EL SECRETO DESCUBIERTO
Makayla
«Todos nos decimos que los monstruos no existen… hasta que uno te aprieta contra su pecho y te gruñe “mía” al oído».
Es uno de esos momentos de «ay, mierda». Cuatro semanas en la mejor relación de mi vida y se me ha retrasado la regla.
Diez días de retraso.
Miro fijamente el calendario del móvil y cuento hacia atrás por tercera vez esta mañana.
Cuatro semanas desde que Damiano y yo somos pareja oficialmente.
Diez semanas desde aquella primera noche temeraria en la que no usamos protección porque estábamos desesperados, destrozados y no pensábamos en las consecuencias.
Diez semanas.
La regla debería haberme venido hace dos semanas. Y antes de esa ya me había faltado otra entera.
¿Cómo no me he dado cuenta antes?
Pero sé muy bien cómo. La consulta ha sido una locura: clientes nuevos cada semana, sesiones de crisis, solicitudes de subvenciones. Estaba agotada, sí, pero lo achaqué a levantar un negocio de cero. ¿Las náuseas? Estrés. ¿Lo del café? Que había decidido cuidarme más.
He estado tan ocupada, tan metida en mi nueva vida con Damiano, la consulta y las cenas de los domingos con los Moretti, que ignoré todas y cada una de las señales que mi cuerpo me gritaba.
Hasta hace dos semanas —unas ocho de embarazo—, cuando estaba atendiendo a un cliente y de repente tuve que salir corriendo al baño a vomitar.
Cuando el olor de la colonia de Damiano, que normalmente me encanta, me dio arcadas.
Cuando me di cuenta de que llevaba los mismos tres pantalones porque todo lo demás me apretaba en la cintura.
Ahí fue cuando se me coló la sospecha. Ahí fue cuando empecé a contar hacia atrás y vi cuánto retraso llevaba.
Y ahora, de pie en el pasillo de la farmacia a las diez de la noche de un martes, delante de las pruebas de embarazo, ya no puedo seguir ignorándolo.
Cojo tres marcas distintas. Más vale asegurarse. Luego añado a la cesta galletas saladas y ginger ale, para que quien esté en la caja no sepa exactamente qué clase de crisis estoy pasando.
Me tiemblan las manos mientras desenvuelvo la primera prueba.
De repente, el baño se me hace demasiado pequeño. Demasiado luminoso. Las instrucciones se desdibujan mientras intento leerlas a través del pánico que me sube por la garganta.
Hacer pis en el palito. Esperar tres minutos. Mirar el resultado.
Sencillo. Clínico. Capaz de cambiarte la vida.
Lo hago. Después dejo la prueba en el borde del lavabo y abro de inmediato la segunda caja, porque ¿y si la primera está defectuosa? ¿Y si lo he hecho mal?
Me hago las tres pruebas. Las alineo en la encimera. Pongo el cronómetro del móvil.
Tres minutos.
Doy vueltas por el baño diminuto. Seis pasos en una dirección. Seis de vuelta. El corazón me golpea las costillas.
Es imposible. Hemos tenido cuidado. Después de aquella primera noche, hemos usado preservativo siempre. No tomo anticonceptivos porque me trastocan el ánimo, pero hemos sido responsables.
Solo que tener cuidado no es infalible. Y aquella primera noche…
Dios, aquella primera noche fuimos todo lo contrario a cuidadosos.
Suena el cronómetro.
Cierro los ojos. Respiro hondo. Los abro.
Dos líneas en la primera prueba.
Dos líneas en la segunda.
Dos líneas en la tercera.
Embarazada.
Estoy embarazada.
Las piernas me fallan. Me siento en la tapa del váter, con tres pruebas de embarazo positivas delante, y el mundo entero se me ladea.
Estoy embarazada de Damiano. Del jefe de la mafia que se gana la vida matando gente. Del hombre al que conozco desde hace once años, pero con el que solo llevo cuatro semanas. Del hombre que me saca doce años y que ya piensa que soy demasiado joven, demasiado inocente para su mundo.
Diez semanas. Estoy embarazada de diez semanas y ni me había dado cuenta.
Dios mío. ¿Qué voy a hacer?
Esa noche no duermo.
Me quedo tumbada en la cama, mirando el techo, con una mano sobre el vientre todavía plano. Ahí dentro hay un bebé. Un diminuto puñado de células que se convertirá en una persona. Mitad yo, mitad Damiano.
Una vida que hemos creado juntos, aunque fuera por accidente.
El pánico llega en oleadas. Tengo veintisiete años. Acabo de empezar mi carrera profesional. No estoy preparada para un bebé. No sé ser madre: mi propia madre, desde luego, nunca me enseñó. Me mandó lejos y fingió que yo no existía.
Y ya estoy de diez semanas. El primer trimestre casi ha terminado. Llevo dos meses y medio embarazada y ni lo sabía. Sin tomar vitaminas prenatales. Bebiendo vino en las cenas de los domingos. Sin saber que debía evitar ciertos alimentos.
¿Y si le he hecho daño al bebé?
No pienso hacerlo. Pase lo que pase, no le haré eso a mi hijo.
Pero Damiano.
Dios, Damiano.
Va a querer encerrarme bajo llave. Ponerme guardaespaldas las veinticuatro horas.
Controlarlo todo, porque es lo que hace: controla las cosas para mantenerlas a salvo.
Querrá trasladarme a un sitio seguro. Puede que casarse conmigo por obligación.
Tomar decisiones sobre mi cuerpo, mi futuro y nuestro bebé sin preguntarme qué quiero.
