Apoya la frente contra la mía.

—Pero ya lo resolveremos. Juntos. ¿Trato hecho?

—Trato hecho.

—Y no me vuelvas a ocultar una cosa así. Nunca.

—No lo haré. Te lo prometo.

Me besa. Al principio con suavidad, luego con más intensidad. Cuando se aparta, todavía tiene la mano sobre mi vientre.

—Un bebé —dice, con asombro en la voz—. Vamos a tener un bebé.

—Sí.

—Voy a ser padre.

—Sí.

Una sonrisa le ilumina la cara. Sincera. Radiante.

—Voy a ser padre.

A pesar de todo —el miedo, las complicaciones, el peligro—, le devuelvo la sonrisa.

—Sí. Lo serás.

Se arrodilla delante de mí, con las manos en mis caderas y la frente apoyada en mi vientre.

—Voy a protegeros —murmura—. A los dos. Te lo juro. Nada os hará daño. Nada os tocará. Sois míos.

Le paso las manos por el pelo mientras las lágrimas me corren por la cara.

No era así como quería contárselo. Pero al verlo así —vulnerable, maravillado, ya enamorado del bebé que aún no ha nacido—, quizá tenía que pasar exactamente de esta manera.

—Vamos a estar bien —susurro—. Los tres.

Alza la vista hacia mí y lo veo todo en sus ojos. Amor. Determinación.

—Sí —dice—. Lo estaremos, y encontraremos la manera de que puedas seguir trabajando. Sé que eso es importante para ti.