O peor aún: ¿y si cree que lo he atrapado? ¿Que me he quedado embarazada a propósito para atarlo a mí para siempre? Solo llevamos cuatro semanas juntos. ¿Y si piensa que todo esto estaba calculado?
Y Julian. Si Julian se entera de que estoy embarazada de su mejor amigo, le va a dar algo. Cualquier posibilidad de reconciliación, por microscópica que sea, quedará destruida por completo.
Vuelvo a llevarme las manos al vientre. Ahí dentro hay un bebé. Mi bebé. El bebé de Damiano.
No estoy preparada. Pero, preparada o no, esto está pasando.
Necesito tiempo. Tiempo para pensar, para planear, para averiguar qué quiero. En cuanto se lo diga a Damiano, todo se me irá de las manos. Tomará el mando, decidirá por mí y me protegerá hasta asfixiarme.
Necesito tiempo.
Solo un poco de tiempo.
Dos días después
—¿Te encuentras bien?
Levanto la vista de mi almuerzo —galletas saladas y ginger ale, lo único que no me da náuseas—. Damiano me observa con esos ojos oscuros que ven demasiado.
—Bien. ¿Por qué?
—Anoche apenas probaste la pasta. Llevas dos semanas bebiendo té en lugar de café. Y te quedaste dormida en una reunión con Simone, según el mensaje que me mandó para saber cómo estabas.
Maldita Simone y su preocupación.
—Solo estoy cansada. Hay mucho trabajo en la consulta. Cada semana tenemos clientes nuevos.
—Pero eso es bueno, ¿no?
—Es genial. Pero agotador. —Fuerzo una sonrisa—. Ya me acostumbraré.
No se lo cree. Le veo la duda en la cara.
—¿Es por nosotros? —pregunta en voz baja—. ¿Somos demasiado? Sé que voy mucho a tu casa, y que mi familia te habrá abrumado…
—No. —Estiro el brazo por encima de la mesa y le aprieto la mano—. Dios, no. Tú y tu familia sois lo mejor de mi vida ahora mismo. Me encantan las cenas de los domingos. Me encanta que tu madre me enseñe a hacer cannoli. Te quiero.
Se le destensan un poco los hombros.
—De acuerdo. Pero me lo dirías si algo fuera mal, ¿verdad?
—Claro.
«Mentirosa. Eres una mentirosa.»
—Bien. —Se lleva mi mano a los labios—. Porque eres importante para mí, Makayla. Si te pasa algo, quiero ayudarte.
La culpa me oprime el pecho. Me quiere. Quiere ayudarme. Y yo le estoy mintiendo sobre lo más importante que nos ha pasado nunca.
Pero no puedo decírselo. Todavía no. No hasta que aclare lo que siento yo sobre este embarazo.
Una semana después
Las náuseas van a peor. Llevo galletas saladas en el bolso y las como sin parar para calmar el estómago. El té de jengibre se ha convertido en mi mejor amigo. He empezado a ponerme camisetas algo más holgadas, aunque todavía no se me nota. Y no se me notará hasta dentro de unas semanas.
Pero se me acaba el tiempo.
Damiano empieza a sospechar. Anoche me preguntó directamente si estaba enferma. Si necesitaba ir al médico. Se lo achaqué a un virus estomacal que anda rondando por la consulta.
Otra mentira.
Ahora estoy de seis semanas. Me lo confirmó el médico al que fui hace dos días sin decírselo a nadie. Seis semanas de embarazo. Fecha prevista: principios de junio. Todo parece estar bien.
El médico me preguntó si quería hablar de mis opciones. Interrumpir el embarazo. Darlo en adopción. Quedármelo.
Dije que necesitaba tiempo para pensarlo.
Pero, sentada en aquella sala de exploración, al ver la diminuta mancha en la pantalla de la ecografía y oír ese latido tan rápido, lo supe. Voy a tener este bebé. Nuestro bebé.
Lo que no sé es cómo decírselo a Damiano.
Damiano
A Makayla le pasa algo.
Lo noto. Lo veo en cómo se distancia, en las excusas que pone, en esas pequeñas formas de esquivarme que cree que no percibo.
No come bien. Está agotada a todas horas. Ya no bebe vino: dice que está dejando el alcohol una temporada por salud. Lleva ropa más holgada. Tiene la cara más llena, más suave de algún modo. Está inquieta, distraída, en otro sitio incluso cuando la tengo entre mis brazos.
Al principio pensé que quizá estuviera teniendo dudas sobre lo nuestro. Sobre mi mundo. Pero cuando se lo pregunté, el miedo en sus ojos era auténtico. Me quiere. De eso no dudo.
Entonces, ¿qué me está ocultando?
Marco cree que estoy paranoico.
—Quizá solo esté estresada. Negocio nuevo, relación nueva. Dale espacio.
Pero no quiero darle espacio. Quiero saber qué pasa para poder arreglarlo.
Soy el jefe de una familia criminal. Protejo lo que es mío. Y Makayla es mía. Si algo la amenaza, le hace daño o la asusta, necesito saberlo.
Así que hago lo que haría cualquier hombre racional enamorado.
Hago que Tony la siga.
No porque no confíe en ella, sino porque necesito saber que está a salvo y bien.
Tony me informa dos días después.
—Fue a la consulta de un médico en Brooklyn. Estuvo una hora dentro. Al salir parecía alterada.
Se me hiela la sangre.
—¿Qué clase de médico?
—Una clínica de salud femenina.
Salud femenina. Alterada. ¿Está enferma? ¿Gravemente enferma? ¿Es eso lo que me ha estado ocultando?
—Averigua qué tipo de cita tenía —le digo.
—Jefe, eso es información médica privada…
—Me da igual. Averígualo.
Lo hace. Y cuando me lo cuenta, no estoy preparado.